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Sobre Gaza o de la hipocresía de la indignación

Sí, las guerras son todas terribles y, no, ninguna es inevitable. Estos son dos lugares comunes que, como todo lugar común, llevan buena parte de verdad. Sin embargo, sacarlos a colación en las redes sociales, junto a fotos amarillistas y videos sensacionalistas, poco o nada ayudan a entender las complejas causas de una confrontación armada, ya no digamos a desactivarlas.

El conflicto actual en Gaza —el tercero desde 2005, así como el más cruento y largo—, me parece, ha hecho brotar, especialmente en las redes sociales, una ola de indignación y cíberactivismo que, no obstante sus genuinas motivaciones morales y lo poco o mucho de verdad que lleven las perogrulladas retuiteadas y ‘likeadas’, denota la ignorancia producida por el exceso de información epidérmica y la presencia casi supersticiosa de una cierta ortodoxia ideológica.

Vaya, por supuesto que no creo que esté mal que nuestras sociedades liberales y permisivas aborrezcan el recurso a la violencia, a diferencia de hace un siglo, cuando toda Europa marchaba con más gusto que mala cara a las trincheras.

Faltaba más, luego del atroz siglo XX si existe algo así como el ‘progreso’, seguramente aprender lecciones a partir de traumas históricos lo es. Lo cual no implica que, por creer que hemos avanzado y nos hemos vuelto más civilizados —aunque habría que preguntar exactamente en qué y por qué—, dejemos de plantearnos, con la cabeza fría y ojo crítico, las cuestiones más incómodas.

Y creo que ese es el punto ciego que evidencia la mayor parte de las discusiones o consignas que he leído sobre la crisis en Gaza: la ausencia de la suficiente honestidad intelectual como para hacerse preguntas duras cuyas respuestas han de ser, en el ámbito práctico y cotidiano, sí o no, pero cuyas justificaciones, tanto en la intimidad de la conciencia como en el discurso público, no caben en 140 caracteres.

Por un lado, el hecho de que, a pesar del límite moral que afortunadamente nos marca la ideología de los derechos humanos y las lecciones del terrible siglo pasado, la violencia individual y colectiva, informal o institucionalizada, legítima o ilegítima —según quién la ejerza—, sigue existiendo. Y que, en situaciones no ideales, sino dolorosamente concretas, casi nadie está dispuesto a renunciar a hacer uso de ella.

Piense usted, si no, en lo que mejoran la educación y las condiciones de pobreza y marginación que arrojan a una juventud sin oportunidades por el ‘mal camino’, en cómo lidiar con la delincuencia que afecta su vecindario.

Por otro, que parece que los ciudadanos solemos exigir que los gobernantes y los Estados se comporten de acuerdo a estándares morales más altos que aquellos que obedecemos en nuestra vida cotidiana. La injusticia en África clama al Cielo, mas no así que el personal de intendencia o seguridad de nuestro edificio trabaje el doble de lo que indica la ley sin cobrar horas extras.

Juzgamos desproporcionada la respuesta israelí en Gaza, espoleada por mayoriteos electorales, pero no actuamos menos ferozmente en una asamblea vecinal contra el ‘malo’ de turno (el delegado, el administrador, el salón de fiestas de a lado).

Nadie hace negocios de tal manera que pague más impuestos a propósito o que, deliberadamente, ceda clientes a su competidor. Rarísima es la familia que, al menos una vez, no ha tenido rencillas o guarda recelos por alguna herencia o dinero prestado. Sin llegar a las armas, aunque sí de vez en vez a los golpes, rencores añejos separan padres e hijos, agravios pasados a hermanos y prejuicios irracionales a una familia de otra.

¿Por qué, entonces, y más allá de la esperanza —y el esfuerzo a largo plazo por lograrlo— de que todo debería ser de otra manera, esperamos que Rusia ceda su tradicional influencia en Ucrania a la Unión Europea o que Estados Unidos no busque mejorar su situación geopolítica asegurándose un futuro suministro de petróleo? ¿De dónde la sorpresa de que gente con medio siglo de agravios y recelos mutuos se hagan a los golpes por aparentes nimiedades?

No hace falta leer una docena de libros de historia del Medio Oriente de mil páginas cada uno —aunque sí, como mínimo, un par de artículos de la Wikipedia inglesa— para preguntarse seria y honestamente por las raíces del conflicto entre palestinos e israelíes o chiítas y suníes, etcétera, sino ponerse vitalmente en la situación del otro, lo que significa dejar de lado la pretensión falsa de ‘objetividad’ y tomar postura, dejarse afectar

Es decir, ¿podría yo vivir diariamente entre alarmas y corriendo a refugios antiaéreos?, ¿qué pensaría si mi gobierno se preocupase más de la opinión internacional que de tomar medidas inmediatas y eficaces para resolver la inseguridad de su población?, ¿apoyaría yo a un grupo a todas luces criminal si me diera lo que mi gobierno jamás me ha dado?, ¿podría mantener una postura tolerante y no violenta tras años de pobreza, marginación y violencia contra los míos?

Si usted o yo viviésemos allí, de uno u otro lado, es poco probable que fuésemos alguna de las poquísimas y heroicas voces moderadas israelíes o palestinas. Si a toda la familia de su abuelo la hubiesen gaseado porque nadie, en ninguna parte, quería a los judíos; o si su familia llevase años vagando por indignos campos de refugiados porque nadie está dispuesto a acoger a los palestinos, ni siquiera otros árabes musulmanes, ¿cree que actuaría mejor, que le importaría cuanto dijeran la ONU, el New York Times y los millones de tuits al otro lado del mundo?

En tal caso, tendría que responder sí o no, tajantemente, a las opciones inmediatas de ese contexto. Si responde afirmativamente a recurrir a la violencia -aprobar los cohetes de Hamas o los bombardeos de la IDF-, habrá de vivir con sus consecuencias. De tratarse de un pleito familiar, dejarse de hablar y no verse más que en funerales y bodas, para tener ‘la fiesta en “paz”’.

Si rechaza la violencia, tendrá que buscar la manera de desactivar las mechas y remover el material flamable que está detrás de las explosiones. De nuevo, en el caso de una familia, juntar a las partes para superar años de desconfianza, sanar sentimientos heridos, esclarecer malentendidos, reparar agravios, aceptar las diferencias…

Con lo cual se dará cuenta de que ambas son opciones verdaderamente difíciles de tragar y que poco o nada ayudan los lugares comunes como ‘la familia es lo más importante’ o ‘la felicidad radica en estar cerca de los tuyos’. Porque bien sabemos que la vida es mucho más complicada que eso. No debería y está bien que trabajemos para cambiarla poco a poco y en la medida de lo posible, pero así es.

Ojalá que más gente se atreviese a darle rostro y carne a estos problemas, antes de opinar con la pretensión de observarlo desde una posición neutra y juzgándolo desde una supuesta ‘superioridad’ moral. Quizás entonces, el niño palestino entre escombros, en vez de arrancarnos una lágrima de cocodrilo, nos obligaría, ahora sí, a echar mano de voluminosos libros y áridos artículos especializados, a comprometernos más allá de un retuit o juntar firmas. Dejaríamos, así, de moralizar y opinar y comenzaríamos a empatizar y comprender.

G. G. Jolly

G. G. Jolly

Gabriel García Jolly es editor, traductor, investigador y docente. Sus numerosos intereses y variados temas de estudio humanísticos van de la filosofía y la Historia hasta la teología y el Derecho.

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