La igualdad entre hombres y mujeres es un derecho fundamental que no sólo recoge nuestra Constitución Mexicana, sino diversos tratados internacionales en materia de derechos humanos, así como una diversidad de leyes y disposiciones del ordenamiento jurídico mexicano.

Como otros temas de nuestro entorno, el reto no está en la formulación de textos jurídicos, sino en darle vida a este principio en nuestra realidad cotidiana, que por desgracia sigue normalizando privilegios masculinos. La universidad, como institución social ¿puede hacer algo para revertir este estado de cosas?

La cultura patriarcal, en la que el poder es distribuido de forma desigual entre hombres y mujeres, y el androcentrismo, que otorga al varón y a su punto de vista una posición central en el mundo, sigue siendo regla general para la mayoría de los espacios de la sociedad.

Por ejemplo en las universidades, es común el número desproporcionado de directivos y profesores varones frente a las mujeres. Los eventos académicos siguen reproduciendo prácticas discriminatorias, como no tener (o tener escasas) mujeres en conferencias o paneles, y cuando se tienen, en la mayoría de las ocasiones es para invitarles a hablar de temas vinculados a los roles estereotipados asignados a las mujeres.

Además, subsisten prácticas sociales urgentes de erradicarse que reproducen el rol de las mujeres como personas para el servicio de otros, como edecanes, asistentes, maestras de ceremonias o moderadoras que facilitan la discusión de los “hombres expertos”.

La presencia de una cultura patriarcal y androcéntrica en las universidades, cuya misión principal es la creación de cultura científica y humanista, resulta en la producción de conocimiento desde una visión particular del mundo, en la que se reproducen ejercicios de poder que recrudecen estas desigualdades históricas.

A partir de esta realidad, deviene necesario visibilizar las diferentes formas de discriminación y violencias que ocurren en las universidades en contra de las mujeres, no sólo en el ámbito académico, sino también en su dimensión institucional y funciones administrativas; mostrar que las mujeres tenemos mucho que aportar a nuestros campos disciplinares y espacios de interacción, libres de roles estereotipados.

En la mayoría de las ocasiones, las inercias terminan ganando y se reproducen la discriminación y violencia que sucede en nuestra sociedad al interior de las dinámicas institucionales y la vida académica.

Para ello resulta importante que estudiantes, profesoras y profesores, colaboradoras y colaboradores de universidades, cobremos conciencia de la importancia de impulsar la igualdad entre hombres y mujeres en todas nuestras actividades. Algunas acciones pueden ser:

  • Realizar diagnósticos y protocolos de actuación en materia de igualdad de género, así como de prevención y atención de la violencia en contra de las mujeres para las actividades institucionales y académicas de las universidades.
  • Proponer espacios de sensibilización y reflexión para estudiantes, profesoras y profesores, colaboradoras y colaboradores respecto de la igualdad entre hombres y mujeres en actividades académicas,
  • Alcanzar la paridad en profesoras y profesores en los programas educativos, y en académicos y académicas de la universidad,
  • Incluir mujeres en paridad en eventos académicos, para exponer y reflexionar en torno los diversos campos disciplinares, en todas sus ramas y especialidades,
  • Erradicar prácticas en las que se reproducen roles estereotipados de las mujeres.

La participación en equidad de hombres y mujeres tiene que ser una prioridad en todos los espacios de la vida institucional y académica, ello permite construir en las universidades aquella comunidad que deseamos ver reflejada en nuestra sociedad.

Desde allí, provocar y posibilitar en las instituciones, formas más igualitarias de ejercer el poder, es una manera de educarnos en nuestros micro-entornos, para lograr los cambios a gran escala que demanda la realidad de nuestro país.

Se trata de esa entrada a un mundo nuevo anunciada por Eleanor Roosevelt, en el que tenemos la posibilidad de aprender a vivir en espíritu de amistad con nuestros vecinos y vecinas de cualquier raza, credo y género, son pretexto de enfrentarnos al riesgo de ser eliminados de la faz de la tierra.

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