Recuerdo cuando era niña, sacar la caja de colores Prismacolor y acomodarlos por número, leer los nombres de cada uno como algo único. Uno de los que más me llamaba la atención era el color bermejo, un tono entre rojo, anaranjado, con un tono como de rosita; un color casi imposible de describir más que en la naturaleza, en esas imágenes espectaculares de la llegada o la salida del sol, donde el cielo se pinta por unos momentos de unos tonos únicos. Ese color que en muchas ocasiones se quedaba intacto, obviamente sufría de la sacada de punta, un ritual único después de abrir la caja, pero que después era complicado aplicarlo, también lo recuerdo un poco más cremoso que los demás, como una especie mantequilla que se derretía al contacto de la hoja y que era muy fácil de contaminar con otros colores. La exposición Mar Bermejo de Francisco Larios en la Galería Hilario Galguera evoca a esas imágenes de la memoria que casi son invisibles en nuestra mente y que, sin embargo, con un pequeño destello regresan como si hubiera sido ayer que las vivimos.

Francisco Larios (Sonora, 1960) creció cercano a lo que Jacques-Yves Cousteau llamaría “el acuario del mundo”, por su magnífica diversidad biológica, la abundancia de la luz y sus aguas cristalinas, pero en lo que se focaliza en su exposición es en una reflexión biográfica de haber crecido entre la frontera de la tierra y del mar, ese paisaje donde hay un encuentro entre lo real, los sueños, la imaginación, el ingenio y hasta en cuestiones matemáticas desplegadas a lo largo de la exposición, ya sean como figuras que flotan en la atmósfera hasta en pinturas que parecen diagramas de computadoras, como si estuviéramos frente a un lenguaje en el que sabemos que dice algo pero no acabamos de conocer cómo se lee.

Mientras que al inicio de la exhibición vemos una serie de impresiones “Buques fantasmas”, en los que a veces alcanzamos a ver la silueta y en otras ocasiones la vista le toma su tiempo para poder percibir; donde el mar es más negro que la noche, y donde la impresión nos deja la sensación como de un puntillismo; poco a poco las olas se apoderan en la serie “Ola rompimiento” y leemos el texto del artista Leo Marz (Jalisco, 1979) “Me gusta creer que la memoria se comporta como esa humedad penetrante que lentamente lo impregna todo”. Es muy curioso, y no, que hace algunos días en Cuarto de Máquinas se presentaba la exposición: “La nueva onda del silencio”, curada por Esteban King, con obras tanto de Francisco Larios, como de Leo Marz, Yolanda Ceballos, Tahanny Lee y Marcos Treviño. En ambas muestras vemos la noción de un movimiento en comunicación con la naturaleza, de una cuestión matemática de la misma, ya que el silencio no tendría de porque generar onda, pero en la realidad es que si genera una reacción, en muchas ocasiones introspectiva, que me lleva a pensar en John Cage y su “4:33” de silencio, pero al mismo tiempo ese significante tan particular es difícil encontrarlo en un estado salvaje, imposible en el mar con las olas rompiendo constantemente que se vuelve una melodía o en la ciudad con el pasar de los carros, el silencio se vuelve un estado utópico de contemplación.

Los murmullos, regresan en forma de poesía espectacular en la obra de Larios en una serie de fotografías de espectaculares: “y al ruido del agua se ahonda mi pena y solloza mi alma”, el mar se vuelve una especie de camposanto de las historias que se han perdido, de los objetos que se van al fondo o se quedan flotando como recuerdos de lo que fueron. Así, el cuerpo escultórico de la muestra de Larios se puede dividir en dos: en pequeñas maquetas de esos recuerdos de restos de barcos, o en la creación de volúmenes geométricos; como cuando de pequeños queríamos dibujar los copos de nieves como asteriscos que flotaban en las hojas de papel.

El espacio principal de la Galería se llena de pinturas que funcionan como códices, retablos de ideas que son una constante en la producción de Larios. Pinturas abstractas que exploran de manera reflexiva, a partir de cada uno de los detalles y la unicidad de cada una de ellas una relación entre la fe, la voluntad y el destino. En efecto, la sala se vuelve a convertir en un altar, en un centro de meditación perfecto entre lo que hay dentro del cubo blanco y lo que hay afuera, ahí se alcanza ese silencio introspectivo que replica tanto en el texto de Marz: “Lo esencial más bien, está en aquello que, aunque observamos con el filo del ojo, suele ser imperceptible: las huellas y fragmentos que se desprenden de nuestro paso” y en su instalación en el Cuarto de Máquinas donde la onda se hace visible en todo el espacio, y juega con nuestra mirada de una manera inquieta y seductora, con pequeños tonos de colores: azules, amarillos, verdes, rojos…

La comunicación entre ambas exposiciones funciona de manera perfecta, claro se ve evidentemente una armonía entre ambos artistas, una complicidad que solo es posible por esas huellas casi transparentes de un ambiente diferente a la Ciudad de México, se sienten como bocanadas de brisa salada en el aliento al llegar al mar, es ese presente que menciona Marz como un parpadeo  en la historia del tiempo.

 

Sobre el autor

Ximena Apisdorf Soto

Ximena Apisdorf Soto

Twitter

Maestra en Arte, con especialidad en Art Business por la Universidad de Manchester y egresada de la Licenciatura en Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se enfoca en la creación de mejores relaciones para el intercambio de instituciones nacionales e internacionales. Actualmente, trabaja para el Barroco Museo Internacional, el cual será inaugurado en 2016 en Puebla y como consultora de relaciones internacionales con las asociaciones como la Asociación de Directores de Museos de Arte (AAMD por sus siglas en inglés) y Bizot para el Museo del Palacio de Bellas Artes. En 2014 fue coordinadora operativa de la 2da. Bienal de Arte Veracruz, para la creación y difusión de artistas del estado. Desde el 2011 se ha especializado en arte contemporáneo latinoamericano y su difusión en las plataformas digitales como fundadora y editora del blog Tildee.info. Escribe para las publicaciones especializadas: Flash Art, Revista Código, Artishock, entre otras. Ha trabajado en instituciones públicas y privadas, enfocada en la coordinación estratégica, operativa y de comunicación; tanto en México como en Estados Unidos; entre los que destacan: el Museo Nacional de Arte, el Museo Tamayo, Proyectos Monclova, I-20, Casey Kaplan Gallery, Prospect 2.5. Ha impartido clases para la Suprema Corte de la Nación (2007) y el Instituto Realia (2014). En el 2008 curó y coordinó la primera exposición de arte contemporáneo en el Museo Diego Rivera Anahuacalli: “Elefante Negro: Arte Contemporáneo”, en la cual participaron 21 artistas de 10 nacionalidades diferentes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *