Aminata Conteh, de ocho años de edad, espera para ser operada de cataratas en un hospital en Freetown, Sierra Leona. Dos años después de sobrevivir al virus del Ébola, Aminata ahora sufre de cataratas. Jane Hahn para The New York Times

Cuando una enfermera la subió a la mesa de cirugía, Aminata Conteh, una niña de ocho años, cruzó sus delgados tobillos con confianza y se quedó completamente inmóvil mientras los doctores le anestesiaban un ojo y luego lo pinchaban con una aguja para sacar una muestra de líquido.

Hace dos años, el ébola casi mató a Aminata. Ahora, las complicaciones de la enfermedad han puesto en riesgo su vista.

Llegó con su madre a un hospital oftalmológico a fines de julio, con la esperanza de que una cirugía retirara una densa catarata que había nublado el cristalino de su ojo derecho, afectando casi por completo su visión.

Las cataratas por lo general afectan a los ancianos pero, sorpresivamente, los médicos africanos las han descubierto en jóvenes sobrevivientes del virus del Ébola que, en algunos casos, son diagnosticados a edades tan tempranas como los 5 años. Además, por motivos que nadie comprende, algunos de esos niños tienen las cataratas más duras y gruesas que los cirujanos hayan visto jamás, junto con cicatrices muy profundas en los ojos.

Antes de la epidemia del ébola en África Occidental, que sucedió de 2013 a 2016, los especialistas no se habían dado cuenta del daño que la enfermedad podía dejar como secuela, pues los brotes anteriores habían sido pequeños y hubo muy pocos sobrevivientes. Las enfermedades oculares, incluyendo el espectro de la ceguera, se han convertido en una gran complicación.

Pacientes en un hospital de Freetown que esperan a que les remuevan las vendas de sus operaciones por cataratas. Jane Hahn para The New York Times

Pacientes en un hospital de Freetown que esperan a que les remuevan las vendas de sus operaciones por cataratas. Jane Hahn para The New York Times

Le epidemia en África Occidental ha sido la más grande del mundo, con más de 28.600 personas infectadas y 11.300 muertas en Guinea, Liberia y Sierra Leona.

Hay cerca de 17.000 sobrevivientes del ébola en África Occidental, y los investigadores calculan que el 20 por ciento de ellos han tenido una inflamación grave dentro del ojo, llamada uveítis. Puede causar ceguera pero, si se cura y la vista se recupera, es posible que se presenten cataratas de inmediato. Por lo general, solo un ojo es afectado.

¿Los cirujanos oculares corren peligro?

Hasta hace poco, los cirujanos dudaban al momento de atender las cataratas de los sobrevivientes del ébola, por miedo de que en el interior de sus ojos todavía se alojara el virus. No se puede esparcir por lágrimas ni se encuentra en la superficie, por lo que el contacto no es peligroso en sí; pero puede serlo para doctores que operan sobre el ojo.

Un grupo de médicos de la Universidad Emory ha hecho una serie de visitas a África Occidental para estudiar los problemas oculares en los sobrevivientes, darles tratamiento y encontrar maneras de prevenir la ceguera en caso de que se presenten más brotes del ébola. Una meta ha sido buscar el virus en los ojos de los sobrevivientes con cataratas, para informar a los cirujanos locales si es seguro operar.

“Esperamos que más pacientes tengan acceso a la cirugía para cataratas y los médicos se sientan seguros”, dijo Jessica Shantha, oftalmóloga de Emory.

Jessica Shantha, a la izquierda, examinó el ojo de Isatu Tholley un día después de que se le extrajera una catarata. Hasta hace poco, algunos cirujanos oculares eran reacios a operar de los ojos a los sobrevivientes del ébola, por temor a que en sus ojos todavía pudieran albergar el virus. Jane Hahn para The New York Times

Jessica Shantha, a la izquierda, examinó el ojo de Isatu Tholley un día después de que se le extrajera una catarata. Hasta hace poco, algunos cirujanos oculares eran reacios a operar de los ojos a los sobrevivientes del ébola, por temor a que en sus ojos todavía pudieran albergar el virus. Jane Hahn para The New York Times

Adamsay Tarawallie, de 20 años, sometiéndose a exámenes de la vista después de parar por una cirugía de cataratas. Jane Hahn para The New York Times

Adamsay Tarawallie, de 20 años, sometiéndose a exámenes de la vista después de parar por una cirugía de cataratas. Jane Hahn para The New York Times

Una mañana de lunes, Aminata y su madre se reunieron junto con otro 20 sobrevivientes del ébola de todas las edades en el Hospital para Ojos de la Iglesia Metodista Unida Kissy/Lowell y Ruth Gess para escuchar a los médicos de Emory explicarles las pruebas y tratamientos a los que los someterían. Los pacientes, con ojos brumosos, se veían tristes y fatigados, como si fueran mucho mayores.

El equipo incluyó a dos oftalmólogos más, Steven Yeh y Brent Hayek, así como a Ian Crozier, un especialista en enfermedades infecciosas que contrajo ébola mientras trataba a pacientes en Sierra Leona en 2014 y que recientemente se unió a los Institutos Nacionales de Salud estadounidenses.

“También soy un sobreviviente del ébola con un ojo que se quedó sin visión”, le dijo Crozier al grupo. “Durante dos años he pasado por lo mismo por lo que ustedes pasarán ahora, incluso con los mismos doctores”.

Una traductora repitió su mensaje en krio, el idioma más hablado en ese país. Haciendo un gesto hacia Yeh, Crozier dijo: “Steve puso la aguja en mi ojo. Así que de alguna manera nos están atendiendo igual”.

Ian Crozier, a la izquierda, explicándole a los sobrevivientes del ébola el procedimiento para extraer líquido de sus ojos con el fin de detectar si todavía tienen el virus. Jane Hahn para The New York Times

Ian Crozier, a la izquierda, explicándole a los sobrevivientes del ébola el procedimiento para extraer líquido de sus ojos con el fin de detectar si todavía tienen el virus. Jane Hahn para The New York Times

Crozier, a la derecha, organizando muestras mientras el doctor Teshome, a la izquierda, remueve las cataratas del ojo de un paciente. Jane Hahn para The New York Times

Crozier, a la derecha, organizando muestras mientras el doctor Teshome, a la izquierda, remueve las cataratas del ojo de un paciente. Jane Hahn para The New York Times

 

Un virus que merodea en el ojo

El ministro de Salud e Higiene de Sierra Leona esperaba con ansias la ayuda de Emory, explicó Kwame Oneill, quien administra el Programa Integral para Sobrevivientes del Ébola.

“Después de que Ian se enfermó y presentó complicaciones, se convirtió en un pionero, un punto de inflexión”, dijo Oneill. “La historia de Ian fue un parteaguas para los sobrevivientes”, añadió, en referencia a cómo el doctor presentó los síntomas oculares semanas después de que parecía curado por completo. Se sabe que el virus puede quedarse inactivo en el cuerpo durante algún tiempo antes de ser eliminado por el sistema inmunitario, pero no hay un promedio sobre cuánto tarda esto último.

El hospital oftalmológico de Freetown también le dio la bienvenida a los investigadores. Lowell Gess, quien fundó el centro médico en 1982, reconoció que la uveítis era un problema grave en varios pacientes. En 2015, durante la epidemia, Gess, que tenía 94 años, comenzó a alertar a los centros de tratamiento contra el ébola sobre el padecimiento y recomendó medicamentos para tratarlo.

No se sabe cuántos sobrevivientes tienen problemas oculares. Muchos viven en provincias remotas y han perdido contacto con las autoridades de salud. Sin embargo, un grupo de voluntarios, la Asociación de Sierra Leona de Sobrevivientes del Ébola, ha tratado de encontrar a los pacientes que requieren ayuda y les ayudan a pagar sus viajes y alojamiento para que puedan consultar a los especialistas de Emory. Para el verano pasado, el equipo ya había visto a cerca de 50 sobrevivientes del ébola con cataratas, desde niños de 5 años hasta personas de más de 60.

El grupo ha estado “pinchando” los ojos de los pacientes, como Yeh lo hizo con Crozier: introduciendo una aguja delgada en un espacio llamado cámara anterior, y sacando unas cuantas gotas de líquido para hacer pruebas sobre la presencia del virus. Si la prueba da un resultado negativo, se considera seguro poder operar.

Hasta ahora han sido realizadas cincuenta pruebas en Sierra Leona, todos con resultados negativos, lo que ha permitido que varios de los pacientes sean sometidos a la cirugía para remover cataratas.

Aminata, bajo la bufanda amarilla, espera junto a otros sobrevivientes del ébola que ya están listos para que le remuevan los vendajes. Jane Hahn para The New York Times

Aminata, bajo la bufanda amarilla, espera junto a otros sobrevivientes del ébola que ya están listos para que le remuevan los vendajes. Jane Hahn para The New York Times

Hannah Dorwie, una enfermera que acompañó a Aminata durante su estancia en un área de tratamiento auxiliar establecida para el equipo de Emory en el hospital. Jane Hahn para The New York Times

Hannah Dorwie, una enfermera que acompañó a Aminata durante su estancia en un área de tratamiento auxiliar establecida para el equipo de Emory en el hospital. Jane Hahn para The New York Times

 

Adelante con la cirugía

Para realizar las punciones, Yeh y Shantha usaron un traje protector, como si estuvieran tratando a pacientes con ébola: capuchas y trajes de Tyvek con partes transparentes para el rostro y sopladores para bombear aire filtrado. Aunque no esperaban encontrar virus vivo, no podían descartar esa posibilidad.

Reconociendo que el equipo protector podría provocar recuerdos inquietantes en los pacientes, Crozier les dijo a quienes esperaban las punciones: “Algunas personas, cuando vienen y ven de nuevo los trajes, pueden sentirse atemorizadas y con los mismos sentimientos que tenían dentro de la unidad, así que solo quiero recordarles que esto es para que nosotros seamos cuidadosos. Acuérdense de que detrás de la máscara están Jessica y Steve”.

Cuando fue su turno, Aminata ni se inmutó. Con un parche tras la prueba, le dijo a Isatu Tholley, una niña mayor que esperaba nerviosa su turno, que no había nada que temer, y la instó a ser valiente. Las muestras de líquido se enviaron a un laboratorio para detectar el ébola, y los resultados estarían listos al día siguiente.

En algunos sobrevivientes, el ébola ha causado problemas peores que las cataratas. Una mujer de 35 años tenía una inflamación que le causaba una presión ocular dolorosa, lo que le dañó el nervio óptico y le provocó ceguera permanente y dolor constante.

“Es la peor consecuencia de un ojo como el mío”, dijo Crozier. “No solo ceguera, sino una ceguera dolorosa”. La paciente decidió que le extirparan el ojo.

La operación, que realizó Hayek, tomó cerca de dos horas, con la mujer despierta pero con anestesia local. Después de que le extirparon el ojo, Hayek le puso un implante en la cuenca ocular; más tarde, una cubierta pintada lo haría parecer un ojo real.

Aminata, al centro, en una casa de huéspedes para pacientes que se recuperan de las cirugías oculares. Las cataratas de Aminata resultaron ser mucho más densas que las que presentan las personas mayores.Jane Hahn para The New York Times

Aminata, al centro, en una casa de huéspedes para pacientes que se recuperan de las cirugías oculares. Las cataratas de Aminata resultaron ser mucho más densas que las que presentan las personas mayores.Jane Hahn para The New York Times

 

Cataratas como cemento

La cirugía de cataratas requiere cortar el ojo para extirpar el cristalino nebuloso, e insertar uno artificial. Moges Teshome, un cirujano de la Misión Cristiana de la Ceguera que trabaja en el hospital Kissy, lo ha hecho 20.000 veces, y por lo general le lleva de diez a quince minutos.

La operación de Aminata duró el triple de ese tiempo. Las cicatrices habían fundido su cristalino y su iris, y tuvo que separarlos. La cápsula de tejido alrededor del cristalino estaba tan calcificada que era como traspasar cemento, dijo, y añadió que seguramente esas cicatrices habrían empeorado con el tiempo, así que si hubieran esperado más para operar, la cirugía habría sido mucho más difícil.

La catarata era mucho más densa de las que se presentan en ancianos, y solo después de quitarla los médicos pudieron echarle un vistazo a la retina de Aminata, esa capa de células sensibles a la luz en la parte trasera del ojo, esencial para poder ver. Yeh y Shantha buscaron un “reflejo rojo”, el brillo de una retina normal cuando se la alumbra. No había reflejo, lo que sugería que podía haber daño en la retina o anomalías en su líquido. Se le puso un parche sobre el ojo.

“Bien, mi niña”, dijo Crozier, y la llevó al área de recuperación, donde la esperaba su madre.

Aminata, Jamba y otros cuantos parecieron ser los menos afortunados. Su visión no mejoró: seguían viendo solo los movimientos de una mano. Si Aminata se sintió decepcionada, no lo demostró: ágil y animada, parecía lista para hacer ejercicio en el equipo con el que le examinaron el ojo. Lo que vieron fue inflamación y posible cicatrización de la retina. Los doctores le recetaron gotas y pastillas con esteroides para combatir la inflamación.

Un mes después, Teshome llevó a cabo un procedimiento con láser que mejoró marcadamente la visión de Aminata. No está todavía en niveles de 20/20, pero puede ver lo suficiente para cachar una pelota, leer con lentes, distinguir entre una cuchara y un tenedor. El tiempo dirá si puede mejorar más.

Para Aminata y miles más en África Occidental, los estragos del ébola aún no puede calcularse.

Jane Hahn para The New York Times

Jane Hahn para The New York Times


Fuente: NYTimes / Denise Grady

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