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El ingenioso arte del engaño: falsificación de identidades o cómo derrumbar el prestigio del adversario político en la red

“En las guerras se trata de matar. <<Las filas del enemigo fueron diezmadas>> Se trata de un matar por montones. Hay que acabar con la mayor cantidad posible de enemigos; la peligrosa masa de adversarios vivos ha de convertirse en un montón de muertos.Vence el que mata a más enemigos.”
(Elías Canetti, Masa y Poder) 

Dar muerte a alguien, significa anular su existencia. Y la política es el espacio por excelencia para matar simbólicamente al adversario: acabas con él atentando, primero, contra su legitimidad; después contra su prestigio y el tiro de gracia se logra, socavando su credibilidad.

En la era digital, se torna vigente el debate filosófico entre empiristas ingleses e idealistas franceses del siglo XVII…aunque con una variante: hoy, el “ser” no demuestra su existencia “pensando” (cogito ergo sum). En la era de las nuevas tecnologías, el “ser” y la “existencia” tienen ejes diametralmente opuestos, un versus fáctico. TÚ puedes ser YO en la red y no hay marco normativo, ni ley, ni sanción para aquéllos que falsifican el “ser” de alguien para alterar su “existencia” y prestigio personal.

La posibilidad de construir fortuitamente un perfil dirigido a las masas virtuales en la red, es resultado de la simulación como forma de conducta habitual. Sin embargo, el asunto toma otra dimensión cuando más allá de una simple simulación se busca el engaño como vehículo de la falsificación de identidad.

Bajo los influjos de la simulación, triunfa la ilusión como estrategia de seducción “I´ll be your mirror”[1] que no significa “yo seré tu espejo”, sino ante todo, “yo seré tu ilusión”. Porque simular es inventar, aparentar y eludir una condición: “El simulador pretende ser lo que no es…a cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos; hasta que llega un momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden. De tejido de invenciones para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística de la realidad”.[2] 

caras

Con estos atributos, el falsificador no busca la seductora popularidad propia ni la legitimidad que se alcanza por el reconocimiento social unánime. Lo que busca es quizá sabotear, espiar, estafar y hasta apropiarse de la identidad ajena para derrumbar la imagen de ese “otro” al que detracta mediante palabras, mensajes, declaraciones, twitts, fav, etc.

Los espacios digitales han modificado el sentido del derecho de identidad de las personas porque a través del gran poder de las redes sociales en cuanto canal de comunicación la existencia no necesariamente coincide con la identidad. Los falsificadores de identidades se construyen perfiles a modo: falsos, duplicados, robados y adoptan “un nombre” para divulgar “verdades” sobre otros.

Cualquier persona bajo cualquier identidad puede cometer perjurio e injuriar; calumniar o difamarpero dichas conductas al no ser ilícitas no se sancionan (derogados de la legislación vigente justo cuando la era digital entró en su apogeo en nuestro país a través de las redes sociales…¿Casualidad o causalidad?).

Bajo interpretación jurídica, la suplantación de identidad  en línea (phishing) es un delito si usurpa el estado civil; el robo de identidad[3] también es considerado delito por sus fines fraudulentos (Distrito Federal y Colima). Sin embargo, estos delitos electrónicos no están contemplados en el Código Penal Federal con algún tipo penal específico que los sancione pues no existe regulación expedita para sancionar el robo, usurpación, suplantación y falsificación de la identidad.

La falsificación de identidad en redes sociales, podría ser considerada solamente una simple conducta[4] pues no hay actividad ilícita, sin embargo, es más complejo de lo que parece por sus efectos en la legitimidad, prestigio, imagen y credibilidad de las personas.

Si la falsificación de identidad, tiene efectos abrumadores en el prestigio personal, cuando atenta contra la reputación y credibilidad del afectado, y siendo que la reputación (buena o mala), es definitivamente relevante para realizar acuerdos, celebrar alianzas, establecer pactos, construir legitimidad y hasta prestigio, entonces ¿ésta conducta debería ser sancionada por sus efectos sociales?.

Si una identidad es falsa, se puede utilizar para atacar y divulgar falsas posiciones ideológicas, organizacionales o sociales; y con ello destruir la legitimidad, reputación, prestigio y hasta credibilidad de “alguien”. Entonces el daño moral resultante no es sólo para el afectado, sino también para la sociedad que acepta estas prácticas (sociedad con doble moral que castiga la pérdida del prestigio pero no coadyuva en la formación de una cultura ética).

La premisa clave es, incluso, renacentista: el dominio de un espacio simulado origina el poder, lo político no es una función o un espacio real, sino un modelo de simulación: “Pero hay que disfrazarse bien y ser hábil en fingir y disimular. Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento que aquél que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.”[5]

Quizá por ello, los “falsificadores de identidades” son tan comunes, porque visto como fenómeno va más allá de un problema de “diversión juvenil”, se trata más bien de lo efectivo que resulta la falsificación de identidad para otro sector: los actores políticos en la contienda electoral.

Eliseo Verón dice que hay dos tipos de campañas políticas: las oficiales (el periodo electoral reglamentario) y las oficiosas (los tiempos “no electorales”), siendo la segunda una parte definitoria del contexto electoral en el que la nueva modalidad de “guerra política” se ha iniciado en los espacios digitales como arena de combate para desprestigiar y acabar con la reputación de los adversarios políticos.

La credibilidad de los actores políticos involucra congruencia, coherencia y objetividad: se adquiere por trayectoria y se pierde por declaraciones. El Arte de la Guerra de Sun Tzu, abandonó los caballos y las batallas desérticas para desplegarse en nuestra era a un contexto virtual, socavando la credibilidad por la inmediatez del flujo de información.

En la era digital, el mejor experimento sobre el comportamiento de las masas (freudianas y canettianas), se observa en las redes sociales a través de internautas totalmente desconocidos convertidos en uno mismo cuando se trata de diseminar notas incendiarias. Interanautas que disfrazados de “gente normal” o con identidad apócrifa hacen campañas oficiosas dentro de campañas oficiales al falsificar identidades y divulgar engaños para influir con sus “decires” a las masas apolíticas o menos informadas.

Estos nuevos grupos de choque virtuales reconstruyen la historia en la red, falsifican la identidad, divulgan falsos cognados o verdades a medias y da igual si tienen o no referente de verdad, lo importante es generar polémica en detrimento de la credibilidad del adversario político. Y sin legitimidad, ni prestigio, ni credibilidad, el adversario político está indiscutiblemente…herido de muerte.


[1] Baudrillard, Jean. De la Seducción. México, Rei, 1995, p. 69
[2] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. México, FCE, 1984, p. 36
[3] Ver: Art.287 Bis de la Iniciativa de Reforma del Código Penal Federal, del 1 de abril de 2014; Art. 211 Bis del Código Penal del Distrito Federal de 2013; y Art. 223 del Código de Procedimientos Electorales del Distrito Federal.
[4] Exposición de motivos de la Iniciativa de Reforma del Código Penal Federal del 1 de abril de 2014.
[5] Maquiavelo, Nicolás. El Príncipe. México, Porrúa, 1989, p. 30

Adriana Elizabeth Cariño Cantú

Adriana Elizabeth Cariño Cantú

Politóloga, Maestra en Derecho, cinéfila y amante del deporte; es profesora de cátedra del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Soy una convencida de que “la verdad no está en el pensamiento, sino en el pensar”.

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