Maritza (también conocida como Marixa) Lemus es escoltada por policías tras su arresto el 25 de mayo de 2017 en San Salvador; Lemus es acusada por dirigir una supuesta red criminal dedicada al secuestro y el asesinato. Oscar Rivera/Agence France-Presse — Getty Images

A mediados de mayo, Marixa Lemus, conocida como la Patrona, se fugó de la habitación donde estaba recluida en la brigada militar Mariscal Zavala, en Ciudad de Guatemala. Lemus dirigía una banda de secuestradores y sicarios y estaba condenada a 94 años de prisión por asesinato.

La fuga de la supuesta cárcel militar fue, en realidad, una caminata a la calle desde un dormitorio mal vigilado. No es un juego de palabras: la Patrona vivía en una antigua barraca de soldados remodelada para alojar a una docena de prisioneras. Está a pocos metros de la salida principal del cuartel y el cuartel está demasiado próximo a una avenida que conecta a Ciudad de Guatemala con los puertos del Pacífico. La mañana del 11 de mayo, la Patrona se disfrazó de guardia penitenciaria, se mezcló en un cambio de turno y abandonó a pie el cuartel por su portón principal. Un auto la dejó en El Salvador, donde la recapturaron dos semanas después.

¿Puede Guatemala evitar que los malos escapen de sus cárceles? Una escuela secundaria de Estados Unidos parece tener más medidas de seguridad que el cuartel en el que estaba la Patrona. Su fuga ha llevado a mucha gente en Guatemala a preguntarse qué tan segura es una base militar para mantener presos a asesinos, secuestradores y ladrones. El problema es que, si no es un cuartel, no hay dónde encerrar una significativa —y creciente— tropilla de delincuentes tanto comunes como de alto rango: Guatemala no posee cárceles de máxima seguridad. La única construida, Fraijanes 2, fue destrozada en 2010 por un motín de más de 150 mareros y narcos. Los delincuentes se tomaron selfis reventando unas puertas tan frágiles que parecían tejidas con alambre de gallinero.

Que la Patrona se haya fugado —y esta fue su tercera vez— puso en duda la seguridad de todo el sistema penitenciario. La segunda cárcel militar más reconocida del país tampoco es una prisión en sí. Ubicada en el cuartel capitalino de Matamoros, era un reclusorio de oficiales donde ahora viven 30 prisioneros VIP. Allí estuvieron detenidos el expresidente Otto Pérez Molina y su vice, Roxana Baldetti, condenados por liderar una red de sobornos, y allí duerme ahora una decena de exfuncionarios de gobierno. Sus dos reclusos más célebres son el dictador Efraín Ríos Montt y el exgobernador mexicano Javier Duarte, acusado de desfalcar más de 3000 millones de dólares del estado de Veracruz.

Tras la fuga de la Patrona, el gobierno del presidente Jimmy Morales destituyó al jefe del sistema penitenciario, Nicolás García; nombró un director interino que renunció a los dos días y aún debe designar al nuevo jefe de prisiones. Pero un cambio de nombres no resuelve la aparentemente incorregible gestión de las cárceles y la custodia de delincuentes en el país, pues el sistema penitenciario guatemalteco se encuentra en estado terminal.

Es usual que los guardias ayuden a los presos a fugarse por dinero y es poco sorprendente que un director penitenciario dirija una operación de fraude desde su despacho. Los motines son comunes y pueden acabar tanto con masacres entre pandilleros y narcos como en ejecuciones policiales sumarias. Los presos han asesinado al menos a tres jefes de cárceles en siete años en represalia porque no acceden a sus demandas.

García, el exjefe penitenciario, había admitido que hay prisiones controladas por los reos con colaboración de policías venales. En una entrevista inédita con el periódico Prensa Libre a la que tuve acceso, dijo en mayo que la corrupción contaminaba “a todo el personal” a su cargo. Y hace no mucho él mismo fue grabado en una cárcel conversando con pandilleros que en un momento sacan un manojo de llaves y quitan el candado a una reja para dejarlo entrar. ¿No es una evidencia palmaria de la crisis que los delincuentes abran y cierren una cárcel en frente mismo de su director?

No hay mejor lugar para planear tu libertad que una cárcel donde no eres condenado sino jefe.

Guatemala precisa retener a sus criminales, comenzando por los delincuentes y mafiosos más prominentes. Es imperiosa una reforma de arriba abajo del sistema de prisiones, so pena de seguir vaciando sus escasas capacidades para administrar justicia.

La Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, un organismo apoyado por las Naciones Unidas, ha puesto presión sobre los órganos de justicia para que activen la ley en un país desigual, excluyente y violento; donde todavía una minoría blanca abusiva manda a una mayoría mestiza sin derechos efectivos, con una constitución hecha a la medida de sus élites empresariales y una democracia tutelada por los militares, cuyos camiones aún pasean por la capital cargados de soldados con armas largas como si estuvieran en guerra en 1980. Es evidente que no es una tarea fácil.

Pocos días después de la fuga de la Patrona, el Ministerio Público decidió llevar a juicio por fraude al hijo y hermano del presidente Morales, alojados también en Matamoros. Es un nuevo paso para desmontar el andamiaje de corrupción que infesta al Estado guatemalteco, pero para que ese desmontaje sea eficiente, las cárceles deben mantener dentro y no fuera a los presos, como recamó Thelma Aldana, la fiscala que lideró la investigación que condenó a Pérez Molina.

En el fondo, la fuga de la Patrona hizo evidente el elefante en la habitación que nadie quiere ver: demasiada gente teme que un preso del dormitorio VIP de Matamoros salga, cualquier día y con comodidad, por la puerta grande. Es un sombrío mensaje para la sociedad de que no hay mejor lugar para planear tu libertad que una cárcel donde no eres condenado sino jefe.


Fuente: NYTimes

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