Un taxi destruido junto a un edificio derrumbado luego del terremoto que azotó a Ciudad de México, el 19 de septiembre de 2017. Ginnette Riquelme / Reuters

En el cruce de la avenida Gabriel Mancera y el callejón Escocia, a menos de doscientos metros de mi departamento, hay un par de inmuebles en el suelo. Es como si la muerte me hubiera salpicado.

Sobre la una y treinta de la tarde, la Colonia del Valle en Ciudad de México es un hormiguero nervioso y disperso. Mis manos han cobrado vida fuera de mí, una réplica a nivel personal del temblor de magnitud 7,1 cuyo epicentro, al sureste de Axochiapan, estado de Morelos, se ubica a una profundidad de 57 kilómetros. Leo los datos en la página del Servicio Sismológico Nacional; es lo último que voy a poder revisar antes de que mi celular se apague y las comunicaciones colapsen.

Con la tragedia en la esquina, la solidaridad es un trámite que puedes hacer a pie. Los edificios son pulpa, como un pan que desmigajas con los dedos. Los rescatistas profesionales piden silencio, el gentío azorado obedece y desde el fondo de esa masa de escombros se escucha un golpe seco, luego dos, ambos muy débiles. La señal es un arma de doble filo. Puede que solo haya una persona consciente sepultada porque los demás residentes no se encontraban a esa hora en sus departamentos o puede que algunos de ellos estén igualmente sepultados, pero ya muertos. En mi edificioéramos cuatro: un vecino, yo, y sus dos perras histéricas. Ellas más asustadas que yo, él más asustado que ellas.

La calle es ahora un desaguisado de cintas amarillas, ambulancias de la Cruz Roja y voluntarios, en principio, torpes, con protectores nasobucales debido a la fuga inminente de gas. Armamos cadenetas de manos para pasarnos los escombros, pero aún estamos muy lejos del corazón del desastre, a un océano de veinte o treinta metros de distancia de las víctimas.

Nada provoca tanto envejecimiento en tan corto tiempo como un terremoto. La convulsión es súbita, le viene a la ciudad desde la boca del estómago.

Después de una hora de trabajo, el volumen no parece disminuir. Es un día en que tu insignificancia cobra cuerpo no solo por el nivel de desprotección física y la sensación de fin inminente a la que quedas expuesto con el temblor, sino también porque el rescate se desarrolla apenas piedra por piedra, un despojo a la vez.

Pasan lascas de cemento, trozos de columnas rotas, pedazos de mampostería, cubos de piedra y cal. Es un desfile inanimado, cosas que no te dicen nada, hasta que vences la primera línea de desechos. De tanto en tanto, después de una fila de cuarenta metros, empiezan a llegar a tus manos un DVD, una gaveta con un asa de cobre (sabes que alguien guardaba algo ahí) y un cojín verde en el que cualquiera estuvo sentado hace dos horas o ayer en la noche, bebiendo un té, leyendo el horóscopo, revisando Instagram. Es probable que solo en un rato aparezcan ya objetos más íntimos, como joyas o ropas, y luego puede incluso que el tesoro de una persona viva.

La sinfonía de los voluntarios, todo esos ruidos y gritos que asustan, se interrumpe cuando los rescatistas vuelven a pedir silencio. Nadie logra definir con exactitud desde qué punto de las entrañas del edificio colapsado vienen los toques de auxilio, pero todavía se escuchan con cierta claridad, a pesar de que cada vez son más débiles. Es lógico, nos vamos alejando de ellos.

Seguimos aquí, la misma calle y la misma dirección, solo que nosotros ya estamos en las una y cuarenta de la tarde, y luego en las dos y diecisiete, y luego en las tres menos cuarto, y las víctimas siguen ancladas a la una y catorce, no se han movido de esa hora en que la brecha sísmica se las tragó.

Cerca de las cuatro, dicen, logran sacar a la primera persona, y a las cinco y media ya van nueve sobrevivientes. Yo solo alcanzo a ver a una señora en camilla, moribunda, maquillada por el polvo, queriendo sacar humedad del roce de sus labios, pero sus labios están secos y se traban en una mueca inconclusa.

Una de las últimas cosas que cargo es la mitad del marco de una puerta, con una llave aún colgada de la cerradura. ¿De qué lado quedó el dueño de esa llave? ¿Logró abrir y escapar como pudo o el susto le trabó la mano?

En mi caso fue justo al salir del edificio cuando sentí que una ola de pánico venía subiendo, mi momento terrible, y yo me decía a mí mismo que intentara atajarla y pensar, que intentara enfocarme en la cerradura y olvidarme de mí, toda la gravedad posible puesta en un asunto tan prosaico, pero mi mano no acertaba y la cerradura se movía de un sitio a otro.

Los huracanes son un fenómeno horizontal, una larga pieza de teatro que hasta cierto punto puede predecirse. Uno asiste a su evolución: se fortalecen en aguas cálidas, arrasan durante su trayecto, declinan en tierras continentales y finalmente se diluyen. Pero el terremoto es sorpresivo, viene rompiendo de abajo hacia arriba como un vómito. Su latigazo breve y fulminante tiene la forma de un haikú.

Este de Toko, por ejemplo: “Los poemas a la muerte son engaños. La muerte es la muerte”.


Fuente: NYTimes / Carlos Manuel Álvarez

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