Centro Público

Galeano: ironía narrativa, compromiso político y comprensión histórica

La muerte de Eduardo Galeano nos tomó de sorpresa a quienes leíamos con deleite su producción periodística y literaria. Hubiera creído que al escritor uruguayo aún le quedaba mucha vida por delante. Tal vez no hubiese escrito con la frecuencia de siempre pero jamás habría cesado de denunciar el mundo de injusticias, desigualdades e hipocresías oficiales que vivimos. Su partida física nos obliga a evocarlo pero también a valorar su obra.

En las últimas dos visitas que realizó a México para dictar una conferencia magistral tuve la oportunidad de escucharlo. La más reciente fue a finales de 2012. Recuerdo lo complicado que era acceder y agarrar un lugar dentro de los recintos donde se presentó. En ambas ocasiones me tuve que conformar con verlo a través de una pantalla que tenía atentas a no menos de cien personas que tampoco pudieron entrar al salón. Después de su ponencia en un auditorio adjunto del Palacio de Bellas Artes, un buen amigo mío, sin saber que Galeano había venido al país, se lo encontró por casualidad en el Bar La Ópera; se esperó a que terminara de cenar, sacó su celular con cámara integrada y le pidió que se tomara una foto con él, misma que desde entonces le envidio. Galeano fue un escritor al que mucha gente identificaba y paraba en la calle de cualquier país latinoamericano. No pasaba desapercibido. En su natal Montevideo no era infrecuente verlo pasear a su perro o visitar el Café Brasileiro. Era querido y leído.

A diferencia de otros autores más “eruditos”, si se me permite el término, la narrativa de Galeano tenía agilidad, un sentido poético, mucha amenidad y sobre todo una ironía que daba en el clavo. El sarcasmo fue su recurso predilecto. Además, poseía el don de la claridad; no recuerdo un solo párrafo de su obra que sea inentendible. Más allá de su consabido compromiso ideológico con los movimientos sociales, el ecologismo y los gobiernos de izquierda en América Latina, este maestre de las letras se ganó a pulso el interés lectivo de la gente común. Su fama trascendió las aulas universitarias y el gusto de clase media progresista. Puedo dar fe, porque lo vi, que un sindicalista en Lima, una secretaria en la Ciudad de México, un jubilado porteño y un burócrata en La Habana llevaban consigo un libro del fallecido escritor. Me sigo preguntando qué fue lo que más apreciaron esas personas del texto de Galeano que tenían en sus manos. No me atreví a preguntárselos.

En lo que a mí concierne, si algo admiré desde la primera vez que lo leí hace doce años fue su capacidad didáctica para educar políticamente a través del conocimiento histórico. Sin ser historiador en stricto sensu, Galeano le dio sentido y comunidad al pasado de nuestra región. Le otorgó sentido porque, citando sus propias palabras, la “historia de América Latina es la historia del despojo de los recursos naturales”; y le dio una idea de comunidad porque un salvadoreño, un mexicano, un peruano o un argentino no podrán sentirse ajenos a los costos sociales y la dependencia externa que producen las economías de enclave.

Las venas abiertas de América Latina se convirtió en un clásico de los estudios latinoamericanos. Es historia pero también sociología y periodismo de denuncia: un texto de clasificación híbrida cuya lectura es obligatoria para comprender el pasado que alimenta el presente de nuestros países. Si bien fue escrito hace más de cuarenta años, tiene una vigencia que sin duda es impresionante. La demanda de alimentos y minerales que detonó el crecimiento económico de China desencadenó en la última década, desde el río Bravo hasta la Patagonia, una serie de conflictos por las tierras cultivables, los bosques, las reservas de agua, los energéticos, las rutas de transportación y la demanda de servicios. Que mayor prueba que las protestas contra la minería a cielo abierto en México, Colombia, Perú, Chile y Argentina. A la presencia del imperialismo financiero y económico norteamericano debemos sumarle la sigilosa expansión del gigante asiático. Es un reto por partida doble puesto que los recursos no son infinitos y las necesidades de las poblaciones latinoamericanas muestran una tendencia expansiva. La realidad actual confirma la condición extractivista de nuestras economías, prácticamente la misma que señaló Galeano en su citada obra. Eso lo define también como un autor clásico: aquel que no pierde vigencia con el paso de los años.

Los historiadores deberían tenerle cierta envidia a Galeano. Logró lo que muchos clionautas no han podido hacer: llegar a un público más amplio y despertar el interés de la gente común por el pasado. El dos veces ganador del premio Casa de las Américas tenía una sólida base de conocimientos en la materia con la cual, sin incurrir en la pedantería académica, la exquisitez del ensayista o la abstracción filosófica más elevada, lograba transmitirnos la importancia de un acontecimiento. Leer sus narraciones cortas es un placer: son como bocadillos cargados de datos útiles a los cuales solía adornar con un elemento de fantasía, una reflexión ética, un comentario sarcástico o una expresión poética. A partir de un hecho anecdótico o de un testimonio, algunos de los cuales Galeano tomó nota o fue testigo, nos explicamos toda una época, conocemos la cosmovisión de un pueblo o asimilamos un evento de mayor importancia. Para entender el ambiente opresor de los gorilatos latinoamericanos basta leer un relato breve como el de “Pájaros prohibidos”.

Si me preguntasen cuál es, en mi opinión, el libro más relevante de Galeano después de Las venas abiertas de América Latina respondería que Patas arriba. Incluso lo calificaría por encima de la trilogía Memoria del fuego, que de suyo es una obra fascinante que rescata y anexa  leyendas e historias que complementan el contenido de su libro más famoso. No temo equivocarme si afirmo que Patas arriba es uno de los mejores ensayos para comprender la globalización neoliberal. Aderezado con un gran sentido del humor, este trabajo intercala las reflexiones del autor con declaraciones de personajes importantes, datos duros y citas muy pertinentes que revelan la naturaleza absolutamente excluyente del proceso globalizador. Aunque Galeano no lo dice, el lector concluye que el actual sistema económico mundial es un aggiornamento del viejo darwinismo social del siglo XIX. En lugar de justificarse en términos de civilización y razas superiores, la supervivencia del más apto se manifiesta por medio de la ilicitud económico-financiera, la competitividad tecnocrática, la delincuencia institucionalizada, la simulación democrática y el despojo criminal de recursos.

Si Mario Vargas Llosa es un utopista del capitalismo, Galeano es un crítico burlón y filoso del mismo. Para él, la corrupción, la economía criminal y toda su cartera de actividades –desde el narcotráfico hasta la venta de armas–, la destrucción desenfrenada de las fuentes de trabajo, la devastación medio-ambiental y el endiosamiento del dinero sobre la dignidad humana no son anomalías ni irregularidades sino parte funcional del sistema. La globalización no es el cuento idílico de la libertad económica, las ventajas de la tecnología, la expansión del imperio democrático y el fortalecimiento de la legalidad internacional. Las transnacionales mandan y los gobiernos obedecen. Eso implica reproducir la impunidad en todas sus formas.

Por último, pero no menos importante, quisiera mencionar el interés que Galeano le prestó al futbol como fenómeno deportivo y como expresión de la cultura popular en las sociedades de masas. Entre todos los comentarios que las cadenas mediáticas imponen como verdades absolutas, habiendo convertido a este deporte en un millonario negocio del que la fifa saca importantes réditos y le impone su voluntad a medio mundo, Galeano se ocupó del tema en El futbol a sol y sombra y en otros editoriales que deben estar diseminados por los diarios y revistas de los que fue colaborador. Su pasión futbolística la transformó en interesantes puntos de vista que convierten los prejuicios “intelectualoides” y despectivos sobre el futbol en las herramientas  básicas para tener un criterio propio y una opinión mínima cuando uno se vea envuelto en una conversación de sobremesa acerca del balompié. Aun para quienes este deporte es un asunto de naturaleza trivial, la opinión de Galeano tiene peso propio y la capacidad para motivarnos a reflexionar sobre la preeminencia económica y cultural que tiene en la actualidad.

Se nos fue un grande. Pero nos quedamos con su vasta obra, con su tremenda ironía y con el recuerdo de su honestidad intelectual. Muchos le agradecemos habernos recordado el detalle de compartir una historia en común. ¡Quién no se sintió latinoamericano leyendo a Galeano!

Luis Angel Bellota

Add comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Algo mas para visitar

CP en Twitter

CentroPublicoMX Muchas felicidades a Amalia Sánchez, triatleta mexicana en el #IronmanWorldChampionship Kona, Hawaii 2018. ¡Qué o… https://t.co/CtfCmZ28Qy
CentroPublicoMX Que no se les pase hoy, en la #FILZócalo2018 en punto de las 18:00 estarán @nestora_salgado y @DrJMMireles en el fo… https://t.co/OjypDwfc5z
CentroPublicoMX El papel del #remake en la industria cultural financieramente más activa e importante a nivel global. Con datos de… https://t.co/SSO2tFNGwU
CentroPublicoMX Comienza el @cervantino con 2 invitados de lujo, #India 🇮🇳 y #Aguascalientes. 10 al 28 de #octubre, 35 naciones pa… https://t.co/JeuUcQgUZM
CentroPublicoMX El actual clima político parte del hartazgo social sobre los excesos de la clase gobernante, así como de la impunid… https://t.co/dcNW3OLYF7