Recuerdo que cuando entré a la primaria había un montón de bancas viejas arrumbadas en un rincón de la escuela. Y, que cuando salí de ella, el mismo montón seguía oxidándose en el mismo rincón de siempre.

Recuerdo que cuando iba a la primaria había muchos maestros que se dedicaban a su trabajo; pero, había muchos otros que “de todos modos les pagaban si aprendíamos o no… si nos enseñaban o no”. Luego entré a la secundaria.

Soy uno de esos muchos a los que sus padres sacaron de la educación ofrecida por el estado y, buscando lo mejor para ellos, decidieron llevarlo a escuelas privadas donde la formación integral de sus alumnos les permitía crecer tanto intelectualmente como en virtudes humanas.

Ya saben, uno de esos cuya familia se remite a los tiempos prejuaristas y pone a sus hijos bajo la tutela de escuelas religiosas porque “los padrecitos son buenos” y “la educación privada es mejor”. No defiendo ninguna de esas opiniones, aunque las comparto. Y es que, sólo con ver las cifras y las estructuras de las escuelas del Estado, uno se hace la idea clara de que, éstas, son para pobres o rojillos trasnochados.

Lo anterior lo digo no porque me sienta superior al gran resto de la población: ¡no! Sino porque, cuando paso por cualquiera de las escuelas oficiales, siento como que paso por algún depósito de autos o, usando una figura más común, una cárcel. ¡Y es que cómo no va a ser así!; si las escuelas de gobierno están en uno de los últimos lugares de la fila de prioridades, detrás de reformas políticas prácticamente inútiles y peticiones multimillonarias de presupuestos para los respectivos poderes del Estado.

O, al menos, eso creo. Ya sabes: nadie puede generalizar nada porque, al final, las noticias en los periódicos te desmienten; quesque el presidente invertirá 7500 millones de pesos para rehabilitar 20 mil escuelas; quesque entregó 240 mil laptops a niños de primaria y secundaria; quesque entregará 709 mil tabletas este año a prepubertos de quinto y sexto de primaria; quesque ahora sí se cargará el payaso a líderes sindicales, aviadores, comisionados y toda esa bola de… a no, espera, eso no.

¡Tantas cifras suenan re bonito! ¡Nadie podrá decir que las 20 mil primarias y secundarias que hay en una superficie de 1495 kilómetros cuadrados no tendrán una estructura digna! ¡Nadie podrá decir que esos 240 mil niños con lap no podrán entrar a Facebook y pasar su tarde haciendo ciberactivismo, algunos; y, otros, vendiéndola para comprar más útiles, más comida o más transporte, porque el salario mínimo no alcanza! ¡Nadie podrá decir que las 709 mil tablets del restante no estarán llenas de aplicaciones inútiles, videojuegos descargados de alguna tienda o como medio de distracción social!

¡Porque, al final, ni hay sólo 20 mil escuelas, ni les puedes confiar a chiquillos de primaria aparatos que servirán más para la postergación de sus tareas que para su educación en general! Pero, como en una demagogia lo que cuenta es dar por dar” y “dar mucho por dar mucho”, pues nadie se puede quejar. Eso sí, cuando las cifras son bajas, mejor se cambia el tema discretamente.

Eso, o en su defecto, se le echa la culpa al tiempo; porque, como dice uno de los tantos comerciales de la reforma energética: “las cosas no cambian de la noche a la mañana; pero seguro lo verás en un futuro”. En pocas palabras: “deje de chingar… que ya le tocará su hueso.” Y, después de casi dos años, yo sigo esperando.

Porque, si te pones a pensar, lo primero que se hizo fue la famosa Reforma educativa, en donde se creaban instituciones fantasma que manejaban a otras instituciones fantasma que manejaban, a su vez, a los docentes. Ya sabes, se le cambió el nombre a una división del SNTE sólo para que el Elbazo no se llevara al caño a tan sacrosanta institución. Además, se promulgaban los concursos del hambre para que los perros se pelearan por un hueso dentro del magisterio; eso que llamaron “Servicio profesional docente”.

Y, hasta ahora, no me he enterado más que de la evaluación que arrojó que el 60% de esos tipos no deberían estar frente a un grupo de clase. ¿Sabes qué fue lo que me dijeron cuando fui a dejar currículum para dar clases de filosofía y ética en preparatoria? Me preguntaron si el sindicato me había dado plaza o iba por mi cuenta. No te haré el cuento largo: ni me hicieron caso.

¡Ni un examen ni una cita posterior! ¿Será por eso que algunos prefieren, como clientes, negociar sus respectivos puestos con esas instituciones fantasmas? Lamentablemente, hay una verdad universal: sin trabajo no hay dinero… sin dinero, no se come. Sin comida, difícilmente puedes desempeñar un trabajo. Y eso, al final, parece ser lo que mueve al mundo. ¡El amor a la educación salta por la ventana cuando la pobreza entra por la puerta! Y no soy el único que piensa eso.

En México, en España y en China lo importante es tener empleo; por eso, entre otras cosas, nos quedamos calladitos con la miseria que nos pagan. ¿No te ha pasado que vas a la tienda y compras jamón sólo para darte cuenta que pagas ahora más de lo que pagabas hace unos meses y, al final, lo único que te dices es: “suben los precios pero no los salarios”?

¡Y todos los hermosos representantes que tenemos, ahí en la chorcha preguntándose si sería “conveniente” subir el salario mínimo! Pero, ¡vamos, no tienen la culpa! Hay razones poderosas para preguntarse eso: primero, la informalidad del empleo en México; segundo, la dificultad en crear empleos que no caigan en lo risible del subcontrato; tercero, el periodo electoral que viene.

O sea, creo que entiendes las dos primeras y te estarás preguntando por la última; ¡pues es simple!: en la política mexicana, como te dije (y como bien lo apunta el actor José Carlos Rodríguez en la obra Civilización), se trata de hacer “cosas grandes” para que “te caigan milagros del cielo”.

Así, lo más probable es que la discusión del salario mínimo la dejen con una prórroga para usarla como medio de conseguir votos: ¡el partido que más ofrezca, será el partido que se compre las elecciones federales y locales siguientes! ¡Felicidades, vives en México!

Pero, con todo, la gran mayoría de la población aún piensa que si consigues un buen trabajo es porque tienes estudios universitarios; aún piensan que ir a la universidad los va a sacar del hoyo inmenso en el que comen los mendrugos de pan ácimo que les arrojan sus jefes desde la banca en un parque, como si fueran patos… o cerdos en engorda. ¿Quieres que te revele algo que he pensado desde hace mucho? En un país como México es inútil un título universitario.

¿No me crees? Sal a la calle y te encontrarás con licenciados e ingenieros trabajando como meseros, pintores de brocha gorda o como cantinero que se hace llamar “barman” para darle un poco más de estatus. Obviamente también hay taxistas, ninis o escritores que ni a medio pelo llegan. ¿Ya ves qué tienen en común todos esos empleos?: son serviles. Y eso me hace pensar que en México un título universitario no te sirve de nada porque los empleos que se generan y se requieren ocupar no son para universitarios, en principio.

Lamentablemente, no estamos en un país donde la clase media de verdad exista en demasía; y, por tanto, los empleos que le competen tampoco existen si no es por palancas o porque el “jefe” hizo un esfuercito para abrir una vacante al hijo del cuñado del compadre.

Así que quítate las ilusiones, querido: la universidad sólo te abre puertas cuando de ella obtienes contactos. Y, para llegar a ella, en principio, sólo puedes entrar si antes sobrevives a la matanza entre críos.

Al final, con reformas o sin ellas, para el hombre de a pie todo parece que seguirá igual; con educación o sin ella, parece que el hombre de a pie seguirá atado a la cadena de los empleos que, aunque muy dignos, no requieren gran conocimiento y, por tanto, no requieren que seas universitario. Eso sí, los empleos donde sí lo requieren son raros y, por tanto, brutalmente desgastantes.

¿Sabes qué me gustaría? Volver al “poca política y mucha administración”. Así, al menos, tendríamos la certeza de que las cúpulas gubernamentales no desvían recursos, ya no digamos para sus propios bolsillos; sino para que todos los involucrados disfruten un pedazo del pastel.

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