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Ya no hay mañana (Parte 2)

Ya no hay mañana (Parte 1)

V

Las versiones son que lo mataron porque iba a denunciar a funcionarios corruptos del gobierno estatal. Lo recuerdo… él nunca tuvo miedo de acusar la corrupción, por eso había pedido permiso en el Ejército, cuando descubrió a un general que traficaba droga. Otra versión es que la Comisión Nacional de Derechos Humanos lo tenía como testigo para declarar contra la impunidad en los penales. ¿Quién lo mató?, es lo de menos, no importa, son todos. Las autoridades ahora ejecutan para no ser descubiertos.

Todo apunta, y se sospecha, que lo mandó ejecutar su jefe inmediato, un alto funcionario del gobierno estatal, con nexos en el narcotráfico y otros delitos. Fue a declarar y se mostró sorprendido y dijo que se investigaría “hasta las últimas consecuencias”. Uno de los recursos más antiguos empleados en la convivencia social y política es la hipocresía –y la cobardía, y la corrupción-.

Casi en todas partes se suele condenar a los hipócritas como seres despreciables, deshonestos, amorales, ¿porqué persiste su práctica en todos los campos de la vida social?. Las autoridades y funcionarios son sus mejores exponentes. El aplomo de muchos hipócritas –cobardes- es envidiable. “No se puede practicar en los ratos libres: es una ocupación a tiempo completo” (la frase es de Somerset Maugham, y es citada por Jon Elter en Alquimias de la mente. La racionalidad y las emociones, Paidós, Barcelona, 2002).

Desde las primeras décadas del siglo pasado, imperaba el hermetismo, cuando el autor de un crimen era el presidente de la República, el secretario de Gobernación o el General de División, el régimen le daba en cambio al periodismo libertad a la hora de indagar cómo había sido asesinada la prostituta, por qué se había acuchillado al panadero, cómo había caído el pequeño traficante.

Esa crónica roja ocurría ajena a los pasillos del poder. El régimen padecía de puritanismo en su rostro público: frente al país y el mundo no mataba, no torturaba y no desaparecía a opositores. Le importaba poco que ahí estuviera Rosario Ibarra de Piedra diciendo que la última vez que vieron a su hijo con vida fue en el Campo Militar N° 1, o que se tuvieran sospechas fundadas de que se llenaban mazmorras clandestinas con jóvenes guerrilleros y estudiantes. Los datos que contaban esas muertes se escondieron en archivos clasificados.

La vida política, mientras tanto, ofrecía menos incentivos para la investigación: no se podía criticar al presidente, inmaculado como la Virgen de Guadalupe. El asesinato de Manuel Buendía fue la prueba de que la crónica roja se topaba con los altos niveles del poder. El régimen daba su zarpazo al periodista más importante del país y no lo hizo durante los peores años de la Guerra sucia de los 70’s, sino ya en 1984, mientras Miguel de la Madrid ponía en práctica la renovación moral.

La explosión de la violencia actual ha avivado el surgimiento de una crónica en la que el narco empieza a disolverse como materia periodística y se convierte en narrativa. Los datos duros dan paso a las historias; los nombres se difuminan para convertirse en personajes y las declaraciones se sustituyen por los diálogos. No es lo mismo ser periodista en el norte que en la Ciudad de México.

VI

Su hija mayor próximamente cumplirá 15 años, la otra tiene su graduación de primaria el mes entrante. Su esposa ha quedado sola y desamparada, el dinero que le enviaba periódicamente ya no llegará. Como estaba separado de sus funciones, por ser testigo protegido, ninguna institución lo tenía afiliado en un seguro de vida. No hay pensión, lo poco que tenía desapareció. Sus amigos, como yo, no sabemos qué hacer.

Por lo pronto impedimos que su familia viajara al norte, ya que los podían ubicar y seguir cobrando venganza. Enviaron el cuerpo a la capital para que fuera velado y enterrado. Era un hombre, me consta, bueno, que fue separado de sus ilusiones, de su vida, de su gente. No supo cuando le llegó la muerte, de qué sirvió tanto sacrificio y penas. Y para colmo queda la duda de que su muerte fue un ajuste de cuentas, y él ya no pudo aclarar su inocencia.

Este es un testimonio, una historia que ya nadie más contará. Por eso me uno a la marcha de Sicilia, en donde se da voz a los que les han arrebatado a alguien. Ya van casi 50 mil muertos, ejecutados la mayor parte de ellos, a la luz del día en lugares públicos. ¿Cuántos faltan?.

En una entrevista ficticia, me imagino a su esposa acudiendo con el psiquiatra dentro de 10 años, tratando de descifrar el trauma del asesinato de su amado, tal vez olvidarlo para no sufrir más. Las secuelas no las cura el tiempo, aquí no… el tiempo no ha curado nada y enferma todo. ¿Llegaremos a la locura colectiva para no sufrir, para no sentir?.

Año 2021: en el consultorio psiquiátrico.

-Dr.: Tiene usted buen aspecto. ¿Cómo se siente hoy?.

-Esposa: Muy bien, me parece. No sé si son los medicamentos –toma Halcycon, que suena como algo muy potente- o la mimoterapia, pero estoy menos obsesionada. Hoy encontré una gorra de él en una vieja maleta y no me dio un ataque de llanto. Solamente noté que recordaba cómo le quedaba.

-Dr. Ahora sabemos que los recuerdos no son una malfunción química, una persona puede recuperarse de la pérdida de una relación importante en unos días. Antes solía durar años.

– Esposa: Sí, a mi tía la dejó su marido y nunca se recuperó del todo. Oía voces que le decían que el mundo iba a acabarse con el milenio. Se sintió decepcionada cuando llegó el Año Nuevo y no hubo Apocalipsis y ella se encontró allí clavada, con sus tormentosos recuerdos.

-Dr. ¿Oye usted voces alguna vez?.

-Esposa: Claro que no. Fui vacunada contra la esquizofrenia. Sólo oigo voces cuando yo quiero oírlas… Por cierto, ayer tuve un sueño fantástico…

-Dr. ¿Le gustaría introducirlo en su registro onírico?.

– Esposa: De acuerdo. Soñé que me moría y en mi funeral nadie podía recordar mi nombre. Pero mi esposo estaba ahí y hacía un elogio fúnebre diciendo: “Fue una buena esposa y madre, bla, bla, bla”. Pero yo no estoy casada y no he tenido hijos…

VII

Tamaulipas fue la primera víctima de la censura que el narco impuso a punta de metralleta y granadazos. Los periódicos dejaron de publicar notas sobre el narcotráfico –sólo circulan boletines de prensa-. Cuando se asesinó a 72 migrantes centroamericanos, la nota se fue a páginas interiores. En la censura, la crónica del narco se tuvo que deshacer de los ropajes formales del periodismo y ha ido adquiriendo más la forma del cuento que de la crónica. Se le obligó a ocultar hasta el mínimo dato que pudiera revelar una identidad.

Javier Valdéz, fundador del semanario culiacanense Ríodoce, vertió en su columna “Malayerba” la crónica de la Sinaloa secuestrada no por un cártel o por un capo, sino por una manera de entender el mundo: ahí vale quien trae la “jamer” y la “errequince”. Coleccionadas en un libro (editado por Jus), los malayerbas cuentan las historias de los niños, de las amas de casa, de los jóvenes seducidos por los fajos de dólares. “Para contar Culiacán no hace falta acudir a las voces oficiales: hay que tocar la puerta de cualquier hijo de vecino porque tendrá una historia del narco bajo el brazo”.

Otro cronista es Alejandro Almazán. Sus textos más sorprendentes son crónicas aparecidas recientemente en Gatopardo. En “Chicas Kalashnikov” nos cuenta la historia de unas mujeres sicarias y en “Un narco sin suerte” le da voz a “El Jota Erre”, un personaje que podría haber sido creado por Woody Allen: quiso ser motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres y fracasó en todos y cada uno de sus lances: “Eso de que todo aquél que entra al narco se hace rico, es puro pinchi mito”, le dice el “Jota Erre” a Almazán.

Cabe preguntarse: ¿es periodismo?. El periodismo exige nombres, fechas, lugares, declarantes que sostengan sus dichos. Valdéz y Almazán prescinden por completo de los datos. Publicar el nombre de sus fuentes implica ponerles el dedo: condenarlos a la cárcel o a la muerte. Y de paso echarse la soga al cuello. La célebre frase: “ponle una máscara y te dirá la verdad” es precisa. La máscara del anonimato muestra una sociedad que ha sido envuelta por la violencia. Se puede ser beneficiario o víctima de la industria del narco y su rostro asesino y corruptor, pero difícilmente se puede escapar de ella.

Dice Bobbio: “En la formación de la sociedad política, los hombres renunciaron, a favor del poder político, al uso de la fuerza contra un ciudadano. Pero conservan de hecho el poder de juzgar la virtud y el vicio, el bien y el mal de las acciones del poder político. La ley de la opinión (pública) se coloca junto a la ley divina y a la ley civil y su sanción es la reprobación y el elogio, por parte de la sociedad, de tal o cual acción del poder político”. ¿Ésto tiene algún significado en México?.

Ya no hay historias de buenos y malos, sino de sobrevivientes. Hay que hacer eso mismo con los muertos y, en cuanto baje la marea de la violencia, sacarlos del anonimato. El periodismo narrativo contemporáneo y sus búsquedas literarias debe ayudarnos a recordar que en esta guerra sobrevivir se convirtió en el arte más difícil mientras nos dominaba el absurdo. Fernando, mi amigo, siempre decía: “Nadie se va antes ni después”. Creía en Dios. Para él… ya no hay mañana.

“Para que los malos triunfen, solamente se necesita que los buenos no hagan nada”

José Antonio Espíndola

José Antonio Espíndola

Analista e investigador en comunicación, política y filosofía. Haré breves retratos de la realidad, de lo que normalmente no se habla, o sí?

Las opiniones expresadas en este artículo, son mi responsabilidad y no reflejan la posición de Centro Público al respecto.

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