Brian Rea

La primera vez que se quedó a dormir en mi casa fue por accidente. Vino a ver una película, aunque yo estaba más concentrada en intentar quedarme quieta mientras veía lo cerca que estaban sus piernas. Cuando comenzaron los créditos finales, nos pusimos a hablar y lo seguimos haciendo durante la madrugada.

Ahí fue cuando expresó su aprensión sobre “nosotros”, aunque ni siquiera nos habíamos tocado.

“Estoy lidiando con un rompimiento”, me dijo. “Bueno, terminó hace un año. En poco tiempo voy a dejar la ciudad. Pero regresaré en un mes. No sé qué tan arraigado esté”. Hizo una larga pausa y me preguntó si yo estaba preocupada.

No sabía por dónde empezar. Así que le dije que se hacía tarde —o temprano, según la perspectiva de cada quien— y le pregunté si no quería quedarse a dormir. “Si te quedas”, añadí, “no tienes ni siquiera que besarme”.

Nos recostamos y, algo penoso, me abrazó mientras nos quedábamos dormidos.

Sentía que él era una versión en carne y hueso de mis libros favoritos, de aquellos lugares a los que soñaba con ir: Moby Dick, Vudú en Haití, hasta Una guía completa de los pájaros exóticos de Australia. Era el náufrago perfecto, ese hombre que estaría cómodo con tallar un pedazo de madera para volverlo un gancho de pescar mientras estaba perdido en el mar.

La segunda vez que se quedó a dormir, trajo consigo un cepillo de dientes; una pista de que esto no era por accidente.

La tercera vez dijo que nunca había conocido a alguien que se pareciera a mí y murmuró: “Eres ágil y esbelta”. Después me comparó con un ocelote, aquel animal parecido al leopardo que habita en la Amazonía.

Me sentí halagada. En mi última relación me había sentido más como un hámster, una mascota para todo un salón de clases que fue comprada de paso y dejaron sin comida durante las vacaciones. Ahora estaba con hombres como este, que me veía como un gato salvaje y a quien consideraba como una mezcla de venado con caballo de mar, un estrella del atletismo con la gracia de un bailarín.

Poco después se fue a una gira ciclista por el mundo. Tenía pocas expectativas de que se comprometiera con la relación, pero me sorprendía recibir mensajes a diario de pueblos remotos con poca recepción de celular e invitaciones para conversar por Skype. Me enviaba enlaces para escuchar canciones de los ochenta —Don’t You (Forget About Me)— y fotos de mercados iluminados en la noche. Tomábamos fotografías de nuestros mensajes escritos a mano y nos los enviábamos por correo electrónico, como si fueran postales en una máquina para viajar en el tiempo.

“El animal se reporta al bebedero”, le escribí. “También he estado pensando en ti”, respondió.

Meses después de que hubiera regresado, yacía a su lado pensando que no podía haber encontrado a una persona que encajara tan bien en mi corazón.

“Siento amor hacia ti”, le susurré cuando se estaba quedando dormido. “¿Qué?”, reaccionó.

“Siento amor hacia ti”, repetí.

“¿De verdad?”.

Nunca supe si me había escuchado con claridad o si mis palabras eran como el sonido de un despertador que irrumpe en tus sueños.

Un día nos sentamos a desayunar en un café. Nos reímos mientras veíamos unos videos cómicos, calculábamos cuánta distancia había entre Chile y Canadá y pensábamos en recorrerla en bici.

Y cuando nos subimos a su auto, dijo: “Creo que hay algunas cosas de las que tenemos que hablar”.

Pasaron algunas horas antes de que me diera cuenta de que estaba terminando conmigo. Fue una conversación de doce horas en total; durante diez de ellas sentí que estaba por caerme de un precipicio y que me agarraba de cualquier rama que hubiera mientras intentaba entender por qué caía.

Nuestra conversación pasó de su auto a una banca junto a un lago y después a mi casa, después de lo cual tenía que verme con unos amigos para cenar. Fue una reunión planeada que se convirtió en un confesionario incómodo de los eventos de mi día. Luego estuvimos de regreso en su auto, donde reanudamos el rompimiento.

“No corras detrás de un hombre que no te quiere”, me dije a mí misma.

“Esto es triste”, anunció él en algún momento, mientras veía por la ventana.

Ya era de madrugada cuando salí del auto y caminé unos pasos hacia la entrada de mi casa. Hice una pausa para meter la llave en el cerrojo y me dolían las extremidades y la cara, mi piel se sentía hirviendo y helada a la vez por la caída libre.

Le había rogado que no se rindiera al “nosotros”.

Me desperté el día siguiente con remordimiento por haber pasado tantas horas terminando lo que teníamos, por creer que se podía convencer a una persona de sentir algo que simplemente no sentía. (Unos días después, cuando me envió un correo electrónico, le escribí como si fuera la asistente de alguien que no podía responder personalmente: “Espero que te vaya bien”).

Me concentré en lo que había aprendido durante ese rompimiento maratónico: que él no sentía una conexión, ya sea conmigo o en general. No sabía si realmente tenía dificultades o solo me quería decir adiós de una manera más amena, pero sus palabras me dieron esperanza de que el problema no era directamente atribuible a mí y se podía resolver.

“¿Cómo esperas sentirte conectado conmigo si no te sientes conectado a ti mismo?”, le pregunté.

“Es una buena pregunta”, señaló, con una encogida de hombros a modo de respuesta.

Pensé que, si se quitaba su nube personal, sin duda regresaría y podríamos retomar nuestra conversación sobre qué casas de árbol eran mejores para vacacionar y qué animales nos gustaría ser. Pero los días se convirtieron en semanas y luego en meses sin contacto y empecé a caminar con mi propia nube, cuestionándome sobre las máscaras que usa la gente y las partes de nuestro interior que solo pueden ser vistas por aquellos a quienes se lo permitimos.

Los corazones y las mentes pueden ser tan opacos como un follaje muy denso; solo se ven algunas partes. Y también me di cuenta de que no puedes contener a la gente que amas. Ni tampoco tu amor por ellos.

Busqué cómo lidiar con el dolor, la negación y el enojo. Hice kickboxing, que me ayudó. Contacté a un terapeuta, una mujer imponente de casi 70 años que hablaba como si fuera un monje meditando en una montaña.

“No hay atajos para el amor”, dijo. “Honra la verdad en ti misma y dale eso a alguien más”.

Después de meses de reflexionar sobre esas partes de él que parecían haber salido de la nada, empecé a considerar qué partes de mí había mantenido escondidas ante él. Y no solo ante él, sino ante mí misma: esas partes de mi vida que no vivía de manera honesta.

Cuando estábamos juntos, tenía ataques de ansiedad cada día, pero nunca los mencioné mientras hacía maniobras en la cocina para ofrecerle copas de vino y salmón horneado.

No sé si realmente nos enamoramos de la gente o de la manera en la que nos hacen sentir, las formas en que expanden quienes somos y quienes queremos ser.

La última vez que hablamos, le dije que estaba conmovida por una imagen que había visto en National Geographic de cientos de aletas de tiburón disecándose en un techo en Hong Kong. Me imaginaba a todos esos tiburones sin aleta ahogándose tras haber sido regresados al agua; el equivalente marino a ser quemados vivos. Él también la había visto.

“Quiero involucrarme de alguna manera”, le dije, sin hacer caso de lo lejos que estaba Toronto del océano. Si había aprendido algo de la terapia era a poner atención a todo lo que prendía esa llamita en mi interior. Escucha, siente, nútrela.

Un día me topé con un amigo en una cafetería que, casualmente, estaba trabajando en una película sobre tiburones. Emocionada, me ofrecí para participar. Él lo aceptó y me contrató. Sentí como si estuviera abandonando mi cascarón para surgir como la persona que quería ser.

No puedo evitar pensar en que si no fuera por cómo se alimentaron esos intereses durante la relación, nunca habría reconocido lo mucho que anhelaba una vida como la que presentaban esos libros en mis estantes, un amalgama de historias sobre lugares lejanos.

Poco después de empezar mi nuevo papel, regresé con mi terapeuta y le dije: “Ha pasado un año desde que terminamos. Pensé que mi trabajo soñado y el ejercicio me harían sanar, pero todavía pienso en él a diario. ¿Qué más puedo hacer para dejarlo ir?”.

Primero me contó una historia sobre un hombre del que había estado enamorada cuando estaba en sus veintes, hace unos 50 años, y en quien todavía piensa. Luego me dijo: “Tu pregunta es la equivocada. No se trata de soltar ni superar”.

“Se trata de rendir honor a lo que pasó”, me respondió. “Conoces a alguien que despierta algo nuevo en ti, que prende una llama. El trabajo está en poder estar agradecida. Agradecer cada día que alguien cruzó por tu camino y dejó una huella”.


Fuente: NYTimes / Miriam Johnson

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *