Los he visto triunfar al final de la Guerra Fría, los he visto derribar estados gigantescos y controlar sociedades con un pequeño repertorio de ideas preconcebidas; pero sobre todo, siempre, los he visto tener miedo. La derecha es aquel tipo de pensamiento político que tiene miedo. Aún en sus mejores momentos, en sus periódicos retornos al poder, aún entonces, tienen miedo de que su mundo desaparezca, que ideas nuevas echen por tierra el pequeño universo fabricado para hacer habitables los espacios de la conciencia.  Si en la oposición, la derecha teme que ideas progresistas desde el poder echen a andar la maquinaria de la historia sin que sepamos con precisión hacia dónde podrá llevarnos – la derecha es determinista -; si en el gobierno, teme no ser lo suficientemente fuerte para proteger el precioso legado que le ha sido entregado en depósito histórico, particularmente frente a las amenazas de la modernidad y la tecnología, -la derecha es manierista-. Esta combinación, determinismo-manierismo, es la que permitió, en etapas muy tempranas de la evolución burguesa, la creación de la derecha como idea política basada en el principio aristotélico según el cual todo tiende a perfeccionarse según su propia naturaleza, en otras palabras; Simone de Beauvoir, recuerda a André Malraux decir que Europa había dejado de pensarse en términos de libertad para pensarse en términos de destino y desde luego, en términos del destino común de toda civilización, es decir, la extinción; así, cada día, “la burguesía vive a la espera del cataclismo inminente que la abolirá”.

Jules Romains escribió que “situarse a la derecha es temer por lo que existe”; en el fondo, dentro de todo hombre de derechas hay un descubridor y un colonizador, que aspira a que el orden del universo permanezca inalterado por todo el tiempo que sea posible, pero siempre con la consciencia de que no durará; teme así las ideas que vienen de fuera, los descubrimientos de su propia sociedad, las condiciones económicas adversas y aún las bonanzas que están todo el tiempo cuestionando lo que no debiera cuestionarse; sin embargo, este temor permanente no la paraliza, sino es parte de su propio élan vital; por eso, aun sin proponérselo, toda manifestación de la derecha está siempre coqueteando y aproximándose al fascismo pues en él ve la esperanza que queda cuando los valores tradicionales han entrado en verdadero peligro; Beauvoir reflexiona sobre la idea de que los nazis convertían al pesimismo en voluntad de poderío, pues ahí donde todo es duda y temor, el absolutismo nazi brilla como una esperanza de pervivencia y de construcción del mañana; si Jacques Soustelle, recuerda Beauvoir, en La liberté de l’Esprit, había ya sostenido dudas sobre incluso la validez de Occidente como discurso universal:

“Dos guerras mundiales se han necesitado, y los campos de concentración, y la bomba atómica para minar nuestra buena conciencia… Hemos empezado a plantearnos la terrible pregunta: ¿será posible que  nuestra civilización no sea la Civilización?

Una de las características de la derecha es su capacidad para inventar, replicar y potenciar a sus enemigos; sin ellos, casi perdería su identidad y su esencia, pues su rostro es más bien un reflejo y su vocación la respuesta. Cuando Castor -afectuoso mote que Sartre le dio a Beauvoir- escribió Las ideas políticas de la Derecha, no podía imaginar el refinamiento surrealista al que llegarían los Estados Unidos, por ejemplo, en la búsqueda, identificación y caracterización de sus enemigos; del japonés ciego de furia hasta el comunista soviético encarnación de la maldad más profunda y absoluta, pasando por el musulmán y el migrante latinoamericano; todos caben dentro del discurso de identificación del enemigo según los tiempos y las características; con un pincel prácticamente sureal, lo mismo corresponde su retrato al Charlie Chaplin acusado durante el Macartismo, que a Malcolm X, César Vallejo, Ho Chi Minh o Fidel Castro; todos de izquierda claro, aunque ninguno similar a los demás, eso no importa, la izquierda en el discurso minimalista de la derecha se reduce a todo aquello que quiere disolver el mundo establecido, acelerar y provocar su caída, luego, los detalles suelen ser obviados, maliciosamente confundidos; véase si no, ese singular complejo de mentiras, ideas y torturadas visiones que fue Oswald y que lo hacía ideal como chivo expiatorio en el asesinato de Kennedy.

Separado del mundo por el espacio que crea su estilo de vida, su contacto con la materia, señala Beauvoir, es escaso, pobre y a veces despreciable, confía más en su idea y en la forma en que va creando su mundo a partir de varios presupuestos fundacionales; la derecha es, por naturaleza, idealista; de ahí el uso indiscriminado de términos que, en ocasiones, carecen de contenido real; términos como “valores humanistas”, “valores cristianos”, “Reserva moral” o “bien común”, expresan relaciones sociales con vistas a modelos idealizados e incluso tratan de convertir algunos de esos modelos y de los términos que los retratan en patrimonio exclusivo. Sin embargo, ello no es suficiente cuando se pretende establecer con claridad un ideario político para la derecha; la idea de la evolución social natural, sin adjetivos, como la característica propia de la derecha puede ser mejor presentada como una especie de contrapropaganda más que como un ideario. De Beauvoir ofrece un ejemplo de la década de 1950 que todavía nos da algo de luz y que bien podemos adaptar a nuestro momento contemporáneo:

“Las cosas han llegado a un punto que, respondiendo en 1950 a una encuesta sobre la libertad, en La liberté d’Esprit, Léon Werth ha podido declarar: “En 1950, un régimen de libertad se define por su contrario, que es el régimen stalinista”. Y sus amigos han alabado calurosamente esta respuesta. Lo que equivale a confesar que la derecha contemporánea ya no sabe lo que defiende: se defiende contra el comunismo, y eso es todo.

Y así es, en efecto, la derecha carece de elementos para su propia definición porque carece de de propuestas y la única que tiene es la sobrevivencia, la inmovilidad y el postergamiento indefinido de la crisis que de un modo u otro exterminará el modelo que hoy conocemos; sin embargo, para obtener el contraste que provea de identidad, lo mismo están los países musulmanes que Cuba, lo mismo los talibanes de Afganistán que los gobiernos de la izquierda latinoamericana como Morales o Lula. Porque la derecha, en México como en Francia y en cualquier otra parte del mundo, está construida sobre una serie de contradicciones que no pueden ser obviadas y que constituyen parte fundamental de su dinámica política. Castor recuerda que Marx afirmaba que:

“Toda nueva clase está obligada a dar a sus ideas de la forma de universalidad, representarlas como las únicas razonables y universalmente válidas”. Su pretensión, añade, es justificada en la medida en que se subleva, en que actúa revolucionariamente…”

¿Cómo podría la derecha, convertida en clase dominante, luchar contra los privilegios ajenos mientras defiende sus propios privilegios frente a los demás? Es decir, cómo podría asumir su identidad la única heredera de la Revolución Francesa, si no es recurriendo a lo que más la atemoriza y a lo que más pone en duda su propia existencia. Para salvar esta contradicción tan íntima como absoluta, la derecha sólo tiene dos caminos: la violencia y el idealismo. Por la violencia se aproxima al fascismo y por el idealismo se propone convencerse y convencer a los demás de que al defender sus intereses en realidad defiende valores universales; que la justicia a la que aspira no es la cotidiana, sino una forma superior que justifica el dominio de la burguesía; dicho de otro modo, si la evidencia muestra que existe algo que podemos denominar “lucha de clases”, que existe una fuerte presión dentro de las clases trabajadoras derivadas de la desigualdad y las difíciles condiciones económicas, el intelectual de derecha tiene como primera obligación olvidar el dato empírico y, desde luego, omitir cualquier referencia a la lucha de clases; antes bien, propondrá modelos idealizados como la colaboración de clases, la subsidiariedad y la supletoriedad. Frente a un escenario así, no queda sino la observación vertida por Alain y recuperada por Beauvoir:

Cuando se me pregunta si la separación entre partidos de derecha y de izquierda, ente hombres de derecha y hombres de izquierda tiene aún sentido, la primera idea que es me ocurre es que quien me formula esta pregunta no es, ciertamente, un hombre de izquierda.

En este decir sin decir, estar sin estar, que es la derecha, la reformulación de las ideas ocupa un lugar fundamental; desde luego que el pensamiento político de la derecha aspira a la quietud absoluta y para ello debe pasar por el cambio sin que el cambio afecte sus estructuras fundamentales, gatopardismo, como diría Lampedusa; para lograrlo, recurre al principio enunciado por Brice Parain, “todos los problemas son cuestiones de opinión”. Esa técnica permite transcurrir entre los temas y las épocas, a cuál de más espinosa, sin que se sufran daños considerables, al final del día todo son opiniones y todas son respetables; hacia el exterior, la misma técnica permite desdibujar los principios ideológicos de la izquierda y transitar hacia el anhelado espacio sin ideologías que la derecha trató de echar a andar en 1989 y que apenas enunciados sus principios se veía ya desmentida tanto en la Alemania Unificada como en la otrora Unión Soviética; véase, por ejemplo, la sustitución del principio de la lucha de clases por la explicación “psicológica” de la envidia:

Nietzsche fue el primero que propuso una interpretación psicologista de la historia y de la sociedad: “El débil está corroído por el deseo de venganza, por el resentimiento; el fuerte tiene un patrón agresivo”. Esta noción de resentimiento ha tenido una extraordinaria fortuna entre los pensadores de derecha. Max Scheler la utilizó no para atacar al cristianismo (como en efecto sí lo hizo Nietzsche), que es a su juicio, una doctrina de amor positiva, sino para frustrar toda ética socialista: el socialismo expresa necesariamente un resentimiento contra Dios y contra todo lo que hay de divino en el hombre.

Desde luego, esta forma de entender el enfrentamiento entre las clases, no sólo la vuelve inocua pues donde hubo necesidad de sobrevivencia queda un mal sentimiento que se puede trabajar, es decir, se socializa el conflicto al grado de desnaturalizarlo. En otras palabras, Nietzsche estaba a favor de cierta ilusión de dignidad para los desheredados; De Man pensaba en que conceder ventajas sociales, incidiría positivamente en la reducción de sus complejos de inferioridad; así, el manejo de la lucha de clases, se soluciona en el discurso transformando la mentalidad de los proletarios pero no la situación que los oprime y que, desde luego, forma parte de ese escenario natural que no requiere cambios. Al contrario, el pensamiento de izquierda requiere militancia; en mayor o menor medida, pero exige un compromiso de cambio; como dice Beauvoir; “hay pues, una religión marxista: “la religión de la humanidad por conquistar, o de la humanidad por hacer”.

Tal vez sea esa la más profunda diferencia entre el pensamiento político de la derecha y de la izquierda; mientras que en la derecha una sola categoría suprema: lo humano, es suficiente para explicar todo fenómeno social, todo destino compartido; es decir que podemos hacer la vida política a través de El Hombre, indivisible, unánime, único, exaltando y popularizando la idea del hombre que hace de la burguesía una clase universal, ya me parece escuchar a uno de esos reyes del humor involuntario de la derecha mexicana abogando por los derechos de “la persona humana”. En la izquierda, por su parte, el hombre es lo son los hombres, como dice Marx. Desde luego que una reducción, en términos intelectuales, constituye el inicio de la comprensión del mundo desde el punto de vista de las izquierdas; por un lado la visión de la derecha presidida por el sentimiento de lo natural, como si una y sólo una fueran las formas posibles de organizar una sociedad, porque a final de cuentas escuchar a la naturaleza es muy fácil, solo dice las frases que le dictan, “en la voz del viento del mar, de una palma que se agita, el hombre escucha siempre su propia voz; por el contrario, el universo de la cultura se opone a la naturaleza, es un universo de libertades y elecciones, de renuncias y de conquistas; a final de cuentas, el mundo de lo humano, siempre por hacer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *