Alfonso Reyes, durante su época española, frecuentó como el que más, el Museo del Prado; es cierto que no es uno de los más grandes del mundo, es verdad también que resulta uno de los más entrañables, de dimensiones más humanas y con la mejor luz que pueda imaginarse. El Museo del Prado está en pleno corazón de Madrid, justo enfrente de la casona donde habita la Academia de la Lengua y de la Iglesia de los Jerónimos, donde los reyes de España son proclamados pues en este país no hay coronación.

Desde su llegada a Madrid, Reyes hizo del Prado uno de sus lugares predilectos y lo convirtió en parte central de su vida familiar y también íntima; en su diario no son pocas las alusiones que hace a sus paseos en el museo no para admirar los cuadros o, más bien, no sólo para admirarlos, sino como centro de reflexión y espacio abierto para tomar decisiones, matar la soledad o pensar en sus letras. De hecho, hoy cuando las puertas de acceso del museo han cambiado, todavía me tocó utilizar las entradas que daban al Jardín Botánico, uno de los más hermosos del mundo y en el que el propio Reyes convocó a un silencioso homenaje a la memoria del poeta francés Mallarmé, un improvisado mitin silencioso donde todos llegaron, no hubieron discursos pero sus amigos se congregaron para pasar un minuto juntos en memoria del poeta francés.

Paseamos por ahí mismo, pero entramos por el lucidor nuevo acceso, cuyo moderno edificio contrasta pero no rompe la unidad del edificio clásico; ahí está la librería y la tienda, los servicios modernos y eficientes y cruzando la puerta se abre el paraíso de quienes amamos el arte y sobre todo, para quienes seguimos pensando mucho que gran parte de la historia de México está congregada en la historia de España.

Reyes no sólo utilizó el Prado en términos espirituales sino también en los más prácticos y mundanos que puedan imaginarse, en su era de pobreza, lo usó para darse calor, él mismo lo recordaba: “La sensación de penuria se acentuaba aún con el frío. Para defenderme, aprendí a cubrirme pecho y espalda con papel de periódico, y descubrí que un rato junto a una boca de calefacción en el Museo del Prado me daba calor para un par de horas”.

Cuando llegó a España, Reyes venía huyendo de la Primera Guerra Mundial y del desempleo en que lo había dejado la cesantía de todo el personal diplomático decretado por Carranza en el año 1914. En España, el que había sido el hijo de familia rica e influyente, caído ya en desgracia por la participación de su padre en el golpe de Estado contra Madero, aprendió a ganarse la vida con la pluma, a escribir la nota diaria del periódico, mientras investigaba para el Centro de Estudios Históricos con Menéndez Pidal en el viejo centro del Madrid de los Austrias que hoy mismo buscamos y hallamos antes de la hora de la comida.

Mientras paseaba por la tienda de los recuerdos y las reproducciones de arte, me acordé que Reyes había inventado, para entretener a su hijo Alfonso y a los hijos de algunos otros refugiados mexicanos, un jueguito que ahora se vende por buenos 10 euros en la tienda del museo, al sustituir tarjetas de oficios con el juego que en México le llamamos “la memoria”, con postales de los cuadros del museo, descubrió lo que ahora es un juguete común para iniciar a los chicos en la plástica; el ingenio, queda demostrado, no tiene límites para un padre que desea enseñar a sus hijos aún con el más pobre presupuesto. También, en compañía de Martín Luis Guzmán y de Acevedo y sus hijos, hacían reproducciones en cuadros escénicos de las pinturas, donde Reyes era el conde duque de Olivares, Acevedo el caballo y Martín Luis, el fondo del escenario; García Lorca jugaba un juego similar aunque macabro, pues jugaba en la residencia de estudiantes con Buñuel y Dalí, a la muerte, en jaque el difunto era el poeta y Dalí huía despavorido porque decía que era tan buena la actuación de Federico que podría ir simulando su propia descomposición.

Reyes tenía desde luego sus pinturas favoritas, al revisitarlas uno se entera de cómo apreciaba el escritor la realidad, huye de los cuadros oscuros o dramáticos y entra siempre por la puerta de la luz como se entra a una especie de paraíso. Ahí están las majas de Goya, el Jardín de las Delicias o los jubones de Velázquez igual que las Meninas; ahí está lo que don Alfonso llama la vulgaridad consentida y que no es otra cosa que la alegría popular del entierro de la sardina.

Hemos rematado el día paseando por el Madrid de los Austrias; por sus callejuelas que tanto frecuentó Reyes, por los cafés por donde paseó con Valle Inclán y con sus demás amigos y al terminar en un café de Plaza Mayor, puesta ya muy guapa para la fiesta de mañana del día de la Almudena, he adquirido en un puesto ambulante cinco monedas de la época republicana, guardadas desde 1936 y que esperaron tantos años para reunirse con las memorias del exilio en México.

Nos despedimos hasta mañana en que vamos a Aranjuez para recordar los paseos campestres de don Alfonso, no sin antes dejar constancia de una de sus anécdotas más suculentas sobre el arte, el Museo del Prado y su no siempre bien querida monarquía española:

“Cuando el rey Leopoldo de Bélgica visitó España, paseaba por el Museo del Prado en compañía del rey Alfonso y del duque de Alba. El rey, que era travieso, se detuvo ante la Maja desnuda de Goya y le dijo a Leopoldo: “La abuela del duque.” El duque se la guardó cuando llegaron a la familia del rey Carlos IV pintada por Goya, se detuvo ante la espantosa bruja con chiqueadores, reina entonces y protectora del favorito Godoy y dijo: “La abuela del rey.” Entre la puta y la bruja, la duda no era posible”.

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