A lo largo del tiempo se han creado narrativas acerca de la fundación de ciudades y de acontecimientos históricos, basadas en hechos a veces irreales o exagerados , de valentía, honor, y deidades; desde la fundación de las primeras civilizaciones hasta los más recientes hechos históricos.

Cada país cuenta con diferentes mitos fundacionales de acuerdo con su cultura. La producción historiográfica, como toda construcción social, no es aleatoria. Ello es así porque los seres humanos somos fabricadores de sentidos en todas las acciones que emprendemos, no existe ningún acto social, en el cual no esté presente el peso de la cultura, del símbolo, del significado, de una racionalidad implícita o explícita. Las ciencias sociales y la historia misma no son ajenas a lo anterior. Las tradiciones historiográficas de diversos países occidentales, se encuentran ancladas a las visiones del mundo propias de cada cultura.

Los pueblos tienen derecho a sus mitos fundacionales, a sus leyendas, a esas mentiras y medias verdades que sirven de argamasa para construir una identidad  que forja una conciencia colectiva y anima su camino sobre la historia.

Esos mitos, -verdades a medias o verdades exaltadas- son importantes en la formación de la nación, como concepto cultural de un pueblo. Es indiscutible, que el mito cumple un rol protagónico en la formación del sentido de identidad y pertenencia individual a la comunidad encarnada después en el Estado nacional.  Desde esta perspectiva, autores como Mario Carretero (2009) plantean que, en lo que respecta a la enseñanza de la historia, la escuela tiene un doble fin: uno ilustrado y otro romántico.

El fin ilustrado corresponde al esfuerzo por “comprender la realidad histórica y social de forma compleja y crítica” (Carretero, 2009:70) [1], mientras que el fin romántico apunta a “generar concepciones y sentimientos de lealtad a la nación” (ídem). Para el cumplimiento de dichos cometidos, la institución escolar se vale de diversos recursos, como los libros de texto.

Pues bien, en México el mito que más nos identifica y recordamos, es el del águila posada sobre un nopal devorando una serpiente, pero hay otros, como el que afirma que Miguel Hidalgo y Costilla, “padre de la patria”, quería la independencia de México, cuando en realidad representaba a un grupo de criollos que demandaban igualdad de oportunidades con los nacidos en la península ibérica, y quienes ante la abdicación en 1808, de Carlos IV y Fernando VII en favor de José Bonaparte, comenzaron a conspirar al creer que el verdadero sucesor del trono español era Fernando VII. De tal manera que, el “Grito de Dolores” no fue de independencia, sino tres ¡vivas!, a la virgen de Guadalupe, a la religión católica y al rey Fernando VII, y eso sí, algunos “¡muera!” al mal gobierno.

Lo mismo sucede con el mito de los niños héroes del castillo de Chapultepec, que nos ha identificado como patriotas al defender la patria ante el invasor extranjero, igual que la batalla del 5 de mayo, 15 años después.

Bien ocurre que conociendo la importancia de estos mitos fundacionales, y otros, como el de la virgen de Guadalupe, que nos asumen como anti-norteamericanos, se buscó demeritarlos a fin de lograr una mayor integración ideológica con los Estados Unidos de Norteamérica. Ernesto Zedillo, el más pro-yanqui de los presidentes “mexicanos”, (prueba de ello, es que al término de su mandato se fue a vivir a EE.UU.) un tipo nacido en Tijuana -donde la mayor aspiración es ser “americano”- y que tuvo la oportunidad de estudiar en Yale, pretendió borrar muchas de estas narrativas fundacionales e identitarias de los libros de texto. Además, para quitarnos lo pachanguero, eliminó los descansos laborales por la celebración de esos mitos. Solo la presión ejercida por algunos sindicatos, en aquel momento, logró que se cambiaran algunos, -los considerados días oficiales-, por descansos unidos a los sábados y domingos, los ahora llamados fines de semana largos.

En días pasados se celebró uno de estos, ya muy devaluados mitos.


[1] CARRETERO, M. (2009). Identidad nacional y enseñanza de textos históricos: una hipótesis explicativa, en Seminario Internacional Textos Escolares de Historia y Ciencias Sociales. Santiago: Ministerio de Educación de Chile, pp. 70-77.

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