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¿Y el blindaje politico de nuestro orden social y económico?

Entre el liberalismo individualista y el comunitarismo conservador existe una propuesta que se coloca de manera pertinente alejada de ambas: El liberalismo político de John Rawls. Ambas posturas políticas en sus postulados teóricos y en su aplicación se van a los extremos. El primero desprecia los derechos sociales, por lo que traiciona sus propias demandas de libertad individual generalizada, pregonadas desde Adam Smith; mientras que el segundo ignora a los ciudadanos como sujetos de derechos que pueden hacerlos valer incluso ante la comunidad de la que forman parte.

La transformación de la teoría de la justicia como equidad en una concepción política, formulada por John Rawls, es presentada actualmente como una nueva versión del liberalismo político que pretende responder al reto político más característico de cualquier sociedad democrática actual: hallar un marco, tanto social como político, que sea a la vez estable y justo, en donde puedan convivir y cooperar ciudadanos que se encuentran divididos, en principio por llevar estilos de vida muy diferentes, así como por su adhesión a diversas concepciones filosóficas, morales e inclusive religiosas de lo que debiera ser un orden social.

Se trata de una propuesta de sociedad lo suficientemente ordenada, que intenta armonizar al derecho de autodeterminación del individuo con la obligación de cooperar en el mantenimiento de un marco social justo que garantice el disfrute efectivo del tan mencionado derecho justo para todos. De esta forma, se favorece una unidad social basada en el respeto y reconocimiento al pluralismo. Tal es el deseo y aspiración de toda democracia.

Esta idea de sociedad es la que puede permitir a todos los individuos hacer uso de sus capacidades y habilidades para lograr una vida más plena, la cual tendría como condición necesaria poder satisfacer sus necesidades más elementales. Para lograr construir esta sociedad, aparte de enorme voluntad política se requiere de más mercado, puesto que no hay un mejor mecanismo de asignación de recursos. Ciertamente no es infalible, pero resulta el menos malo si tuviéramos que elegir entre éste y la “voluntad y capacidad” de los políticos para asignar recursos.

Tal es el tipo de planteamiento que debiera regir la discusión pública, así como la que debería de guiar los planes de trabajo de cualquier sociedad que se respete y se precie de ser moderna. Desafortunadamente para nuestro país no es así. Las prioridades son determinadas por los políticos y estas normalmente distan mucho de los planteamientos expuestos.

No se ha iniciado proceso alguno para construir un sistema político que blinde nuestro orden social y económico de los peligrosos extremos políticos que desde hace algunos años, y de tiempo en tiempo, se han presentado en la historia de la humanidad. Lo que tenemos no es lo mejor. Se puede y debe perfeccionar, pero ciertamente resulta el menos malo dentro de los que han hecho aparición, sobre todo en América Latina.

Como sociedad debemos involucrarnos y exigir a nuestra clase política que centren su atención y trabajo en iniciar y concretar procesos de reforma tanto social como económica que favorezcan el desarrollo del país, porque dejar que sigan comportándose como lo han hecho hasta el momento no da buenos resultados para nosotros, los ciudadanos.

Baste recordar que al iniciar la actual administración federal, comenzó un ciclo de reformas tendientes a transformar muchas de las estructuras de mercado que operan en el país con la intención de que nuestra débil democracia logre mayores resultados económicos. Quizá no abarquen la tota lidad de asuntos a resolver, pero al menos resultan un buen inicio después de muchos de parálisis institucional.

Sin embargo, hasta el momento se ha impuesto el interés partidista colocando como condición para continuar el proceso de reformas la “transformación” del sistema político-electoral; mientras que en otro frente, se ha paralizado la reforma educativa por parte de poderes facticos que no desean perder privilegios. Ya sean de la CNTE, del SNTE o inclusive de gobernadores.

No se puede negar que ambas reformas contribuirían a mejorar la calidad de vida de los mexicanos, al fortalecer el ejercicio de sus derechos políticos, así como en preparar a las nuevas generaciones para la dinámica económica actual. Sin embargo, los políticos y poderes fácticos soslayan la importancia de estos temas.

Por lo que respecta a la “transformación” del sistema político electoral, la oposición al gobierno pretende crear reglas más claras para la competencia electoral; desafortunadamente, esto no será así. Se dio al traste con un esfuerzo colectivo iniciado hace muchos años, cuando distintos agentes políticos, económicos y sociales lograron quitar el manejo de las elecciones al gobierno federal. Así nació el extinto IFE. Además se logró colocar a personalidades surgidas desde las más distintas trincheras políticas e ideológicas para encargarse del gran reto de otorgar certidumbre, credibilidad y legalidad a los procesos electorales en el país.

Con la reforma educativa se pretende devolverle a la federación el manejo financiero y administrativo de la estructura educativa nacional. Esta medida implica que el Estado controle los cuantiosos recursos monetarios que hoy en día la CNTE depreda a su antojo; esto, dicho de manera clara, ha sido una privatización del sistema educativo por parte de los líderes e integrantes de la CNTE y el SNTE, a favor de sus intereses y en contra de los sujetos primordiales de la educación: nuestros niños.

Desafortunadamente los estrategas de izquierda y derecha, principalmente, no tuvieron una visión de mayor altura para realizar una verdadera transformación tanto al sistema político-electoral como al sistema educativo, para que resulten funcionales al interés del resto de los mexicanos, y mucho menos para iniciar la construcción de un nuevo orden político que facilite las relaciones sociales y económicas. ¿A qué me refiero?

No es un gran descubrimiento teórico señalar que nuestra democracia no está dando los resultados deseados. La clase política mexicana se ha preocupado mayormente por continuar garantizando la extracción de mayores rentas públicas para su propio beneficio a la par de mantener espacios de poder, que en dotar al Estado Mexicano de los ajustes legales necesarios para facilitar a los ciudadanos el hacer uso de su libertad logrando obtener un modo de vida honrado, justo y digno, armonizar las relaciones cotidianas entre ellos, iniciar un despegue económico en los inicios del siglo XXI a la par de combatir la enorme desigualdad económica y social que nos ha caracterizado desde los albores de nuestra vida independiente.

Además, nuestra democracia no ha servido para construir un marco institucional que, tal como lo plantea Rawls, permita diseñar un arreglo institucional, tanto social como político, que permita convivir y cooperar a todos en un proyecto común, a la par de ser justo.

Se requiere la mayor participación de la ciudadanía para lograr empujar a nuestros políticos hacia este tipo de discusiones, porque ellos no lo harán. Lo anterior resulta más que urgente debido a que vivimos en un país construido a partir de privilegios a determinados grupos, ya sean empresariales, políticos o de burócratas; la conformación de este sistema genera incentivos para estar en sectores de poca competencia en los mercados mundiales.

La modificación de estos estímulos perversos es una obligación y necesidad que la realidad ha impuesto. Urge construir un blindaje político para nuestro sistema social y económico. De no empezar a dar resultados nuestra débil democracia en todos los órdenes de la vida cotidiana, la amenaza de caer en los extremos políticos mencionados al inicio del artículo adquiere mayores probabilidades de ocurrencia. ¿Realmente necesitamos a un Francisco Franco o a un Hugo Chávez en la máxima magistratura de la Nación para solucionar nuestros problemas? No lo creo y menos aún lo deseo. Por eso, sería un buen comienzo leer a John Rawls, sobre todo los políticos.

Rodrigo Lugo

Rodrigo Lugo

Economista egresado de la UNAM. Político Liberal y amante de los libros.

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