El portero chileno Claudio Bravo justo después de que Alemania marcara su gol en la final de la Copa FIFA Confederaciones, el domingo en San Petersburgo Credit Thanassis Stavrakis/Associated Press

“Hay que seguir aprendiendo de las selecciones potentes”, dice Claudio Bravo. Chile acaba de perder en San Petersburgo 1-0 la final de la Copa FIFA Confederaciones y el capitán de la Roja, elegido mejor arquero del torneo, tiene razón.

Alemania, flamante campeón, cuida dos reglas de oro: sus clubes, obligados a mantener el 50 más uno de su paquete accionario en manos de sus socios, deben destinar además parte de su presupuesto a la formación de jugadores. Los clubes Sociedades Anónimas de Chile no dudaron en cambio en echar en 2010 a Harold Mayne-Nicholls cuando el entonces presidente de su federación quiso obligarlos a destinar a su semillero parte del dinero que recibían de la televisión.

Alemania ganó el último Mundial de Brasil 2014. El sábado pasado logró también la Eurocopa Sub-21. Y una selección suplente, de 24 años de edad promedio, venció el domingo a Chile, que tiene una media cinco años mayor. Bravo y sus compañeros, que lucharon hasta el último segundo por el empate, demostraron que, efectivamente, aprenden lecciones. Terminada la final, mantuvieron sus medallas de subcampeón colgadas en el pecho y luego, retribuyendo el gesto alemán, hicieron un “pasillo” para homenajear al ganador. No es habitual en el fútbol sudamericano, que ha despreciado más de una vez el protocolo pospartido cuando no gana.

El último gran recuerdo de la Roja en territorio ruso se remonta a 1973. Habían pasado apenas quince días del golpe de Estado del general Augusto Pinochet. Tres de la muerte de Pablo Neruda. Carlos Caszely, figura del equipo, tiene a su madre secuestrada y torturada por la dictadura. Hugo Lepe, zaguero del popular Colo Colo, primer presidente del sindicato de jugadores, está preso en el Estadio Nacional. Son tiempos de la URSS y la Roja, que busca su boleto para el Mundial de Alemania 74, logra un valioso empate 0-0 en el Estadio Lenin, con cinco grados bajo cero y defensa heroica.

Se disolvió la URSS, murió Pinochet y la democracia chilena (que justo este domingo celebró elecciones primarias presidenciales, con el expresidente Sebastián Piñera a la cabeza) se paraliza para ver a su selección. El comienzo es formidable. Cinco tiros al arco contra cero del rival en los primeros quince minutos. Presión alta, Alexis Sánchez movedizo y el gol que parece a punto de caer. Pero cae en el arco chileno. Es un regalo de Marcelo Díaz. Justo él, uno de los más sabios con la pelota en los pies, se equivoca en una salida en la boca del área y pierde la pelota ante Timo Werner, que se la da a Lars Stindl.

El gol alemán es un mazazo para Chile. La Roja pierde precisión y Alemania justifica su ventaja. Desperdicia cuatro situaciones claras en los minutos siguientes. Ya en el segundo tiempo, a los 62 minutos, Gonzalo Jara se salva de ser expulsado tras un codazo alevoso al formidable Werner (elegido mejor jugador del torneo).

Antes del partido, Chile había expresado temores cuando se enteró de que la final de San Petersburgo sería enteramente controlada por siete árbitros europeos, cuatro dentro del campo, tres en el sistema de Video Asistencia (VAR). Pero el serbio Milorad Mazic, avisado por el VAR porque él ni siquiera había sancionado falta, entiende que Jara merece apenas amarilla. En los veinte minutos finales, la Roja, agotada físicamente, puro corazón, es una tromba. Brilla Charles Aranguiz (sorpresivamente remplazado a los 83 minutos por el director técnico argentino Juan Antonio Pizzi), renace Pedro “Tucu” Hernández y Arturo Vidal vuelve a estar en todos lados.


Sin el mismo fútbol prolijo del inicio, pero con una fuerza extraordinaria. El arquero alemán Marc Ter Stegen (el hombre que terminó ganándole el puesto a Bravo en el Barcelona) salva con un manotazo ante Vidal. El ingresado Angelo Sagal tira alto a metros del arco. Y el tiro libre final del agotadísimo Alexis Sánchez carece de fuerza. Chile juega acaso mejor que en las dos últimas finales de Copa América de 2015 y 2016 que le ganó a Argentina por penales. Pero esta vez se va sin el premio.

Antes de la final, Vidal, junto con Sánchez, líder de la mejor generación de futbolistas chilenos que comenzó en 2007 como semifinalista de un Mundial Sub-20 de Canadá, dijo que si la Roja le ganaba a Alemania la Copa FIFA Confederaciones debía ser considerada la mejor selección del mundo.

Está entre las mejores; no hay dudas de eso. Pero esa notable generación que lleva una década en el alto nivel, que creció con los técnicos argentinos Marcelo Bielsa y Jorge Sampaoli, parece ahora con poco recambio a la vista y todavía debe asegurar su boleto a la Copa Mundial para volver dentro de un año a Rusia. Está cuarta en la eliminatoria sudamericana. Faltan cuatro fechas. Recomienza el 31 de agosto contra Paraguay en Santiago y cierra el 31 de octubre nada menos que contra Brasil. En pocos días más, un fallo del Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) podría revertir una decisión de la FIFA (por un caso de inclusión indebida de un jugador boliviano) y retrocederla al quinto lugar, detrás de Argentina. Igual, la Roja avisó que puede estar cansada. Pero que jamás dejará de luchar.


Fuente: NYTimes

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