Lo que parecía imposible ha sucedido: al-Qaeda ha sido relegada por “moderada”, desplazada como la principal organización terrorista y extremista islámica y remplazada por otra que —por lo pronto—, no comparte sus sofisticados métodos y amplio despliegue internacional, sino que recurre en cambio, a acciones mucho más burdas y brutales, pero focalizadas —hasta ahora—. Me refiero, claro, al ISIL o Estado Islámico de Irak y el Levante.

Nacido de los restos derrotados —por EE. UU. y fuerzas del gobierno de Irak— de la rama iraquí de al-Qaeda y los partidarios del derrumbado partido Ba’ath de Hussein —sí, la ironía es de un amargor casi dulce: extremistas musulmanes y socialistas seculares hombro con hombro—; criado en el subsuelo fértil de la guerra civil en Siria; financiado por petróleo sirio y donaciones de dudoso origen; y nutrido por el profundo descontento y caos que legó Estados Unidos a Irak, el ISIL ha robado cámara y titulares últimamente por su barbarie, en apariencia imparable.

En cuestión de semanas, mediante una violenta y hábil ofensiva, puso en fuga al Ejército iraquí —superior en número y armado hasta los dientes con equipo nuevo estadounidense— y se hizo del control de buena parte de Irak —un territorio del tamaño de Bélgica—, donde no tardó en comenzar a imponer su visión radical del Islam.

Sus principales víctimas: grupos religiosos y/o políticamente contrarios, como los musulmanes chiítas —la “minoría” religiosa más grande del país, oprimida bajo Hussein y exaltada bajo la ocupación estadounidense—, los yizadíes —de religión preislámica y kurdos en su mayoría—, los cristianos de diversas denominaciones e incluso la población sunní que no comparte su radicalismo…

Con lo que, de hecho, podemos inscribir este conflicto en el colapso en serie de esos entes políticos artificiales creados por Francia y Gran Bretaña a partir del desmembramiento del Imperio turco tras la I Guerra Mundial. Hace un siglo, los imperialistas europeos inventaron de cero Estados “nacionales” trazando líneas sobre un mapa y siguiendo el viejo adagiode divide et impera.

De manera deliberada, las potencias europeas crearon “naciones” a partir de un conglomerado de etnias y pueblos con tradiciones religiosas, lingüísticas y culturales distintas lo suficientemente equilibrado como para que ninguno de los grupos pudiese imponerse a otro como no fuese con ayuda externa, a la vez que lo bastante fragmentado para hacer imposible su unión con aras independentistas.

No sorprende, por tanto, que dichas estructuras artificiales con trabajos hayan sobrevivido apenas un siglo, y mal: entre golpes de Estado, dictadores, guerras y haciendo de gustosos peones de la Guerra Fría.

Poco o nada han ayudado los viejos imperios que las inventaron, pues bien pronto se desmoronaron y abandonaron a su suerte a sus engendros; ni sus vecinos, como Irán apoyando al gobierno sirio o Israel desestabilizando el Líbano; ni mucho menos los nuevos imperios, que les venden armas, fomentan el descontento musulmán o, en el caso de Irak, llegan, estropean todo y se van como si nada.

Por desgracia, una vez que colapsan, nada bueno puede salir del consiguiente realineamiento y reorganización del poder —de manera violenta, por supuesto, ya que no existen un marco simbólico poderoso, una tradición común arraigada ni un efectivo imperio de la ley—: minorías resentidas unas contra otras, inflamadas con odium theologicum, en paridad de fuerzas, sin que ningún actor externo esté dispuesto a intervenir, peleando hasta el cansancio o la aniquilación. Lo hemos visto en Líbano durante los ochenta, en Irak desde 2003 y en Siria desde 2011.

El problema es que, ahora a este fenómeno común de doloroso parto de nuevos órdenes políticos por medio de una cruenta guerra civil se le ha sumado el del extremismo islámico —esa forma de religión posmoderna que, al no poder copar con las frustraciones del mundo tal cual es, se refugia en la fantasía de una supuesta edad de oro pasada: en este caso, el Califato islámico—.

Peor aún, el ISIL sabe bien que con su sadismo captado con smartphones(su sello de marca), manda un mensaje claro a los musulmanes descontentos de todo el mundo: el tiempo de al-Qaeda ha pasado ya.

Lo cual me lleva a plantear la pregunta incómoda: ¿qué hacer, entonces? ¿Dejar que el ISIL se salga con la suya? ¿Pedir la intervención de la ONU o de alguna potencia —sin que otras pongan el grito en el cielo—?

Si Obama anunció, a bombo y platillo, que iba a bombardear blancos en Irak —aunque de la misma manera torpe e intrascendente como actuó en Libia—, sabemos que lo hizo por mero interés estratégico y de relaciones públicas.

Él no puede permitir que el gobierno iraquí instalado por EE. UU. colapse y que el ISIL triunfe —si el Afganistán del Talibán y el Irak de Hussein eran problemáticos, ¿qué sería del Califato de Abu Bakr al-Baghdadi?—. Es decir, trata de rehacer, tarde, mal y de malas, el desaguisado que EE. UU., como Gran Bretaña y Francia antes, ha hecho en Irak. Si George W. Bush cometió tremenda irresponsabilidad al invadir Irak, Barack Obama fue dos veces más imprudente al salirse. Y allí están los resultados.

Porque la verdad es que a las potencias no les importan, más que de dientes para afuera, los millones de refugiados de Irak o Siria, las víctimas de armas químicas en la segunda o los actos genocidas del ISIL en el primero —aun con esto en frente, documentado en video, sorprende que siga habiendo quien se atreve a llamar “genocidio” a lo de Gaza: por trágico que pueda ser, debería saltar a la vista la diferencia cualitativa de una y otra cosa—.

Al igual que el ébola africano, las armas químicas sirias importan sólo en cuanto no vayan a causar víctimas en Europa o EE. UU. O los refugiados, a quienes está bien que se les envíe ayuda humanitaria —en Irak, ya ni eso: Cáritas ha tenido que abandonar el terreno para evitar el martirio colectivo—, mas no que se les acoja dentro de las propias fronteras. Ya no digamos los cristianos y yazidíes masacrados, que habrán de sufrir el mismo destino de indiferencia y compasión post facto que los tutsis o salvadoreños.

¿O es que las potencias van a dejar de vender armas a los contendientes de uno u otro bando? ¿Favorecería Rusia una intervención estadounidense en Siria? ¿China no bloquearía cualquier iniciativa del Concejo de Seguridad como hace con Darfur? ¿Europa mandará cascos azules para detener la matanza como no quiso hacer en Ruanda, donde no tenía sino que combatir contra milicianos con machetes? ¿EE. UU. volverá a entrar en Irak y ponerle un parche a la situación? ¿Tirará la CIA al tirano de turno, arriesgándose a que surja un régimen peor que lo suceda? ¿Permanecerá Israel de brazos cruzados una vez que el Califato lo rodee?

La triste verdad es que es mala idea meterse en medio de una guerra civil. Mas, si existe tal cosa como una guerra justa, lo es una destinada a poner fin a crímenes contra la humanidad. Lo estipulan el Derecho de gentes, varios tratados internacionales e incluso la tradición cristiana, que no confunde el poner la otra mejilla con el pecado de omisión de abandonar al inocente a la injusticia.

Vaya, si no para esto precisamente se inventó la ONU y se la dotó de cascos azules —porque el Derecho sin fuerza es impotente—, ¿para qué, entonces? Si las matanzas genocidas del ISIL no son los peccata contra natura abominables que exigen, por solidaridad básica con el género humano, una respuesta contundente, según clamaba fray Francisco de Vitoria en el siglo XVI, ¿qué es un crimen de lesa humanidad?

Yo, como cristiano, me pregunto: dado que ni Cáritas ha podido permanecer en el terreno para hacer llegar mis donativos y que las oraciones y vigilias por la paz, hasta donde tengo entendido —y perdonen mi poca fe—, no mantienen las cabezas pegadas al cuello de mis hermanos de bautizo, ¿qué resta por hacer?

Porque cualquier solución ha de lidiar, ante todo, con la violencia —a menos que quiera Francisco de Roma ir y presentarse ante el Califa de turno, como el santo de Asís—. Como bien y afiladamente dice Arturo Pérez Reverte: Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos”. Incluso si hay alguien dispuesto a irse de voluntario, lo ha de hacer armado o protegido por gente armada.

Y sí, creo que ya se adivina mi punto: no sería la primera vez que, para defender a hermanos cristianos, otros cristianos juzgaron imperativo ofrecerse voluntarios para ir y defenderlos, con la espada de ser necesario. El año de 1095, en Clermont, Urbano II, un Papa culto y piadoso, a la vez que nada ingenuo, llamó, en aras de promover el ecumenismo, el deber de proteger al inocente y la búsqueda de la concordia entre los príncipes europeos, a la I Cruzada:

Hemos escuchado el mensaje de los cristianos de Oriente. Nos describe la lamentable situación del pueblo de Dios [que] gime y cae bajo el peso de atropellos y las más vergonzosas humillaciones. La raza de los elegidos sufre atroces persecuciones, y la raza impía […] no respeta ni a las vírgenes del Señor ni los colegios de sacerdotes. Atropellan a los débiles y a los ancianos, a las madres les quitan sus hijos para que puedan olvidar, entre los bárbaros, el nombre de Dios. Esa nación perversa profana los hospicios… ¿Qué más debo deciros? ¡Somos deshonrados, hijos y hermanos, que viven en estos días de calamidades! ¿Podemos ver al mundo en este siglo reprobado por el cielo presenciar la desolación de la Ciudad Santa y permanecer en paz mientras es tan oprimida? ¿No es preferible morir en la guerra en vez de sufrir por más tiempo un espectáculo tan horrible? Lloremos por nuestras faltas que aumentan la ira divina, sí, lloremos… Pero que nuestras lágrimas no sean como las semillas arrojadas sobre la arena. Dejemos que el fuego de nuestro arrepentimiento levante la Guerra Santa y el amor de nuestros hermanos nos lleven al combate. Dejemos que nuestras vidas sean más fuertes que la muerte para luchar contra los enemigos del pueblo cristiano.

Por supuesto, aquel asunto degeneró una serie más de guerras repleta de barbarie que se montó en un tren de intereses espurios. Sin embargo, no se puede ignorar el componente humanitario y de gran actualidad de su motivación inicial.

A pesar del giro “pacifista” que ha tomado el cristianismo moderno y el Papado contemporáneo —harto loable, por otra parte—, pero dada la situación de absoluta indefensión de los cristianos y demás minorías de Medio Oriente, así como la impotencia de quienes nos preocupamos por ellos, ¿acaso suena descabellada la idea de una nueva Cruzada, que nos enseñe a los muelles cristianos del siglo XXI qué es el verdadero sacrificio y a los bárbaros del ISIL que su barbarie no puede quedar impune? Ignoro si Dios así lo quiere (Deus vult!), pero, definitivamente, la Justicia lo exige.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *