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Ya no hay mañana (1)

Tengo que hacer algo para ayudar a mi País.

El mundo editorial atraviesa por una fascinación con el narcotráfico. Los cárteles habían estado entre nosotros desde hace décadas, pero hace poco enseñaron sus artes ocultas de asesinatos, descuartizamiento, tortura, cadáveres en ácido, bombazos en las calles y su capacidad de organizar movilizaciones como en Monterrey y Morelia. Sin embargo, con el narcotráfico vivimos una paradoja: mientras más nos enteramos de sus crímenes, menos sabemos de sus entrañas.

Vemos rodar cabezas en las escaleras de los palacios municipales, asistimos a la caída de un capo, atestiguamos combates en las calles, matan a guardias personales de gobernadores. Pero nunca se sabe cómo acumulan sus arsenales, en qué momento decidieron matar, dónde están infiltrados, cuándo se rompieron sus acuerdos con los políticos y salieron a disputarse las ciudades que ellos llaman “plazas”.

Creo que la mejor manera de describir el origen y la evolución de la vida es dividirla en etapas, que aunque están claramente separadas, asumen al mismo tiempo, diversos grados de intensidad, y están unidas todas ellas por el mismo hilo conductor. Los amigos están siempre en una de esas etapas. La pasión por conocer de los otros, de inmiscuirnos en sus vidas, de tratar de entenderlos, de ver con sus ojos otras circunstancias, disfrutar sus logros, las formas de expresar y comprender cómo y porqué necesitamos unos de los otros, vitalmente, nos interesa de maneras diversas.

II

A finales de los 90’s lo conocí, era mi vecino, en ese entonces nada más tenía una hija, su esposa era mucho más joven y amable, casi inocente. Lo veía siempre los fines de semana, los sábados, llegaba de la tienda con su coca de lata y sus cigarros, esos eran sus vicios. Vestía de manera informal, pero sin llegar a la mezclilla diaria, era aseado y con porte serio, después supe que era militar, capitán para ser más exactos.

Nos hicimos amigos, platicábamos de fut-bol, los dos le íbamos al América, y sin ser tan fanáticos nos emocionaba cada partido. Algunas veces jugamos cartas, pero la mayor parte del tiempo platicábamos. Descubrí que era introvertido –siempre fue así-, de pocas palabras, hablaba lo necesario y no a todos, despreciaba a los falsos y huecos, escogíamos temas interesantes y disertábamos durante horas.

Como buenos amigos, hablábamos de todo y de nada. Conocí parte de su vida y yo le conté parte de la mía, había una comprensión entre los dos, compartíamos la idea de ser la base de nuestra familia y cuidar de los nuestros, había valores similares. Siempre la base del equilibrio emocional giraba en torno a la estabilidad familiar, en donde era parte fundamental la economía. No siempre eran “buenos tiempos”.

En las crisis nos compartíamos desilusiones y fracasos. En la bonanza comidas familiares y pequeños gustos. No teníamos mucho en común en cuanto al gusto por la música o la lectura, ahí sí éramos diferentes. No creía en la política, ni en los políticos, y esperaba algún día sacarse la Lotería o el Melate, igual que todos. Pero ese día nunca llegó. A veces planeábamos hacer algunos negocios juntos, viajar y ver nuevas oportunidades laborales, tampoco nunca lo hicimos.

III

Cuando se fue a una Aduana del norte me encargó a su familia, ya tenía dos niñas. Tanto mi esposa como yo las cuidábamos discretamente, había confianza de hermanas entre las esposas. Al poco tiempo la lejanía rindió frutos y giraba dinero para mantener a los suyos, pagar la casa y comprar cosas, ya sabes… un horno, un estéreo, la camita de la niña, ropa nueva.

Venía a visitar a su gente cada dos o tres meses. Se estaba unos días en los que todo era alegría y risas en su casa. No había tristeza cuando se iba, todo estaba bien. A veces visitaba a sus padres y a sus hermanos y hermanas. La pasábamos bien, había baile y taquiza, cerveza y un vinillo. Dejó de insistirme que me fuera con él al norte cuando le argumenté que en eso éramos diferentes, yo era más sedentario, de oficina, trabajo de gabinete. Él no… el era de acción, operativo.

Poco a poco me fue contando de cómo era el ambiente en la Aduana del norte. Me dijo que era feo, polvoso, aburrido, pero la paga era buena. Tenía pensado estar sólo algún tiempo, para juntar dinero, y luego “volar” a otro lado, como siempre lo hacía cuando un trabajo lo aburría, no importaba que fuera buen trabajo, emigraba, iba a la aventura, no podía estarse quieto, y eso que ya no era un jovencito.

Sin embargo, en ese desierto existen lugares paradisiacos donde la violencia no se siente y las casas que los gringos y canadienses se han construido a orillas del mar no necesitan bardas para protegerse. Ahí de entrada todo parece tranquilo y normal. Ya luego con los días uno va descubriendo quién manda y cuáles son las reglas. La primera es la ausencia y debilidad de las autoridades.

Ahí no manda el Estado. Si surge un conflicto real o potencial a ningún local se le ocurriría acudir en busca de ayuda con las autoridades. Impensable. Ahí se evitan los pleitos y cuando estallan se busca el apoyo del jefe de la plaza. Es por las noches en las peleas de gallos donde lo encuentran y le someten las peticiones y quejas. ¿Y por qué no mejor llaman a la policía? -pregunté fingiendo ingenuidad-. Las respuestas varían pero la razón es una: la policía y el Ejército provocan desconfianza y sobre todo se les ve débiles.

IV

Aquí es donde las etapas surgen. Su esposa e hijas se fueron a vivir con la mamá, y mi amigo ya llegaba directamente a la casa de la suegra. Yo tuve la oportunidad de vender mi departamento y compré mi casa. Nos dejamos de ver años, aunque al principio nos hablábamos y sabíamos uno del otro por nuestras esposas. Finalmente la distancia triunfó y escasearon las llamadas, sólo en alguna Navidad o por el cumpleaños de alguna de las niñas.

Me gustaría poder transmitir y expresar mi tristeza, mi sentimiento de soledad y abatimiento, mis recuerdos que hacen daño, la preocupación y vulnerabilidad que siento. El coraje, el odio, el llanto contenido y el miedo. Todo eso no lo había sentido antes, todo junto al mismo tiempo, confuso. Cuando no entiendes algo te da miedo, te retraes, te quedas en silencio aunque quieras gritar, te paralizas, no haces nada, hasta tu mente se queda en blanco.

En este momento se une la crónica con la historia de vida, ya no siento nada en común, es difícil comprender la información que tengo. Las partes que no me cuentan las imagino para tratar de hilvanar la historia y comprenderla mejor. Aún así creo que mi historia está “coja”, que le faltan elementos, me siento inconforme y mentalmente me digo que “las cosas son así”, pero me niego a admitirlo. Hay aspectos que quiero señalar, pero no puedo.

Su esposa nos localizó para decirnos que mi amigo estaba muerto, lo asesinaron, lo balacearon entre tres. Aunque a ella le dijeron que se había defendido, no fue así. Lo asesinaron a mansalva, a traición, por la espalda –un balazo- y otros dos en pierna y brazo. Busqué información en Internet y lo vi en una foto, tirado boca abajo, con los brazos a la altura de su cara, vestía short y tenis, había salido a correr por la mañana. Lo cazaron saliendo de su casa.

José Antonio Espíndola

José Antonio Espíndola

Analista e investigador en comunicación, política y filosofía. Haré breves retratos de la realidad, de lo que normalmente no se habla, o sí?

Las opiniones expresadas en este artículo, son mi responsabilidad y no reflejan la posición de Centro Público al respecto.

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