Hasta hoy, los analistas políticos no se han puesto de acuerdo en los tiempos de inicio de la transición política mexicana. Mientras algunos datan el principio en la importante elección de 1988, otros ubican su génesis —apelando a distintos criterios y evidencias— más atrás, en la reforma política de 1977, en la crisis económica de finales del sexenio de José López Portillo (1976-82) o a mediados de periodo de Miguel de la Madrid (1982-88), particularmente con el activismo social surgido como consecuencia del sismo de 1985 y que tuvo una fuerte influencia en el “nacimiento de la sociedad civil”. También están los que estudiosos que conciben a este proceso político como una consecuencia a largo plazo del movimiento estudiantil de 1968. Como fuere, esta relativa ausencia de consenso nos muestra indirectamente que la transición a la democracia en México ha sido gradual, lenta y sui generis como quizá corresponde a la naturaleza excepcional de su sistema político, especialmente en el marco de la región latinoamericana.

Lo anterior se ha manifestado incluso en el ánimo de analistas, comentaristas políticos y escritores. Algunos de los primeros, señalaron del peligro de caer en una “institucionalización de la transición en México”. Otros apuntaron con lucidez a lo extraño de la palabra transición para el caso mexicano dados sus tiempos y propusieron en cambio la de “mutación”. De la misma manera que durante el desarrollo estabilizador los discursos políticos hablaban de un “constante perfeccionamiento de la democracia mexicana”, durante el sexenio de Carlos Salinas (1988-94), pero particularmente durante el gobierno de Ernesto Zedillo (1994-00) se hablaba de “transformación democrática”, “cambio democrático”, “cambio sin ruptura”, “viraje democrático”, etc. entre los miembros de la clase política y alguna parte de la academia.

Entre algunos intelectuales y escritores del periodo, esta frustración por la esperanza de cambio se manifestaba en algunas de sus obras. Por ejemplo, en 1997 apareció la novela El dedo de oro de Guillermo Sheridan. En ésta, el autor encontró en la miseria de la política mexicana su fuente de escarnio e hilaridad. En el libro, situado en el 2029, Fierro Ferráez es un líder sindical de 129 años que pesa casi 200 kilos y se mantiene con vida gracias a implantes biónicos. El PRI ha cambiado su nombre al de Partido Evolucionario Definitivo (PED) y ha sido creado un nuevo sindicato: el SUMOSSUMO, el Sindicato Único de Mexicanos Obreros al Servicio del Sindicato Único de Mexicanos Obreros.

Afortunadamente —por lo menos de inicio— el enorme caudal de reformas políticas, la invaluable participación de la sociedad civil, los fallidos intentos de liberalización política que no terminaron en continuidad en el poder de la clase política (y cuya intención era precisamente esa), las recurrentes crisis económicas de los últimos 25 años y la erosionada capacidad de inclusión y adaptación de las estructuras institucionales tradicionales promovieron en distinto grado el quiebre del régimen autoritario. El largo proceso de transición política parecía había culminado por lo menos en su primera etapa.

No obstante, al escribir estas líneas ya han pasado 14 años desde la llegada al poder del primer gobierno de un partido distinto del PRI y a pesar de optimismo inicial, es difícil decir que México vive hoy una democracia institucionalmente consolidada. Por el contrario, si bien es claro que el sistema político no es el mismo, este no ha transitado de manera exitosa a una democracia plena.

Encuentro dos maneras de argumentar en soporte de lo anterior: el que tiene que ver con la prevalencia de instituciones, reglas informales, acciones, comportamientos y actitudes políticas divergentes con el espíritu de una democracia, y el que tiene que ver con el análisis de cifras e indicadores concretos sobre la realidad de nuestra “democracia”.

En el primer caso el entusiasmo ciudadano consecuencia de la alternancia del año 2000 nos indicaba que el libro de Sheridan pareciera quedar únicamente en el plano de la ficción.[1] No obstante, el paso de los años nos mostró que el animal era más complejo de lo que pensábamos y que la alternancia política no era condición suficiente de una transición democrática exitosa. Hoy en México pareciera que lo viejo no termina de morir y lo nuevo acaba de nacer. Los acuerdos políticos fundamentales no llegan; el lenguaje, no de la sana adversidad política, sino de la confrontación y el chantaje pulula en el discurso a todos los niveles; la corrupción parece no ceder un ápice; se hace común el litigio en los medios de comunicación; los recursos públicos se siguen ejerciendo con gran opacidad y bajo criterios políticos; los procesos electorales locales y varios federales terminan en la corte; los grandes medios destruyen reputaciones de un plumazo o se detienen con la lupa del escrutinio sobre el escándalo o actúan sin disimulo representando los intereses del grupo empresarial o político del que dependen; la política de la simulación de la clase política es la constante. El proceso de la alternancia como concepto se volvió un sustituto de democracia y pluralidad, y por lo tanto un recurso retorico y demagógico.

Ante esto la ciudadanía, en lo general, se encuentra desencantada y por momentos francamente irritada.

Hay dos síntomas claros de esta crisis institucional (que no los únicos): se ha vuelto común la movilización y protesta social —en ocasiones violenta— fuera de los cauces institucionales como medio de atención de demandas sociales; bandas delictivas bien organizadas e hiperviolentas han llenado los vacíos de poder institucional con diferentes grados de penetración a lo largo del país.

Por el lado de los indicadores de la realidad nacional, la naturaleza de la dinámica política prevaleciente y sus funestas consecuencias es fácilmente diagnosticada en diversos estudios y sus cifras. Los indicadores recientes de este marasmo están a la vista:[2]

Índice de Paz Global

  • El Índice de Paz Global 2014 publicado cada año por el Instituto para la Economía y la Paz ubica a México en el lugar 138 de 162 países. Lo considera un país de baja paz global incluso por debajo de países como Ruanda, Myanmar, Mali, Libia, Kenia, Irán y Burundi.
  • Desde 2008 México ha empeorada su posición mundial de manera sostenida. En 2008 se ubicaba en el luchar 89; en 2009 en el 98; en 2010 en el 101; en 2011 en el 118; en 2012 en el 133 y en 2013 en el 134.

Índice de Percepción de la Corrupción

  • El índice de percepción de la corrupción 2013 publicado por Transparencia Internacional ubicó a México en el lugar 106 de 175 naciones por su percepción de la corrupción. Este año México presentó una percepción de corrupción mayor que países como Panamá, Surinam, Gabón, Tailandia, Filipinas y la India.
  • En los últimos años México ha empeorado su desempeño en materia de percepción de la corrupción. En el año 2010 se ubicaba en el lugar 98; en 2011 en el lugar 100; y en 2012 en el 105. En los últimos 7 años México ha empeorado su calificación de manera constante al grado que desde 2007 cada año obtiene una calificación peor que el año anterior.

Índice de libertad de Freedom House

  • Según el indicador de grado de libertad de Freedom House en 2014 que evalúa el grado de libertades políticas y cívicas, México obtuvo de calificación de “Parcialmente libre” al igual que otras 58 naciones. En 2010 México había obtenido la valoración de “libre” mientras que en los años subsecuentes, 2011, 2012, 2013 y 2014 ha mantenido la calificación de “Parcialmente libre”.

Índice de Democracia de The Economist

  • El Índice de Democracia 2013 elaborado por la Unidad de Inteligencia del periódico The Economist ubica a México en el lugar 59 de 167 naciones. Este indicador ha ido empeorando en las ultimas ediciones: en 2010 México se ubicó en el lugar 49; en 2011 en el 50, y en 2012 en el 51. El mayor salto fue de 2012 a 2013 en el que México cayó 6 lugares en un solo año.

Indicador Global de Democracia

  • El Ranking Global de Democracia es elaborado por una organización austriaca no lucrativa del mismo nombre. En este índice México aparece en el lugar 53 de los 115 países. México se sitúa en la posición 53 con 57.7 puntos; antes aparece Moldavia en el lugar 52 con 57.8 puntos y después está Colombia en el 54 con 57.5 puntos.

Índice de Desarrollo Democrático de América Latina

  • Según el Índice de Desarrollo Democrático de América Latina y el Caribe elaborado por la fundación Konrad-Adenauer y la organización Polilat México, el país se ubica en el 7mo lugar por su grado de desarrollo democrático en la región. Desde el 2011 México no ha mejorado su posición en la región en relación a su índice global de desarrollo democrático, pero en cambio sí ha empeorado marginalmente su puntaje global.

Índice de libertad de Prensa de Reporteros sin Fronteras

  • Según el Índice de Libertad de Prensa 2014 de la organización Reporteros sin Fronteras México se ubica en un escandaloso lugar 152 de 180 países. Según este estudio la situación de peligro y violencia que vive el periodismo en México es peor que en naciones como Congo, Burma, Camboya, Etiopía, Burundi, Chad, Libia, Palestina, Honduras, Guatemala, Mali, Costa de Marfil y Gabón por solo mencionar algunos.
  • Según este indicador desde 2010 México ha empeorado la situación de seguridad y libertad de los periodistas. En 2010 el país se ubicó en el lugar 136; en 2011 y 2012 en el lugar 149 y en 2013 en el 153.

Indicadores de cultura política y participación ciudadana

  • Según encuesta de 2014 del Pew Research Center casi el 35% de los ciudadanos tienen una opinión muy desfavorable de los partidos políticos, especialmente los grandes.
  • Según el mismo estudio, la ciudadanía mexicana considera que los políticos corruptos son un problema más grave que la contaminación y el narcotráfico.

Algunas cifras de seguridad pública

  • En 2013, en promedio cada 26 horas y media fue agredido un periodista en México. 2013 ha sido el año más violento para la prensa desde 2007, con 330 casos documentados, de los cuales cuatro fueron homicidios. Secuestros, asesinatos, golpes, amenazas y ataques a medios de comunicación amagan la libertad de expresión. Pero hay más: 6 de cada 10 agresiones fueron ejecutadas por funcionarios públicos.
  • Respecto al año anterior en 2013 se reportó un incremento de 59% en agresiones documentadas a periodistas. Una suma total de 123 casos más.
  • De acuerdo con el Índice de Seguridad Pública en América Latina 2014, llevado a cabo por la consultora FTI Consulting, México es el quinto país con mayor inseguridad para el desarrollo de los negocios en la región.

Bajo la demoledora fuerza de estos indicadores y en general el ánimo de la ciudadanía que se detecta sin necesidad de encuestas podemos afirmar que prácticamente no hay un ámbito o tema de la agenda nacional —política y social— que no presente focos rojos, especialmente ante los ojos del ciudadano de a pie.

Peor aún, ante esto todos los días funcionarios de todos los niveles nos presentan de la mano de los medios de comunicación las cifras “del esfuerzo” de la clase política y en la que —de manera deliberada o no— confunden los medios y los fines. La clase gobernante nos habla de las cifras de los recursos destinados a tal o cual programa o problema; nos indican con pomposidad mediática que se atienden los temas urgentes porque se hace un gran esfuerzo para dotar de servicios y bienes a la población, especialmente a los grupos más marginados. Es claro que no les conviene hablar de los resultados reales y concretos de estos esfuerzos.

Ante todo esto, ¿la transición política ha fracasado? ¿seguimos con un ancla en el viejo sistema político, el ancient regime? ¿o simplemente lo que ocurre es que nuestra democracia es incipiente, menor de edad, no consolidada, o sencillamente de baja calidad? En todo caso ¿cuáles son los factores que obstaculizan la generación de una democracia como la que la sociedad mexicana espera y demanda?


[1]     En el caso de analistas, comentaristas y buena parte de la clase politica el lenguaje se se modificó y se comenzaron a usar nuevos términos en la jerga politológica nacional: antiguo régimen, veto presidencial, rendición de cuentas, ciudadanización, transparencia, acuerdo político, independencia de medios, critica política, etc. El uso de estos términos parecía hacer prevalecer la idea de que la democracia finalmente perdía su tono fantástico, casi bíblico, para envolverse en gris, y por momentos aburrida —y necesaria— cotidianidad La democracia, en palabras de Xavier Rubert de Ventós, “no tiene rasgos sublimes; es un terreno, prosaico y ordinario. No es ni heroico ni artístico”.

[2] No incluyo las cifras de seguridad pública, que aunque poco positivos, son un tema en si; ni los indicadores de gobernabilidad democrática del Banco Mundia que por alguna razón no han sido actualizados desde 2012.

Para mas vease http://info.worldbank.org/governance/wgi/index.aspx#home

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