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¿Papa contra el capitalismo?

 

En un programa de tv, el periodista Andrés Oppenheimer entrevista al profesor Ricardo Hausmann, sobre los discursos del papa Francisco (26-09-15). Hausmann señala que el papa está equivocado al promover con sus discursos una menor explotación de los trabajadores; afirma también que, por ejemplo, los trabajadores independientes no pueden progresar, porque no pueden competir y una proporción mayor de trabajadores en las empresas da como resultado una disminución de la pobreza.

“Al interior de cada país, las mediciones del bienestar están fuertemente relacionadas con la proporción de la fuerza laboral que trabaja en la producción capitalista. En el estado mexicano de Nuevo León, dos tercios de los trabajadores tienen empleo en empresas privadas, mientras que en Chiapas la proporción es sólo uno de siete. No sorprende, entonces, que el ingreso per cápita sea más de nueve veces más alto en Nuevo León que en Chiapas. En Colombia, el ingreso per cápita es cuatro veces más alto en Bogotá que en Maicao. Tampoco sorprende que la proporción de empleo capitalista sea seis veces más alta en Bogotá.”[i]

“El problema más fundamental del mundo en desarrollo es que el capitalismo no ha reorganizado la producción ni el empleo en los países y regiones más pobres, con lo que la mayor parte de la fuerza laboral ha quedado fuera de su ámbito operacional.

Como lo han demostrado Rafael Di Tella y Robert MacCulloch, los países más pobres del mundo no se caracterizan por tener una confianza ingenua en el capitalismo, sino una completa desconfianza, lo que lleva a fuertes demandas de intervención gubernamental y regulación del comercio. Bajo esas condiciones, el capitalismo no prospera y las economías permanecen pobres.”

Pero, dejando atrás el análisis de estas afirmaciones, que en resumidas cuentas, lo que proponen es que todo el mundo debe ser empleado de los grandes capitalistas para progresar, -como la metáfora del perro del rico que tiene grandes sobras que disfrutar, mientras que el perro del pobre ni huesos puede roer, ya que el amo no tiene para carne- debemos centrar el análisis en el mensaje del papa, que no busca eliminar el capitalismo, sino moderar la explotación y sobre todo aminorar la desigualdad.

El papa Francisco condenó con fuerza el ansia por bienes materiales y poder, advirtiendo a los líderes mundiales, reunidos en Naciones Unidas, que la codicia está destruyendo los recursos naturales de la Tierra y agravando la pobreza, y denunció el narcotráfico que “silenciosamente” mata a millones de personas.

El viernes 25 de septiembre llamó a frenar el “abuso” hacia los países en desarrollo, pidió a los “organismos financieros internacionales velar por el desarrollo sostenible de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios”, que “lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia”, recalcó.

“Los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia”, señaló.

“Este mínimo absoluto tiene en lo material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad de espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y todos los otros derechos cívicos”

El Pontífice planteó la necesidad de crear “un marco moral para la política mundial” con la finalidad de evitar “la cultura del descarte” que no es otra cosa que la exclusión económica y social que deja fuera del acceso a los satisfactores indispensables a una gran parte de la población.

No descalifiquemos el discurso del papa, por provenir del máximo jerarca de la Iglesia católica -que es lo primero que hacemos cuando no estamos de acuerdo con alguien, sin ver si sus ideas son buenas o malas, sino por quien las emite, como decía mi padre cuando el “tío jusa”, Jesús, un ebrio empedernido, nos daba consejos sobre la vida, cómo puede dar consejos quién no los sigue– aun cuando esta institución se ha caracterizado por la opulencia y boato con que viven sus altos jerarcas, como los históricamente célebres Borgia, y otros más. Incluso, el propio Francisco, el año pasado, conminó al obispo de Nueva York a renunciar a sus lujos; pero eso es otra historia, reitero que no descalifiquemos el discurso por eso.

Yo he comentado aquí, que uno de los problemas de la crisis mundial es la falta de consumo. El consumo estimula la oferta, pues la demanda obliga a producir más, con ello se genera empleo y dinero en los bolsillos de quienes demandan productos para consumir, ¿pero cómo va ha haber consumo si la gente carece de empleo, o si los salarios son raquíticos – a propósito, se anuncia con mayúsculas, que se homologa el salario mínimo en todo el país a $70.10 pesos, cuando la línea de  la pobreza es de 4 dólares por persona, no por familia, es decir unos 78 pesos por trabajador-, si en una familia trabajan al menos padre y madre o madre e hijos, porque no alcanza con un mismo sueldo, pues debería ser de 156 pesos al día, para seguir viviendo en la pobreza, no para salir de ella. La solución a la crisis mundial, incluyendo la nuestra, radica en aumentar el ingreso de los trabajadores, no en aumentar el monto de los capitales.

Pero ¿cómo se me ocurre pensar que los empresarios, por su voluntad, van a renunciar a mayores ingresos, aumentando los salarios?, si lo que desean es aumentar sus ganancias, el lucro, exigiendo además mayor productividad a los trabajadores, aun cuando no se invierte en mejor tecnología.

Pero ¿cómo se me ocurre a mi, un gato (eso sí, de angora) contradecir al Dr. Hausmann, director del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard?, pues ni modo, la diferencia entre la productividad de Nuevo León y la de Chiapas, es que en Monterrey se invierte en tecnología para un mercado exterior; un trabajador, en California o Chicago, puede, apretando solo un botón y alimentando de materia prima una máquina, hacer más sobres de café soluble, que un campesino con una pica en vez de arado, y con una cuchara y sus manos, sembrar, colectar y producir granos de café, que además le son pagados por kilo (34 pesos) en menor cantidad que lo que cuesta una taza del producto en Europa (5 euros).

[i] Hausmann.- ¿Es el capitalismo la causa de la pobreza?, 21 agosto 2015 Publicado originalmente en Project Syndicate

Eduardo Escutia

Eduardo Escutia

E. Eduardo Escutia J, es maestro en Administración Pública por el INAP, Licenciado en Administración por la UAM; curso la Licenciatura en Sociología en la UNAM y ha realizado diferentes cursos y diplomados. Laboró por más de 35 años en el sector público y es asesor de diferentes Organizaciones como la Caja de Previsión y Ahorros del Sindicato del IMSS, fue asesor investigador externo del Instituto Belisario Domínguez, de Investigación Legislativa del Senado de la República, ha realizado diferentes investigaciones y estudios para el sector público y fue docente de diferentes universidades públicas y privadas desde 1978 a 2012
Es un apasionado de los temas de la Democracia, la Gobernabilidad y las políticas públicas.

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