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Sin drama, ¿es realmente amor?

Brian Rea

Hace poco, Joe y yo estábamos viendo el episodio de Black Mirror en el que un aparato tecnológico calcula las fechas de caducidad de las parejas. (Bueno, de “expiración”, porque es una serie británica).

Yo no dejaba de pensar en cuál podría ser la nuestra cuando Joe dijo: “Quizá si nunca ves la fecha, esta nunca llega”.

Joe y yo estamos comprometidos, por cierto. Pero me carcomen las dudas sobre si es lo correcto. Me la paso viendo datos de matrimonios fallidos para buscar cómo proteger mi propio futuro casamiento. Leo artículos que hablan de cómo el ser crítico y estar a la defensiva pueden poner fin a una relación y me preocupo, porque yo soy crítica y me pongo a la defensiva. El desdén es “el beso de la muerte”, dicen, y me estreso porque tengo algo de eso, también.

En busca de alguna fórmula para la felicidad y la certidumbre, leo las columnas de consejos como “Dear Prudence“, “Ask Polly” y “Savage Love“. Examino los matrimonios de amistades y conocidos. Miro las fotos de cuando se comprometieron por si sus caras esconden alguna pista.

“¿Qué tan felices son?”, me pregunto. “¿Qué tan seguros están?”. Reviso cuidadosamente sitios web para bodas por si hay evidencia de la duda, pero nunca la encuentro en esos lugares tan pulidos.

Leo en línea recuentos de compromisos rotos por si reconozco señales o síntomas, mientras mi corazón late con el mismo pavor que siento cuando me despierto con el cuello adolorido y reviso WebMD en caso de que eso signifique que tengo meningitis.

Parte del problema es que conocí a Joe cuando tenía 22, época en la que creía que aún no empezaba la comedia romántica sobre mi vida (basada, claro, en Cuando Harry encontró a Sally). Específicamente, sentía que estaba en la primera parte de la película, cuando Harry y Sally se conocen al compartir auto en un viaje de Chicago a Nueva York.

Durante algún tiempo, cada vez que me gustaba alguien, intentaba pensar en qué circunstancias nos llevarían a tomar un viaje juntos, tras lo cual nos reencontraríamos a una edad mucho mayor, como los 27. Para entonces, pensaba, mi situación en la vida habría mejorado: sería más delgada y exitosa, quizá famosa. Tendría con qué exigir lo que quisiera.

Me imaginé este escenario con varios hombres, ninguno de los cuales dio indicación alguna de ser un prospecto viable para el largo plazo. Estaba aquel tipo que dijo: “Valoro demasiado nuestra amistad”, pero no dudaba en intentar toquetearme cuando estábamos solos; el otro con el que pasaba la noche cada vez que estaba borracha durante la universidad (aunque solo cuando él era quien lo proponía), y aquel que llegaba a tocar mi puerta pasada la noche para fumar un porro juntos y que me sermoneaba sobre Radiohead.

Esas dizque relaciones se daban por medio de horas de intercambiar mensajes de texto o de chatear en Google; intercambios en los que, en buena medida, yo era quien escuchaba. El reto de intentar impresionarlos me emocionaba y me desconcertaba.

Leía y releía nuestros mensajes ingeniosos y me felicitaba por los “puntos” que había sumado. Porque hacerlo me convencía de que, tal como en las comedias románticas, había conocido al amor de mi vida. ¡Ya hasta me había acostado con él! Solamente no era el momento indicado para que estuviéramos involucrados románticamente: tenían que transcurrir unos cinco años más antes de reunirnos. (En ese entonces me parecía que el que pensara así de varios hombres era porque estaba haciendo una apuesta inteligente al diversificar mis opciones).

En las películas, si un hombre solo quiere tener sexo es un canalla. Si quiere hablar, le interesa algo más. Tardé años en entender que los hombres realmente son capaces de buscar una combinación cambiante de sexo y de conversación, y aun así tener cero interés en entablar una relación formal.

La poca atención que recibía de ellos me hacía sentir más segura que como me hubiera sentido si les exigiera más. Y además estaba el componente dramático; mi vida era la personificación de: “¿Sí van a estar juntos al final o no?”.

Y luego conocí a Joe en un bar. Habló conmigo y con mis amigos y me pidió mi número. Cuando lo vi cometer dedazos por estar algo pasado de copas, le pedí que llamara el teléfono que había guardado para asegurarme de que era el mío. Se había equivocado, por lo que lo corregí. Me envió un mensaje dos días después.

Joe entró a mi vida tan casualmente que no le di mayor importancia. Pensé que salir con él era una buena manera de pasar el tiempo en lo que esperaba a reunirme con alguien más o en convertirme en alguien más valiosa para otro.

Descubrí que Joe tenía 30. Ya sospechábamos que había una diferencia de edades, aunque no esperábamos que fuera un golfo de ocho años. Yo crecí viendo películas originales de Disney y los primeros videos virales. Él creció viendo las series clásicas como Cheers y decía cosas como: “¿Sabías que en Roseanne se transmitió uno de los primeros besos homosexuales en la televisión abierta?”. No, no lo sabía. Nuestro punto medio, donde coincidimos, fue Friends.

Hablábamos de nuestras películas favoritas y no dudé en decirle la verdad: la mía es la adaptación fílmica de Mujercitas de 1994. Le dije con toda honestidad que me encantan los restaurantes de cadena de comida italiana como Olive Garden y que lamento que su sucursal en Times Square sea tan cara. Él me contó sobre sus perros, un Boston terrier (Pez) y un salchicha miniatura (Little Buddy).

Hablé por teléfono con mi madre en esas primeras semanas y le dije que parecía que yo le gustaba demasiado a Joe, algo que me causaba pánico. “Se siente como algo demasiado sencillo”, le dije.

No había drama. No había dudas sobre si estaríamos juntos al final: ya estábamos juntos.

“Deja que sea sencillo”, me respondió mi madre.

Me preocupaba porque las conversaciones por mensaje con Joe no se daban al mismo ritmo rápido e ingenioso que me emocionaba tanto. A la vez, no estaba pretendiendo ser alguien distinta.

Para julio hicimos nuestro primer viaje juntos, a Vermont. Una tarde después de pasear por la naturaleza le pregunté qué quería cenar.

Me miró de lado y dijo: “¿Por qué no el Olive Garden?”. Tuve que abrazarlo de inmediato.

Cuando íbamos en el auto, eructé frente a él por primera vez. Lo recuerdo como si lo reviviera en cámara lenta, incluida la parte en la que grité justo después por la mortificación. Cuando me recuperé Joe admitió que la primera vez que pasó la noche en mi departamento me quedé dormida en su pecho y babeé… mucho.

Joe fue el primero en decir “Te amo”. Le dije que yo también, pero de inmediato surgieron los cuestionamientos en mi mente. En todas las tramas amorosas antes de Joe no había pensado nunca en estar en una situación en la que yo era quien tenía el poder de romperle el corazón a alguien. Siempre pensaba que ese poder estaba en manos del otro y que mi vida sería una constante lucha para encantarlo con tal de que no utilizara ese poder. Pensé que cuando alguien me dijera “Te amo” iba a ser resultado de mucho trabajo arduo de mi parte o, incluso, de engaño.

“¿Qué está pasando en esa cabeza tuya?”, me preguntó Joe cuando estábamos parados frente a las escaleras de emergencia de mi edificio. (Sí, así habla él).

“No quiero decirlo”, le respondí.

“Puedes decirlo”.

“Estoy asustada porque me puedo imaginar un día en el que quizá te hiera”, dije. “No tengo planes para hacerlo, pero el potencial existe, y no creo que sea así de tu parte”. (Sí, así es como hablo yo).

Entonces Joe me dijo: “Hay un episodio de Malcolm el de en medio donde Lois está enojada porque Hal la ama un poco más que ella a él. Él le dice que está bien, porque dos personas no pueden amarse a sí mismas tanto. Si lo hicieran, nunca saldrían de casa”.

Ese primer año tuvimos una gran pelea. Estaba sacudiendo el polvo de un ventilador de techo en su departamento y se enojó de que lo estaba haciendo mientras traía puesta su preciada playera negra de Black Sabbath. Yo me enfurecí, dejé el departamento y caminé hacia el metro.

De inmediato pensé: supongo que tendremos que romper. “No es como que me va a perseguir camino a la línea F”, me dije a mí misma. Necesitaba meterle más dinero a mi tarjeta del metro… y apenas había presionado el primer botón en la máquina para recargar cuando sentí una palmadita en el hombro.

Ahora tengo 27 años, la edad a la que me imaginé reecontrarme con alguno de esos hombres de mi pasado cuando se dieran cuenta de que yo era “la única”. A veces siento que soy la versión de mí misma que esperaba ser. Sí soy más exitosa, en parte porque ya llevo más tiempo fuera de la universidad. También soy un poco más delgada, aunque intento no centrarme en eso.

En ocasiones me pregunto cómo me iría en el mundo de las citas ahora… pero lo que más me pregunto es si merezco a Joe. Es normal que una mujer tenga esa realización al final de una película, que descubra que siempre fue suficiente. A lo que las películas no le atinan es a que una vez que el personaje se da cuenta queda transformada por siempre. En la vida real yo me tengo que recordar constantemente que soy suficiente.


Fuente: NYTimes / Ali Elkin

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