Foto de El País

El 2 de enero de 2016, a unas 14 horas de haber protestado como alcaldesa de Temixco, Morelos, Gisela Mota Ocampo, del PRD, fue asesinada en su domicilio. Los sicarios llegaron a las 7:10 de la mañana a su domicilio particular, empujaron a una persona que vigilaba la puerta, ingresaron a la sala y le dispararon en el pecho y la cabeza a la política de apenas 33 años.

“Me bajaron de la recámara, me golpearon y la mataron frente a mí”, relató Juana Ocampo, madre de la alcaldesa, durante el funeral de su hija, frente a cientos de deudos que la despidieron en medio del azoro.

La información preliminar del gobierno del estado, encabezado por el también perredista Graco Ramírez, apunta hacia la banda de narcotraficantes conocida como Los Rojos, confrontada con los Guerreros Unidos, los mismos a quienes la PGR señala como responsables de la desaparición y presunta ejecución de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero.

Temixco, municipio conurbado de Cuernavaca, forma parte del mismo corredor del trasiego de la heroína, el negocio multimillonario que ha ensangrentado a Guerrero y a Morelos en los últimos dos años.

La noticia cimbró a Morelos, al país y fue tema de varios periódicos y agencias informativas internacionales. The Wall Street Journal, The Guardian, The Independent y la revista alemana Stern mencionaron el episodio como un capítulo más de la penetración del crimen organizado en el estado vecino al Distrito Federal.

El gobernador Graco Ramírez afirmó que el crimen es una prueba de la necesidad de decretar el mando único de las fuerzas policiacas en la entidad, un modelo defendido por su jefe policiaco Capella. Decretó que el gobierno estatal asumirá el mando único en 15 municipios, incluyendo las alcaldías de Temixco, Jojutla, Emiliano Zapata, Jiutepec y Cuernavaca.

En Cuernavaca, la otrora “ciudad de la eterna primavera”, el alcalde y ex futbolista Cuauhtémoc Blanco asumió horas antes del crimen en Temixco y afirmó que no firmaría el convenio de mando único, iniciando una agria batalla contra el gobernador de extracción perredista.

Información publicada este lunes en La Jornada indica que la alcaldesa asesinada no quería confrontaciones con Graco Ramírez y asumió una postura ambigua frente al mando único. Gisela Mota insistió en una “policía de proximidad”, así como en la instalación de retenes “para verificar el respeto a los derechos de los ciudadanos en territorio temixquense”.

La indignación más fuerte ante este juego de espejos se generó al interior de la corriente perredista Izquierda Democrática Nacional, dirigida por el profesor René Bejarano y la senadora Dolores Padierna. Mota pertenecía a esta corriente en el seno de un desgastado y dividido PRD.

En su boletín de prensa, la senadora Padierna afirmó: “basta de discursos insulsos y vacíos” y afirmó que en los últimos diez años los mexicanos nos hemos acostumbrado a “interiorizar que en el ejercicio de la administración pública aquella frase de ‘o plata o plomo’ se ha convertido en una regla en muchas regiones de nuestro país, con la lamentable connivencia y tolerancia de funcionarios municipales, estatales y federales, quienes con sus discursos, sus condenas públicas y sus cifras maquilladas siguen perpetuando esa fallida estrategia de seguridad nacional que tanto daño ha hecho a México”.

El nivel de indignación de los colegas de la alcaldesa asesinada y de cientos de habitantes de Temixco describen el tamaño del desafío y de los ominosos mensajes que reflejan este crimen.

Entre esos mensajes ominosos están los siguientes:

1.-No es el “mando único” sino quién tiene el mando policiaco en el corredor del trasiego de la droga más sangriento de los últimos años como hemos visto desde el caso de Ayotzinapa y las narcofosas que rodean esta zona. El debate va más allá de instancias burocráticas sino en los espacios de impunidad que se han abierto no sólo en Morelos sino en buena parte del país.

2.-El crimen es un mensaje no sólo para Temixco, Cuernavaca o Morelos sino para todo el país. Cuando sicarios pagados por el crimen son capaces de ingresar a un domicilio y asesinar a una autoridad recién electa y que acaba de tomar posesión de su cargo en el municipio, nos está indicando que el narcopoder está decidido no sólo a influir en los procesos electorales sino desaparecer o matar a aquellas autoridades que no estén de acuerdo con sus intereses. ¿Dónde está la labor de inteligencia policiaca que debiera prevenir este tipo de homicidios de triple impacto?

3.-El asesinato de la alcaldesa acelera la disputa y el desgaste interno de las distintas corrientes del PRD que en los cargos de gobierno a nivel municipal, delegacional o estatal han demostrado que no se diferencian mucho de la cultura de la colusión y la cooptación con el crimen organizado.

4.-Hasta ahora, ninguna autoridad federal, ya no digamos el presidente de la República o el secretario de Gobernación han emitido un mensaje no sólo de condolencias sino que advierta el nivel de gravedad que representa lo ocurrido en Temixco. Tratar de “minimizar”, relativizar o reducir el conflicto a un tema municipal y a bandas delincuenciales estatales es cometer el mismo error inicial de diagnóstico y operación en los casos de Tlatlaya, Iguala, Apatzingán y tanto otros expedientes que expresan la anormalidad del narcopoder en este sexenio.

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