Milagros Serrano Ortiz en su hogar en Toa Baja, Puerto Rico, donde murieron por lo menos nueve personas y el nivel de las inundaciones durante el paso del huracán María superó los 3 metros Erika P. Rodríguez para The New York Times

Sus recuerdos de lo sucedido durante la tormenta son como destellos: los gritos de los vecinos, el agua cayendo por todos lados, estar nadando contra la corriente con su hijo.

La pesadilla no terminó ahí para Milagros Serrano Ortiz, una abuela de 37 años, que tiene cabello largo y ondulado. Después de dos días de resguardarse en el piso de arriba de una casa del otro lado de la calle, regresó a su hogar solo para toparse con lodo por todas las paredes y un hedor penetrante en todas sus pertenencias, que ahora estaban pudriéndose en el calor.

Conmocionada y angustiada, hace poco le confesó a un psicólogo en una clínica de emergencia que estaba teniendo pensamientos oscuros y temía volverlos realidad.

“¿Cómo qué?”, le preguntó el doctor.

Como tomar una botella entera de pastillas para “nunca despertar y dejar de sentir este dolor”, respondió.

Los vientos y las lluvias sin fin del huracán María azotaron durante 72 horas a Puerto Rico… y también a la psique de quienes viven allí. Hay varias señales de una crisis incipiente de salud mental en la isla, de acuerdo con funcionarios sanitarios, y una parte importante de la población muestra síntomas de estrés postraumático.

Puerto Rico de por sí venía lidiando con un aumento en casos de enfermedades mentales ante la recesión que se ha alargado durante una década y que ha tenido como resultado mayor desempleo, pobreza y separaciones familiares por el éxodo de la isla. Funcionarios de salud y expertos en cuidado médico ahora advierten que el María ha empeorado el problema.

Muchos puertorriqueños reportan tener sentimientos intensos de ansiedad y de depresión por primera vez en sus vidas. Algunos tienen temores casi paranoicos de que ocurrirá otro desastre. Y quienes ya tenían alguna enfermedad mental antes de la tormenta han visto un deterioro en sus condiciones ante la falta de acceso a terapia o a medicamentos.

“Cuando empieza a llover tienen episodios de ansiedad porque creen que sus casas se van a inundar de nuevo”, dijo el doctor Carlos del Toro Ortiz, psicólogo clínico que trató a Serrano Ortiz. “Tienen palpitaciones, sudor, pensamientos catastróficos. Piensan: ‘Me voy a ahogar’, ‘Me voy a morir’, ‘Voy a perderlo todo’”.

Una fotografía de Serrano Ortiz con sus dos hijos en su hogar, que se inundó de piso a techo durante el huracán. Erika P. Rodríguez para The New York Times

Una fotografía de Serrano Ortiz con sus dos hijos en su hogar, que se inundó de piso a techo durante el huracán. Erika P. Rodríguez para The New York Times

A dos meses del azote del huracán, la isla sigue en estado de shock. Sus habitantes se sienten acechados por las decenas de muertes causadas por la tormenta y por cómo la sobrevivieron. No hay escapatoria; los recuerdos están en todas partes. En los montones de restos pudriéndose que están casi en cada calle y en los teléfonos celulares que ni siquiera sirven para poder contactar a seres queridos.

El paso más importante para recuperarse del trauma, según médicos y oficiales, es retomar una rutina. Pero para la mayoría de los puertorriqueños eso es imposible debido a obstáculos logísticos como la escasez de agua y de electricidad o el cierre de escuelas y negocios.

Desde el 20 de septiembre, cuando la tormenta tocó tierra a las 6:15 de la mañana, ha habido más de dos mil llamadas a una línea de emergencia para crisis psiquiátricas que administra el Departamento de Salud de Puerto Rico. Esa cifra es el doble del promedio normal para un periodo menor a dos meses, y eso que muchos teléfonos ni siquiera funcionan.

Los funcionarios puertorriqueños dicen que los suicidios han aumentado —han sido reportados 32 desde el huracán— y muchas más personas que lo usual han sido hospitalizadas al considerarse que son un peligro para ellos mismos o para otros.

En la clínica de salud de emergencia de Toa Baja, donde vive Serrano Ortiz, el doctor Del Toro dijo que ha estado pidiendo ayuda de manera frenética a colegas en otras ciudades por la cantidad de personas que requieren asistencia de salud mental.

Dado que está en una zona de inundación, Toa Baja es una de las áreas más afectadas de todo Puerto Rico. Se sabe que cuatro personas murieron ahí y el nivel de agua superó los 3,5 metros. La ciudad de 80.000 habitantes, al oeste de San Juan, se anegó varias veces en cada ocasión que llovió después del María.

Del Toro dijo que, en casi veinte años de ejercer la psicología, nunca había hospitalizado a tantas personas con pensamientos suicidas u homicidas en tan poco tiempo. De unas 2500 que han ido a la clínica desde que abrió a finales de octubre, más del 90 por ciento habían sido derivadas a revisiones de salud mental, según el médico. Él y otros doctores de la clínica ya sugirieron a unas veinte personas que acudan a hospitales psiquiátricos en otras partes de la isla.

“Esta es una situación de emergencia”, dijo Del Toro. “Aún nos afecta y hay gente a la que todavía no hemos revisado”.

El doctor Carlos del Toro Ortiz con una paciente en una clínica de emergencia en Toa Baja Erika P. Rodríguez para The New York Times

El doctor Carlos del Toro Ortiz con una paciente en una clínica de emergencia en Toa Baja Erika P. Rodríguez para The New York Times

La falta de electricidad, agua, comunicaciones o infraestructura por periodos largos ha sido anteriormente vinculada a crisis de salud mental, dijo el doctor Domingo Marqués, director de Psicología Clínica en la Universidad Albizu, una institución de posgrado reconocida con clínicas en dos ciudades. Todos esos elementos están presentes en Puerto Rico.

“Y todo está pasando de golpe”, dijo. “Lo que hemos perdido son los cimientos que mantienen unida a una sociedad”.

Dijo que los puertorriqueños tendrán que reajustar su definición de qué es normal para poder seguir siendo funcionales. “Es: ‘Sobreviví y mi familia no murió’. Esa es la nueva definición de estar bien”.

Esta temporada de huracanes ha causado pánico y ansiedad, además de problemas en cuanto a los recursos para tratar eso, en todo el Caribe, según reportes de las Islas Vírgenes estadounidenses, de Dominica y de Antigua.

En Puerto Rico, la división para salud mental del Departamento de Salud recibió 3 millones de dólares de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias estadounidense para coordinar su ayuda pos-María, según Suzanne Roig, administradora de la agencia en Puerto Rico.

Los doctores han estado yendo puerta a puerta en las partes más afectadas de la isla y han visitado albergues de emergencia donde viven quienes perdieron sus hogares.

“Estamos intentando llegar a la gente para decirles que esta crisis pasará”, dijo Roig, “y que no deben tomar decisiones con efectos permanentes”.

La agencia también tiene una iniciativa para monitorear redes sociales y ha intervenido en algunos hogares de personas que han publicado lo que parecen ser notas suicidas.

En horas donde hay mucho tráfico, los integrantes de la línea telefónica de emergencia han trabajado tiempo extra para responder a la cantidad de llamadas.

Laura Rodríguez tiene trastorno limítrofe de personalidad y depende de una rutina específica para administrarlo, pero esta fue trastocada por el huracán. Erika P. Rodríguez para The New York Times

Laura Rodríguez tiene trastorno limítrofe de personalidad y depende de una rutina específica para administrarlo, pero esta fue trastocada por el huracán. Erika P. Rodríguez para The New York Times

Además de quienes reportan tener fuertes emociones propias, dijo Roig, hay quienes alertan de niños que no han dicho ni una sola palabra desde la tormenta o que lloran de manera inconsolable cada que vez que llueve. También hay quienes ya tenían problemas de salud mental serios que han tenido episodios maniacos y han tenido que ser encerrados en habitaciones por familiares que no saben qué hacer.

“La gente que tiene recetas no puede nada más ir a una farmacia”, dijo Roig. “Si van, puede que no esté abierta. Si lo está, puede que no tengan los medicamentos”.

Antes del huracán, Laura Rodríguez, de 39 años, dependía de una rutina específica para administrar su trastorno limítrofe de personalidad: en la mañana hacía ejercicio tipo CrossFit, luego trabajaba bastantes horas como diseñadora de interiores, se dormía temprano y nunca recibía a gente en su hogar en Río Piedras.

Pero su gimnasio ha estado cerrado desde el huracán María y su terapeuta no ha estado dando sesiones. Ella tampoco ha estado trabajando.

“Estoy ansiosa todo el tiempo”, dijo. “Me dan impulsos de ser violenta y no puedo controlarlo”.

Los recuerdos de lo sucedido durante la tormenta también la agobian. Estuvo atrapada dentro de su departamento por dos días con su novio, su madre y el gato de su madre. Sin acceso a los elementos rutinarios de los que dependía para estabilizarse, estaba preocupada de recurrir al autodaño, un impulso que ha tenido desde los 8 años.

“¿Qué tal si pasan tres o cuatro meses?”, dijo. “No puedo hacer esto por tanto tiempo”.

Para Serrano Ortiz se avecina otra amenaza.

Antes de la tormenta, un escaneo de su garganta indicó que su cáncer posiblemente haya regresado. Sin embargo, no ha podido tener más información sobre su pronóstico porque las oficinas de su doctor siguen cerradas.

En la clínica de emergencia, Serrano Ortiz le dijo al doctor Del Toro que probablemente no tendrá la fuerza para enfrentarse de nuevo a la enfermedad.

Cuando se mira en el espejo, dijo, se siente como un reflejo de su hogar en la actualidad: sucio, hediondo y manchado.

“Ya no me siento como yo misma”, dijo.


Fuente: NYTimes / Caitlin Dickerson

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