El expresidente chileno (2010-2014) y actual candidato del partido Chile Vamos, Sebastián Piñera, durante un acto político en Santiago el 30 de octubre de 2017. Piñera busca ganar su segunda presidencia en las elecciones del 19 de noviembre. Martín Bernetti/Agence France-Presse — Getty Images

A menos de tres semanas de las elecciones presidenciales en Chile, el bando que más ha crecido es el de los indecisos y desorientados, en su mayoría exvotantes concertacionistas a quienes, esta vez, no convencen ninguno de los candidatos. Muy pocos dudan, sin embargo, que el expresidente Sebastián Piñera (2010-2014) ganará las elecciones. Lo dicen varias encuestas. Hay quienes bogan por un pacto entre sus competidores de centro e izquierda para derrotarlo, pero ese mundo político atomizado está más atento a la defensa de sus intereses particulares que a un proyecto común. El resultado bien podría ser que Piñera gane con un buen porcentaje y pocos votos.

Pero hay otra consecuencia importante.

En caso de llegar a La Moneda, la derecha tiene la posibilidad de inaugurar un nuevo ciclo político, equivalente al conducido por la Concertación. Para conseguirlo debiera ampliarse hacia el centro e ir más allá de sus ortodoxias. Una derecha que se deje permear y sea atenta a los valores democráticos y liberales —ni plutocrática ni aristocrática— implicaría un salto civilizatorio para la política nacional y latinoamericana. Pondría, además, un nivel de mayor exigencia intelectual y política a una izquierda que todavía cree justificarse, más que por la calidad de sus planteamientos, por la denuncia de los abusos y la arrogancia de sus adversarios.

Desde el fin de la dictadura a nuestros días ha muerto y nacido mucha gente, el capitalismo se naturalizó y la estructura de clases sociales hija de la hacienda terminó de desaparecer. La derecha ya no tiene por qué encarnar el autoritarismo y los valores retrógrados y “cavernarios” que Mario Vargas Llosa le enrostró durante su última visita a Chile.

Sólo que para conseguir ese salto a la modernidad, Sebastián Piñera tendría que seducir a una Democracia Cristiana (o a parte de ella) que todavía lo desdeña, aunque cada vez se halle más lejana de la izquierda con la que estuvo casada por tres décadas. Para hacerlo, Piñera necesitaría darle la espalda a sus grupos más recalcitrantes, tal como lo hizo la Concertación al recuperar la democracia con aquellos que seguían coqueteándole a la vía armada y la intransigencia revolucionaria.

En Chile, aunque marginal en número de individuos, esa derecha tribal, reaccionaria y apatronada tiene todavía un inmenso poder económico y maneja la Unión Democrática Independiente, el partido más grande de su sector.

Si Piñera no gana en primera vuelta —lo que parece altamente improbable— lo hará en segunda con los votos del candidato José Antonio Kast, defensor explícito de la “familia militar” y la memoria de Augusto Pinochet. Durante su campaña, Kast ha insistido en que la derecha debe perder sus complejos ante los valores de la izquierda y lo políticamente correcto. “Yo creo en cosas simples y obvias: en Dios, en la patria, creo en la familia, en la libertad y en la competencia…”, dijo en un encuentro con los más grandes empresarios del país, y su audiencia estalló en aplausos. “Si Piñera se va a un eje liberal necesita votos y los votos de la UDI no los va a tener”, declaró su presidenta, Jacqueline van Rysselberghe.

Esta es la disyuntiva con que se las verá un posible gobierno de Sebastián Piñera: la búsqueda del sostén de unos pocos pero poderosos ultraconservadores, o la construcción de una mayoría con la que amasar una nueva cultura de derecha democrática. El dilema se plantea al término de un ciclo político virtuoso con hegemonía de la centro izquierda, mientras llega al país la mayor migración de gente de color (haitianos) que hayamos conocido en nuestra historia y cuando el conflicto con el pueblo mapuche vive momentos especialmente álgidos. Administrar la diversidad y los retos de una población que exige respeto creciente a las particularidades de sus miembros, no es algo que a la derecha le resulte fácil. Hasta ahora las huestes piñeristas se han limitado a presentarse como los verdaderos enemigos de la delincuencia, a despotricar contra la ineptitud de Michelle Bachelet y a jurar que con ellos se reactivará el crecimiento económico.

A la centroizquierda, por su parte, le esperan años de reconstrucción en medio de una profunda crisis de identidad. Sus representantes gritan y lloran sin verdaderamente postular una ruta democratizadora y justiciera que convenza. No están mirando a los ojos el mundo que ellos mismos ayudaron a construir. Mientras unos lo ignoran, otros parecen despreciarlo, como si esas clases medias que pasean por los centros comerciales hubieran traicionado al pueblo que acomoda a sus discursos  ideológicos. Los reclamos de cuando el socialismo todavía era una opción asoman con olor a naftalina. Si los jóvenes del Frente Amplio  —herederos del movimiento estudiantil del año 2011— recurren a soluciones viejas, los partidos de la Nueva Mayoría —ex Concertación— sólo cuentan con la fidelidad de quienes les deben sus puestos de trabajo.

Chile no es, por supuesto, el único lugar donde el progresismo vive momentos de extravío. Si levanta la cabeza para pedir consejo más allá de sus fronteras, lo que encuentra son otras cabezas perdidas. Les conviene reunirse, calmarse, perder el apuro y volver a pensar.

Mientras tanto, las principales movidas de la política nacional están del lado de Piñera. ¿Será capaz el multimillonario de aprovechar el vacío que le deja la izquierda para iniciar un ciclo en que la derecha tome las banderas de la democracia, dejando atrás una larga memoria de clasismo y menosprecio?

De momento parece muy difícil. El terreno está bien abonado, la semilla existe —el libre mercado ya habita en la médula de los chilenos—, pero muchos de los llamados a cultivar ese potrero se resisten a abandonar la lógica patriarcal y asumirse como ciudadanos iguales al resto.

La esperanza, en todo caso, es lo último que se pierde. Aunque también se pierde.


Fuente: NYTimes / Patricio Fernández

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *