El té es la segunda bebida más consumida en el mundo, después del agua. Proveniente de China, su consumo se extendió alrededor del mundo hasta formar parte esencial de varias culturas y alcanzar prácticamente todos los rincones del planeta. Sin embargo, este producto tiene una triste historia colonial de explotación. Tanto en el pasado, como en el presente, su producción ha estado ligada a guerras, esclavitud y pobreza. 

Sin la intención de convertir este artículo en una clase de historia, sino en un análisis de asuntos contemporáneos; es necesario tomar en consideración que actualmente el té sigue produciéndose principalmente en países en desarrollo, particularmente en el continente asiático y Kenia. En todos estos países existen reportes similares: los trabajadores de las plantaciones viven en condiciones cercanas a la esclavitud, ganando menos de $2 dólares al día, sin prestaciones ni seguridad social de ningún tipo y sin derechos laborales. En general, al tener manos más delicadas, son las mujeres quienes se dedican a cortar las hojas del té; por lo tanto, la trata también es un problema recurrente en las plantaciones.

Afortunadamente (o desgraciadamente) esta problemática ha sido abordada ampliamente por la prensa internacional. Tristes casos como el de Assam, India, en el que trabajadores de una plantación quemaron a su supervisor y a su esposa en 2012, han alcanzado una amplia cobertura y generado debate público. Esto ha traído como consecuencia una ola de marcas de té “certificado” con prácticas comerciales y laborales más justas.

Sin embargo, existe un país que normalmente es relegado de los reportes internacionales referentes al tema. Bangladesh es apenas un productor de relevancia a nivel mundial, ocupando menos del 2% del mercado global. No obstante, en comparación con las exportaciones del país, el té juega un papel muy importante a nivel nacional.

Conocido por pocos, la condición de los trabajadores de las plantaciones de té en Bangladesh es muy peculiar. Históricamente, el territorio no producía té hasta que fue colonizado por los ingleses. Fue en la década de 1850 que se establecieron las primeras plantaciones, particularmente en la región noreste del país. Sin embargo, a pesar de contar con el clima, la altura y el terreno adecuados, los ingleses enfrentaron una gran dificultad: la falta de mano de obra calificada. Los locales no sabían nada de esa planta importada; por lo que la solución que encontraron fue traer trabajadores de la India.

Existe una diferencia fundamental entre India y Bangladesh: la religión. En el primer país la mayoría de la población es hindú, mientras que en el segundo la mayoría es musulmana. Aparte de la diferencia religiosa, los trabajadores que llegaron tampoco hablaban bengalí, el idioma local, y pertenecían a una etnia diferente. Por lo tanto, se convirtieron en una minoría discriminada y aislada del resto de la sociedad.

150 años después, su situación es la misma. Actualmente, se estima que este grupo rebasa las 100 mil personas. Alejados de sus raíces indias pero sin integrarse al resto de la sociedad, hablan un dialecto de hindi que poco se asemeja a su idioma original. Asimismo, son vistos como la clase social más baja y son discriminados por su religión, por lo que son particularmente vulnerables a la explotación y la trata. En su mayoría son analfabetas, viven bajo la línea de pobreza extrema y tienen pocas opciones para mejorar su condición social.

El primer paso para resolver una problemática social es conocerla. A pesar de que Bangladesh y los otros países productores de té son muy lejanos, esta bebida también ha ganado una gran popularidad en México. Por lo tanto, queda esta historia como un recordatorio para la hora de elegir el té.

Al tener manos más delicadas, son las mujeres quienes se dedican a cortar las hojas del té; por lo tanto, la trata es un problema recurrente en las plantaciones.

Los trabajadores de las plantaciones de té en Bangladesh son una minoría discriminada y aislada del resto de la sociedad.

 

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