Secret Hitler, el juego de mesa Brent Knepper

Estaba cuidando la casa de mi hermano durante el verano cuando de pronto vi algo sospechoso: una caja en la sala que llevaba escritas las palabras “Secret Hitler” (Hitler secreto).

A su regreso, lo enfrenté. “Pero, por Dios, ¿qué es esto?”, pregunté señalando la caja.

“Es un juego de mesa”, dijo con gesto de fastidio.

Específicamente, Secret Hitler es un juego de deducción social que ha tenido éxito rápidamente desde que comenzó a distribuirse el verano pasado. Es como Mafia o Werewolf u otros juegos de mesa en los que los jugadores tratan de identificar al traidor en sus filas.

En esta versión, de cinco a diez jugadores se dividen en dos equipos dispares: un equipo más grande de liberales y uno más pequeño de fascistas (no se puede jugar como antifa). Un jugador es elegido como Hitler secreto. Los fascistas, que conocen la identidad de su líder, trabajan para subirlo al poder mientras engañan a los liberales, que no saben quién es Hitler.

Los fabricantes del juego han recaudado cerca de 1,5 millones de dólares desde que lo anunciaron en Kickstarter en noviembre de 2015. Cuando salió a la venta se convirtió en el producto más vendido de la categoría de juguetes y juegos en Amazon y recientemente vendió la totalidad de su segunda reimpresión. (La compañía no publica los datos de ventas, pero el dinero que ha recaudado sugiere que ha vendido decenas de miles de copias).

El juego fue ideado a principios de 2015 e impulsado por su asociación con Max Temkin, uno de los jóvenes creadores del provocativo juego Cards Agains Humanity. No obstante, Secret Hitler se benefició de otra tendencia imprevista: la proliferación de un interés sobre el fascismo cerca de la elección de 2016, que generó también buenas ventas de clásicos literarios distópicos, y una discusión renovada del movimiento que llevó al poder a líderes como Hitler y Mussolini.

Secret Hitler también llegó como parte del renacimiento de los juegos de mesa, que encontraron nuevos compradores entre los jóvenes consumidores. Según Evelyn Rodríguez, una investigadora de mercados en Euromonitor International, la gente de 18 años en adelante pasa cada vez más tiempo con juegos de mesa durante los últimos años, lo que se comprueba con ventas de juegos como Settlers of Catan y Enigma que continúan subiendo.

El ingrediente secreto del desarrollo de Secret Hitler fue una sesión maratónica de televisión. En algún momento de finales de febrero o principios de marzo de 2015, uno de sus creadores, Mike Boxleiter, de 32 años, pasó todo un fin de semana viendo la miniserie sobre la Segunda Guerra Mundial producida por Steven Spielberg Band of Brothers.

Piezas del juego Secret Hitler Brent Knepper

Piezas del juego Secret Hitler Brent Knepper

Boxleiter, Temkin y un tercer creador, Tommy Maranges, estaban obsesionados con los vericuetos de los juegos de intriga. Cuando Boxleiter regresó a su oficina compartida el lunes siguiente a su maratón televisiva, después de ver 705 minutos de estadounidenses peleando contra alemanes, tuvo una idea para un juego nuevo, inspirado en el ascenso al poder de Hitler. Y 48 horas después, el grupo tenía un prototipo de Secret Hitler que podía ser jugado.

“Sucedió un mes antes de que Hillary anunciara su candidatura”, dijo Maranges, de 27 años. “De verdad lo pensamos así: qué tal que hacemos un juego sobre ese pasado y no sobre ningún otro momento en la historia”.

Comenzaron una campaña en Kickstarter el 23 de noviembre de 2015; su meta era alcanzar los 54.450 dólares para producir su primera edición del juego, con ilustraciones de Mackenzie Schubert. En 24 horas recaudaron más del doble. Al momento que el juego comenzó a enviarse a los compradores, en agosto de 2016, ya había atraído a más de 30.000 patrocinadores, lo que lo convirtió en uno de los cinco juegos de mesa más extensamente patrocinados en la historia de Kickstarter. (El juego aún no está disponible al otro lado del Atlántico, pero como no incluye ningún símbolo nazi ni imágenes de Hitler, quizá pueda ser aceptado en países como Alemania).

Aunque es fácil para juegos provocadores encontrar apoyo en Kickstarter, incluso los empleados del sitio para recaudar fondos se sintieron poco atraídos al principio debido al nombre del juego.

“Les aconsejé no nombrarlo así”, dijo Luke Crane, jefe de la sección de juegos en Kickstarter. “Les dije: ‘No le pongan ese nombre’. Mis palabras exactas quizá fueron un poco más soeces”.

Dijo que incluso con el éxito del juego, todavía conoce gente que no lo jugaría debido al nombre. Sin embargo, añadió, era claro para los creadores del juego que habían tocado un tema de discusión de una manera difícil de alcanzar, incluso entre la gente que lo intenta.

Los creadores de Secret Hitler están conscientes de que algunos consumidores no pensarían que el título es gracioso: los nazis no son un asunto humorístico y existe temor por la creciente atención sobre los supremacistas blancos y otros extremistas desde la elección del presidente Trump.

Los autores no han hecho nada por ocultar la relación del juego con el presidente. En el sitio web, les aconsejan a aquellos que “no crean que exista nada gracioso ni agradable sobre el fascismo” que manden sus quejas a la Casa Blanca. También mandaron copias del juego a los senadores y lanzaron un paquete de expansión referente al gobierno de Trump, con cartas de algunos de sus miembros. Pronto se vio rebasado por las noticias, puesto que hay cartas de Stephen Bannon y Sean Spicer, quienes dejaron la Casa Blanca durante el verano.

Ninguno de los creadores del juego, que viven en Chicago, votaron por Trump. Temkin, quien ha trabajado para campañas de los demócratas, afirma que no recuerda conocer a nadie que lo haya hecho, por lo que la victoria de Trump tomó a los creadores por sorpresa. Dijo que incluso se arrepintieron un poco por lo inoportuno del momento.

Temkin recuerda haber pensado: “Qué mal que cuando el juego salga a la venta, Donald Trump ya no será relevante para la política estadounidense porque sería una gran estrategia de mercadotecnia para nosotros”.


Fuente: NYTimes / Jonah Engel Bromwich

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