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Sobre Cold war de Pawilkowsky

Quizás el rasgo más distintivo de la condición humana sea la capacidad de tomar decisiones racionales, pero esa característica es también aquella que nos condena a la tragedia, sea cual sea el camino que decidamos recorrer seremos conscientes de nuestra elección y tendremos que cargar con el peso de los errores y los aciertos, con los sinsabores, los dolores, las alegrías… somos responsables de nuestros andares y padecemos los encuentros y desencuentros provocados por estar vivos y por los actos que permitimos y los que no.

El más reciente filme del polaco Pavel Pawilkowski es un retrato del amor crudo y natural a partir de una imagen con un blanco y negro platinado, por momentos luminoso y por otros seco y rasposo, nos acerca a la intimidad de una pareja que por más que lo intentan parecen estar destinados a no ser, ya sea por que los aleja la distancia, la edad, las circunstancias políticas o incluso su propia naturaleza, ellos sencillamente son dos corazones exiliados.

La película está filmada en un formato 4:3 por lo que la concentración de imagen provoca e invita a que el espectador se sienta contenido, que sea empujado a una cercanía peculiar; esta experiencia sensorial es casi un abrazo entre la pantalla y quien mira, puede sentirse la respiración de los amantes. Intimidad pura.

Cold war es amor, vida y música condensados. Toda la trama gira en torno a la musicalidad y al movimiento amoroso, Zula una joven descarada y enérgica, pasión natural, instintiva, orgánica; y Wiktor un músico teórico contenido, más precisión y pensamiento que intuición. Ya lo decía Juan José Arreola en su Confabulario “Cada vez que el hombre y la mujer tratan de reconstruir el Arquetipo componen un ser monstruoso: la pareja”.

El correlato que acompaña los caminos y los entrecruces de la pareja protagonista es el propio desarrollo de la musicalidad; Encuentro un paralelismo entre los cantos folclóricos populares que están presentes desde los primeros minutos del filme como auténticas expresiones emocionales y la incorporación paulatina del jazz y el blues a partir del primer tercio de la película, expresiones musicales también nacidas de otros corazones exiliados en los campos algodoneros del sur norteamericano, cantos melancólicos nacidos del dolor y la distancia.

Quizás el único trecho insalvable sea aquel en el que dos almas aunque cercanas entres sí pertenecen a dos vibraciones distintas, a dos dimensiones distintas, a dos formas de entregarse a la vida y persistir en ella. Zula, un temperamento, una energía fluctuante, pasional e indómita; Wiktor más cerebral, un hombre con planes y estrategias, superficial, evasivo.

Para el amor, para ese amor que lo consume todo, nada es suficiente. Los amantes, éstos amantes constantemente se encuentran en un estado lírico, estado que Zula encarna cuando se deja llevar al compás del rock and roll y como lo describe Cioran en las Cimas de la desesperación:

“El estado lírico trasciende las formas y los sistemas: una fluidez, un flujo internos mezclan, en un mismo movimiento, como en una convergencia ideal, todos los elementos de la vida del espíritu para crear un ritmo intenso y perfecto. Comparado con el refinamiento de un cultura anquilosada que, prisionera de los límites y de las formas, disfraza todas las cosas, el lirismo es una expresión bárbara: su verdadero valor consiste, precisamente, en no ser más que sangre, sinceridad y llamas”.

El dolor de no poder ser lo que se anhela, de no poder sentir lo que se quiere, de no poder estar con quien se ama. Sólo empuja a buscar otros caminos, a inventarse nuevas rutas, a convencerse de que con el paso del tiempo o con el cambio de residencia e incluso con el cambio de oficio algo se trastocará y entonces el amor podrá ser, y así aquellos corazones distanciados podrán ser “uno” como el que describe la propia Zula cuando canta la canción con la que atrapa más que la atención de Wiktor:

“Corazón, es la palabra más bella del mundo
Corazón, el más maravilloso tesoro de la vida
Corazón, himno de amor como el Sol
En las alas encantadas del corazón está la felicidad y el hechizo“

Al final, parece que el amor con toda su fuerza, no es suficiente; aunque siempre podemos apuntar “vayamos del otro lado, la vista es mejor allí”.

Germán Chacón

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