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¿Vivimos un apocalipsis global de los insectos?

Enzo Pérès-Labourdette

A 56 años de que Rachel Carlson advirtió en su libro Silent Spring sobre las muertes de aves por el uso de pesticidas, parece que nos encontramos ante una nueva crisis biológica. Un estudio, publicado en otoño pasado, documentó un declive del 76 por ciento en la biomasa de los insectos voladores que cayeron en redes en varios lugares de Alemania a lo largo de las últimas tres décadas. Las pérdidas a mediados del verano, cuando estos son más numerosos, superaron el 80 por ciento.

Este alarmante descubrimiento, en esencia obra de naturalistas aficionados que forman el grupo de voluntarios Sociedad Entomológica Krefeld, genera un cuestionamiento evidente: ¿Esto sucede en otras partes del mundo? Desafortunadamente, no es fácil responder esa pregunta porque hay otro problema: una disminución a nivel mundial de naturalistas de campo que estudien estos fenómenos.

En la actualidad, la mayoría de los científicos viven en las ciudades y tienen poca experiencia con animales y plantas silvestres; además, muchos de los libros de texto de Biología se enfocan más en moléculas, células y anatomía interna que en la diversidad y los hábitats de las especies. Incluso se ha puesto de moda entre algunos educadores menospreciar la enseñanza de la historia natural y los hechos científicos que pueden ser memorizados con exámenes para en cambio favorecer conceptos teóricos.

Esa actitud podrá funcionar para la discusión teórica de la física y las matemáticas, pero no basta para comprender a los organismos y ecosistemas complejos del mundo real. Sirven poco los modelos y las ecuaciones de computadora si no se pueden contrastar con la información de campo.

¿Estamos en medio de un apocalipsis global de insectos que la mayoría de nosotros no ha percibido? He aquí otro detalle: en el noreste de Estados Unidos se ha reportado un declive de décadas en la población polinizadora de las polillas halcón, pero se desconocen sus causas y consecuencias porque se sabe muy poco sobre la ecología de estos insectos. En días pasados, reunir ese tipo de información habría sido un respetable trabajo de vida para un Linneo, un Humboldt o un Darwin. Ahora, a menudo se ignoran estas criaturas porque estudiarlas no garantiza publicaciones, titulares de periódicos ni becas que brinden antigüedad y prestigio en la vida académica.

Así, solo podemos trabajar con poco más que evidencia anecdótica. En un artículo reciente publicado en The Telegraph se destacó que los parabrisas de los automóviles en Reino Unido ya no quedan cubiertos por insectos aplastados. Me acordé de las diminutas alas, patas y antenas que solían manchar el frente de mi auto después de conducirlo a mediados del verano en la década de los setenta. Hoy en día, conducir por el norte de Nueva York, donde vivo, deja apenas una mancha. ¿Es porque los autos son más aerodinámicos? No creo. En julio pasado, examiné vehículos estacionados en el lago Saranac y encontré pocos o ningún resto de bichos, ni siquiera en las matrículas o en la parte frontal y chata de las furgonetas.

¿Qué hay detrás de la disminución? Lo más probable es que no sea el cambio climático, según los investigadores del estudio alemán, quienes también monitorearon el clima local durante la investigación.

¿Se deberá entonces a estrellarse contra los vehículos? A pesar de mi experiencia y las observaciones de las salpicaderas en Reino Unido, un estudio de 2015 estima que cada año miles de millones de insectos mueren en América del Norte a causa de los autos y los camiones. Los autores del estudio solicitaron una investigación adicional para determinar si lo que hallaron “contribuye al declive sustancial de los insectos polinizadores que está ocurriendo a una escala mundial, lo cual pone en riesgo el funcionamiento ecológico de las áreas naturales y la productividad agrícola”.

Sin embargo, es probable que los autos no sean los culpables respecto a la disminución notada en el estudio de Alemania, porque este se concentró en reservas naturales donde es mínima la matanza de animales en los caminos. Para algunos expertos, por medio del proceso de eliminación, los pesticidas son los principales sospechosos.

¿Por qué nos debería importar este nuevo silencio de los bichos? Si en verdad hubiera una disminución global de insectos voladores, estaría en problemas todo un sector del reino animal, uno que representa una inmensa diversidad de formas de vida, desde mariposas y escarabajos hasta sírfidos y libélulas. El eminente biólogo Edward Wilson, quien ha pasado gran parte de su vida estudiando a las hormigas, ha advertido: “Si toda la humanidad desapareciera, el mundo se regeneraría al estado rico de equilibrio que existía hace 10.000 años. Si desaparecieran los insectos, el medioambiente colapsaría hasta quedar en caos”.

Así que, ahí lo tienen: ¿lo que sea que ha provocado la muerte de estos insectos podría también ser una amenaza para nosotros?

Los reportes del declive en la población de abejas de la miel (Apis melífera) palidece ante el desplome en la población de bichos en Alemania; tal vez no en escala, pero sí en pérdida de biodiversidad. Los insectos representan la gran mayoría de todas las especies animales. Debido a que son polinizadores y una parte vital de la cadena alimenticia, su ausencia tendría un impacto profundo en el origen de la vida en la Tierra.

Soy un científico especializado en lagos y, al igual que mis colegas, he tenido complicaciones para explicar nuestro propio misterio: una reestructuración de las comunidades de plancton en los lagos a nivel mundial en décadas recientes, lo cual hemos documentado al examinar muestras de sedimentos extraídas del fondo de los cuerpos de agua. Esto podría significar problemas para la calidad del agua, la pesca u otros aspectos de la ecología de los lagos. Si no hubiéramos tomado tales muestas, la escala geográfica de este cambio podría haber pasado desapercibida, porque no suele haber suficiente financiamiento ni un monitoreo riguroso de campo para estudiar la composición del plancton en los lagos.

Algunos expertos han atribuido la variación en las comunidades de plancton al cambio climático, otros a la contaminación por nitrógeno de los vertidos agrícolas, pero necesitamos más estudios de campo a largo plazo para confirmar la causa y anticipar sus efectos. La información sobre los insectos que recabaron los investigadores alemanes sugiere otra posibilidad. ¿Acaso los químicos agrícolas podrían envenenar los organismos acuáticos, entre ellos el plancton y los insectos que empiezan sus vidas como larvas acuáticas? Es algo que sencillamente no sabemos.

En Reino Unido, la noticia sobre los choques de los insectos contra los autos se basó en un estudio que recuperó datos provenientes de voluntarios que monitorearon “aplastómetros” con forma de rejilla que tenían en sus matrículas. Necesitamos más de este tipo de colaboración masiva dirigida por científicos. Los ciudadanos científicos y algunas comunidades universitarias orientadas a la investigación de campo, como mi universidad —Paul Smith’s College, ubicada en las montañas de Adirondack en Nueva York—, están convirtiendo sus patios, jardines, lagos y bosques en estaciones de monitoreo a largo plazo. Algunos centros de referencia en línea como iNaturalist, Budburst y North American Breeding Bird Survey reúnen y archivan información de campo para que la utilicen otras personas, y muestran que muchas especies están cambiando sus rangos y sus hábitos migratorios en respuesta al cambio climático.

Durante décadas, investigadores asociados con una red de más de dos decenas de centros de monitoreo ecológico a largo plazo en Estados Unidos también han llevado a cabo investigaciones de campo más detalladas. Sin embargo, estos esfuerzos aún no son suficientes para mantener el registro de un mundo que cambia a gran velocidad. Necesitamos nuevas generaciones de profesionales capacitados en la biología y la ecología de campo para concentrarnos en criaturas menos carismáticas o con un valor comercial menos significativo que las aves cantoras y las abejas melíferas.

En 1996, un editorial que publicó Conservation Biology advirtió que “los naturalistas se están acabando”, y postuló la pregunta: “¿La próxima generación de conservacionistas no será más que una bola de nerds que pasarán el tiempo en su computadora y no habrán adquirido ningún tipo de conocimiento de historia natural de primera mano?”.

Dos décadas después, empezamos a percatarnos de la suerte que tenemos de contar con expertos y naturalistas aficionados que observen y registren el destello distintivo de una luciérnaga o el suave repiqueteo que producen las alas de una libélula. Pero necesitamos más de ellos, y pronto.


Fuente: NYTimes / Curt Stager 

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