En estos tiempos de campañas políticas los mexicanos en general nos hemos visto agraviados, por lo menos desencantados de nuestra clase política y en especial de los partidos políticos.

La razón de ese desencanto es en mi particular punto de vista, la pérdida de la función social de los partidos políticos, y ello obedece a la perversión que el Estado ha hecho de la democracia, es una cadena de eventos perversos que dados por la corrupción han creado lo que se denomina vulgarmente partidocracia.

Como dijo mi amigo Jack, vayamos por partes:

  1. a) La función social básica de los partidos es la ser la voz de los ciudadanos ante el gobierno, los partidos, por lo menos en el inicio del siglo pasado, fueron los espacios para canalizar la opinión pública. En efecto, corresponde a ellos permitir que se expresen las opiniones, pareceres y criterios de la sociedad civil y posteriormente dirigirlos a una concreción eficaz. Hoy, por lo menos en México, aun cuando es un fenómeno casi mundial, cuando no existen los suficientes controles democráticos, algunos partidos pueden apoderarse de las instituciones y constituirse en medios perversos y degenerativos. Al vicio consistente en la desviación de las actividades normales y ordinarias de los partidos en una democracia se le llama partidocracia; esto ocurre cuando los partidos fomentan prácticas clientelares, destinan los recursos de los ciudadanos que reciben del erario a finalidades distintas de las previstas y pueden, en casos extremos, llegar a aliarse con sectores contrarios a los principios democráticos. (ver: Fernández de la Mora, Gonzalo, La partitocracia, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977.)
  2. b) Una de las funciones institucionales de los partidos políticos es el reclutamiento y selección de élites, la organización de las elecciones y la formación y composición de los principales órganos del Estado, son funciones institucionales de los partidos que atienden más a la organización política que a la social. Son funciones indispensables para la integración de los órganos del Estado y, por tanto, para la existencia de la organización estatal y del Estado de derecho, sin embargo, como todo en México, la corrupción, el deseo de perpetuarse en el poder y de enriquecerse por medio de éste, hace que se tomen decisiones cupulares, el reclutamiento de las élites no se realiza utilizando métodos y procedimientos democráticos internos, es la tendencia al funcionamiento oligárquico de los partidos, así tenemos un élite privilegiada en los partidos y en el poder (véase: Michels, Robert, Los partidos políticos, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1983.)
  3. c) Los fondos de los partidos provienen generalmente de dos vías: financiamiento privado y financiamiento público. El privado deriva de los recursos de los particulares, militantes o simpatizantes, y reviste varias formas: cuotas de los afiliados, donativos, préstamos y créditos, y administración de empresas propias, principalmente de carácter editorial. El financiamiento público puede ser directo, como las subvenciones que el Estado otorga a los partidos, generalmente en proporción a su cuota electoral, e indirecto, como la cesión de tiempo en los medios públicos de comunicación, la exención de impuestos y las franquicias telegráficas y postales.
  4. d) Uno de los problemas más preocupantes en el Estado de partidos es el uso inadecuado que en ocasiones se da a los recursos. La desconfianza se alimenta por la frecuencia de las infracciones. La gravedad del asunto se manifiesta en el cuestionamiento de las tareas de los partidos y, a veces -que es lo más preocupante-, en una actitud de duda o desilusión sobre las democracias representativas, sin que se proponga otro tipo de régimen alternativo y superior. Aquí, donde hay dinero, se dan los escándalos, pero ese no es el problema en sí, sino la falta de control del Estado sobre los partidos, en mi parecer es al contrario los partidos controlan al Estado.
  5. e) Al perder el partido hegemónico el poder en 2000, ya había perdido el control total del Congreso en 1977, se perdió también el control sobre los actores políticos que ya sin una disciplina partidaria férrea como tuvo Salinas del 88 al 94, y al definir Zedillo que “la línea es que no hay línea”, los gobernadores tomaron las riendas de la política, pero no unidos, cada quien por su lado (ver Genaro Villamil, “Ruptura en la cúpula”, Ed. Plaza y Valdez,2000), además entraron otros actores, algunos buenos como los empresarios que impulsaron a Fox, y otros malos como el Narco, que dan dinero a los políticos para sus campañas pero a cambio de algo. Así como Fox compro la franquicia del PAN para su candidatura, otros han comprado la franquicia del PRD, como en el caso de Iguala y muchos municipios de Michoacán y Tamaulipas; La maestra del horror, Elba Esther, compro su propio partido y los dueños de las distribuidoras más grandes en México, de Medicamentos, tienen su partido familiar, el PVEM, que ni es verde ni es ecologista. Y todos esos partidos más otros hasta completar los 10 que hay con registro gozan de nuestro dinero, y será difícil que lo suelten.
  6. f) Al ser los partidos los que se dan sus propias leyes en el Congreso, incluyendo claro su propio financiamiento, ellos se distribuyen el poder por cuotas en cada órgano de gobierno y en cada “organismo autónomo”: así vemos que si el presidente quiere una ley, tiene que acordar, cooptar, convencer, y para ello la compra o el convenio es el mecanismo más usual, así que los partidos pueden poner condiciones según su número de miembros en el Congreso. El Estado esta capturado (véase la “Captura del Estado” en las ediciones del Banco Mundial).

Ante este panorama, la desilusión por la democracia es mayor cada día y lo será mientras esto no cambie, porque se gobierna y legisla para las élites, nacionales o extranjeras, no para el pueblo, no hay gobierno del pueblo para el pueblo, ni cosa que se le parezca.

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