La “política de la posverdad” fue un término acuñado en 2010 por David Roberts en la revista norteamericana satírica Grist para definir a aquellos políticos que negaban evidencias como el cambio climático. Seis años después, una editorial de la revista británica The Economist utilizó el término para explicar fenómenos crecientes de políticos como Donald Trump, los impulsores del Brexit o los políticos turcos que, contra toda evidencia, sostienen sus mentiras.

Como confirmación de este diagnóstico, este fue el tuit de Trump más replicado en los últimos días:

El concepto de calentamiento global fue creado por los chinos para hacer que las manufacturas estadounidenses sean menos competitivas.

Los políticos de la era de la “posverdad” no sólo mienten. Les importa cancelar cualquier noción de verdad o de veracidad para reforzar creencias y prejuicios. Esto les permite convencer a sus seguidores, a gobernarlos o a transformar la desconfianza en las élites políticas tradicionales en una suerte de credo de las pulsiones más básicas del nacionalismo, la religión o la supremacía racial.

En la era de la posverdad pululan decenas de “explicaciones” y teorías conspirativas en internet que son asumidas como creencias inamovibles por millones de personas como la idea de una conspiración mundial de los Iluminati, la negación de que exista el VIH o la misma negación del calentamiento global o de la eficacia de los métodos anticonceptivos.

En muchos casos se trata de simple ignorancia. En otros, de una mezcla de soberbia metafísica y de relativismo extremo que anula la propia voluntad humana frente a las crisis sociales o políticas.

La “posverdad” se volvió una auténtica epidemia en el Partido Republicano de Estados Unidos. El gran precedente de Donald Trump fue Newt Gingrich, responsable de la “revolución republicana”, que dinamitó las bases racionales y laicas de su partido.

En un artículo para The New York Times, Diego Fonseca recordó que Gingrich se sentó con CNN a debatir las estadísticas del crimen en Estados Unidos. La presentadora le recordó que las cifras mostraban una tendencia a la baja, pero el republicano defendió su idea de que las personas “se sienten más amenazadas” y “lo que yo digo es igualmente verdadero”. “Yo voy con lo que la gente siente; usted vaya con los teóricos”, remató Gingrich.

En otras palabras, la política no es un asunto de posibilidades, hechos y proyectos medibles y verificables para enfrentar la realidad sino un acto de fe. De fe en los prejuicios socialmente compartidos. La confianza no se basa en la congruencia sino en la fe ciega. Y ahí es donde Donald Trump es el gran ilusionista de la “posverdad”.

“La política posverdad tiene muchos padres”, reflexionó The Economist en su editorial. “Algunos son nobles. El cuestionamiento a las instituciones y las ideas es una virtud democrática”, advierte la revista.

Sin embargo, la “posverdad” no busca virtudes democráticas como la tolerancia sino todo lo contrario. Se basa en emociones como la ira, el odio, la frustración, la sensación de engaño permanente ante las élites tecnocráticas.

Después de la crisis financiera de 2008-2009 y de las mentiras evidentes que justificaron la invasión norteamericana a Irak, la desconfianza anidó y proliferó entre esos sectores más afectados. Algunos protestaron en Ocupa Wall Street, muchos apoyaron al demócrata Bernie Sanders que les dio un sentido de futuro a millones de jóvenes norteamericanos, pero otros se reciclaron por el discurso grandilocuente y vacío de Trump.

El remedio ante la mentira y el engaño de las élites políticas –cuya gran representante es Hillary Clinton para muchos norteamericanos- fue peor que la enfermedad. Donald Trump no busca desenmascarar el engaño sino justificar su propia mentira y construir, literalmente, una muralla que aísle a la razón frente a esa mezcla de ficción, determinismo, soluciones fáciles, insultos y prejuicios que constituyen su oferta política.

Trump no problematiza, dogmatiza. Trump no busca el diálogo sino arrasar con su monólogo. Es tan llamativo como su peluquín naranja o sus ademanes de entrenamiento en talkshow, pero tan insustancial como un soundbyte de mercadotecnia barata.

Trump es algo mucho más que un demagogo, un “histrión” o un populista de derechas. Es quien está capitalizando la precarización del sistema político norteamericano y el hartazgo de votantes y ciudadanos cansados del relativismo de la posmodernidad, de la complejidad y de las paradojas del poscapitalismo y de la incertidumbre característica de las sociedades abiertas.

Es el germen de un medievo mental en beneficio de los más privilegiados, no al revés. Es la muerte de la política como un acto racional para transformarse en un guerra emocional permanente, actos de venganza y de revancha, no de justicia. Su “tolerancia” es mediáticamente rentable, pero profundamente ofensiva cuando se trata de hablar de mujeres, afroamericanos, latinos, mexicanos, árabes, musulmanes, chinos o todo lo diferente a los blancos, anglosajones y protestantes (los WASP) de la “grandeza americana”.

“Si Trump pierde en noviembre, la posverdad parecerá menos amenazante, aunque ya ha tenido demasiado éxito para que desaparezca”, concluyó The Economist en su editorial.

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