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Una visión histórica de la ambición en las megaciudades de América Latina

El fotógrafo brasileño Marc Ferrez captó esta vista panorámica de Santa Teresa en los años de 1890; a la derecha se ve el monte Pan de Azúcar de Río de Janeiro. Getty Research Institute

Para aquellos viajeros que disfrutan del diseño, entre las principales cartas de presentación de Ciudad de México, Lima o São Paulo —aquellas megaciudades latinoamericanas— están sus delirantes estructuras modernistas. Aunque a muchas les vendría bien una restauración, esas grandes torres y avenidas elevadas aún reflejan las ambiciones de los gobiernos nacionalistas de los años cincuenta y sesenta.

Exposiciones recientes en Estados Unidos, como Latin America in Construction: Architecture 1955-1980 (Latinoamérica en construcción: su arquitectura de 1955 a 1980), la principal muestra de 2015 del Museo de Arte Moderno de Nueva York, han posicionado el momento moderno como la era de oro arquitectónica de la región, y el trabajo de arquitectos modernistas como Oscar Niemeyer, de Brasil, y Luis Barragán, de México, ha motivado exposiciones frecuentes, editoriales de moda y fotografías compartidas en Instagram que parecen haber sido tomadas desde exactamente el mismo punto.

Sin embargo, los millones de personas que viven en estos lugares saben que sus experimentos urbanos modernistas están cimentados sobre una clara historia previa. Es un relato de ambición, nacionalismo, violencia, innovación técnica y transformación económica que se desarrolla en avenidas majestuosas y parlamentos palaciegos. Mostrarlo es la meta de The Metropolis in Latin America, 1830-1930 (La metrópolis en América Latina, de 1830 a 1930), una exposición reveladora y muchas veces romántica que se puede visitar en este momento en la Americas Society en Manhattan. Esta muestra es un viaje que nos regresa cien años al pasado y analiza la planeación y expansión iniciales de seis capitales latinoamericanas: Buenos Aires, La Habana, Lima, Ciudad de México, Río de Janeiro (que fue la capital de Brasil desde la independencia hasta 1960) y Santiago. Estas ciudades fueron laboratorios de experimentación y sirvieron para tomar riesgos.

Parte de la instalación “The Metropolis in Latin America, 1830-1930” muestra la catedral de Lima. Beatriz Meseguer

Los curadores —Idurre Alonso, curador adjunto para las colecciones de América Latina del Getty Research Institute y Maristella Casciato, curadora principal de colecciones arquitectónicas— han entremezclado mapas, documentos de planeación, fotografías y otros registros de construcción urbana de esas seis ciudades, con lo que dibujan una narrativa hemisférica de herencia colonial y aspiraciones republicanas.

El prólogo nos muestra cómo era una ciudad precolombina a través de mapas posteriores a la Conquista de Tenochtitlán, la capital azteca que se convirtió en Ciudad de México, y Cusco, la antigua capital inca de Perú. También presenta el diseño urbano del virreinato español, por medio de grabados como el de la ordenada Santo Domingo, la primera ciudad colonial del Nuevo Mundo. Su trazo rígido en forma de cuadrícula, que incluye una enorme plaza central y calles que parten desde ella y la rodean, se convirtió en el modelo para la cuadrícula española, que se propagaría por todo el continente.

Un grabado del plano de Lima que data de aproximadamente 1760. Getty Research Institute

En estas ciudades coloniales, la catedral, que simboliza la civilización europea y la supremacía imperial, estaba en el centro y en sus cercanías se encontraban los edificios comerciales y militares. La catedral de Lima, con su par de capiteles neoclásicos que enmarcan una puerta colosal, aparece en la exhibición en una ampliación de tamaño mural; una foto más pequeña captura la principal catedral mexicana, de corte más barroco, que reina sobre el gigantesco Zócalo. La opulencia de la catedral reflejaba no solo el poderío religioso y militar, sino además la riqueza local y la estratificación social. Dos litografías de 1827 de visitantes europeos a Río, la capital del nuevo imperio de Brasil, retratan picarescas escenas callejeras en las que abundan los mercaderes, los monjes, los buhoneros y los esclavos.

Los seis países cuyas ciudades se analizan en la muestra obtuvieron su independencia durante el primer cuarto del siglo XIX. Los nuevos gobiernos, republicanos en su mayoría e imperial en Río de Janeiro, se propusieron rehacer sus capitales coloniales con nuevos parlamentos nacionales y ministerios federales. Los arquitectos muchas veces mezclaban toques indígenas mestizos con tropos coloniales y de las Bellas Artes al servicio de las nuevas ambiciones nacionales.

Una imagen de 1927 tomada por Augusto César de Malta Campos de la plaza Marechal Floriano en Río de Janeiro. Los mosaicos ondulados fueron diseñados por Roberto Burle Marx. Getty Research Institute

Estas ambiciones también se manifestaron a través de monumentos públicos nuevos, incluyendo estatuas ecuestres con claras similitudes. A Bernardo O’Higgins, héroe de la independencia chilena, se le conmemora a caballo en la plaza de Santiago; Simón Bolívar galopa en Lima, y José San Martín piafa en Buenos Aires. La Ciudad de México dirigió la mirada hacia su pasado indígena en busca de íconos nacionales.

Una estatua de Cuauhtémoc, el último emperador azteca, se encuentra de pie sobre un pedestal desde donde mira la nueva ciudad en la que se ha convertido Tenochtitlán, misma que fue redibujada por los españoles y entonces era una fuente de orgullo republicano.

Una fotografía de 1907 del monumento a Cuauhtémoc en Ciudad de México. La estatua del último emperador corrió a cargo del arquitecto Francisco Jiménez y del escultor Miguel Noreña. Getty Research Institute

Descubrimos muchas de esas estatuas en impresiones granulosas en plata y sepia; de hecho, esta es tanto una muestra de los principios de la fotografía como lo es de la arquitectura y la planeación urbana. Para 1900, los fotógrafos en estas capitales latinoamericanas ya podían tomar instantáneas de los lujosos parques urbanos en Buenos Aires y Ciudad de México, que eran espacios para el ocio de la nueva burguesía. Ambas ciudades tuvieron remodelaciones radicales en aquella época, pues se construyeron paseos ostentosos y descomunales inspirados en el modelo parisino.

En la exhibición se aprecian imágenes familiares de un fotógrafo no identificado que retratan la majestuosa avenida de Mayo de Buenos Aires, un bulevar construido en conmemoración de la independencia argentina.

Una fotografía familiar de avenida de Mayo, en Buenos Aires, tomada en 1914 Getty Research Institute

En lo que respecta a las fotografías antiguas de Río, es difícil verlas sin sentir una envidia desesperada. La que considero la ciudad más hermosa del planeta aparece, en cierta medida, como la más sofisticada de las seis capitales analizadas en esta exposición. En dos exquisitas fotografías panorámicas del fotógrafo brasileño Marc Ferrez, fechadas alrededor de 1895, el Pan de Azúcar se alza imponente sobre Botafogo y Flamengo, los bulevares y callejuelas de la capital en seductora armonía con la plaza y la ladera. Ferrez también captó los cinemas señoriales de Río, así como los exuberantes jardines botánicos, además de las nuevas obras de infraestructura, como un tranvía que atravesaba el monte bajo hasta el Corcovado, el pico verde que pronto quedaría coronado con la estatua del Cristo Redentor.

Con el tiempo, una nueva generación de arquitectos y diseñadores urbanos latinoamericanos, menos apegados a los modelos europeos, transformaría estas capitales nuevamente. Una fotografía de 1927 de la plaza Marechal Floriano en Río nos da un atisbo de lo que estaba por venir, con sus mosaicos ondulantes en blanco y negro diseñados por Roberto Burle Marx. Burle Marx también diseñó el paisaje de la nueva capital, Brasilia, que llevaría la ambición nacional a nuevos extremos. Mientras que Buenos Aires invitaría a Le Corbusier, el apóstol suizo de las torres y las excavadoras, para reimaginar a la capital argentina desde cero. Cuba adoptaría una estrategia distinta para la reinvención nacional, una que, irónicamente, ha dejado buena parte de la arquitectura anterior de La Habana en su lugar, aunque algo deteriorada.

Las ciudades latinoamericanas se convirtieron en espacios de fantasías utópicas, que solían ir de la mano de pesadillas políticas, pero antes de las nuevas torres —y antes de los elefantes blancos que son los estadios olímpicos de Río y los museos de los grandes capitales de Ciudad de México— ya eran ciudades de ensueño.


Fuente: NYTimes / Jason Farago

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