Las últimas semanas, después de ver varios memes con el Chicharito Hernández en la banca del Real Madrid y haberme reído con algunos de ellos, pasé a una etapa de reflexión, y luego sentí algo de enojo.

Afortunadamente no era el único, algunos columnistas y deportistas como Andrés Guardado también expresaron su extrañeza al ver que el ingenio nacional se enfocaba a denostar el esfuerzo de nuestro compatriota. Sus detractores se dedicaron a pronosticar que no tendría éxito en su nueva aventura, como brillantes gurús de sillón. Pero Chicharito rápido anotó su primer golazo con el Madrid y entonces los memes cambiaron, ya lo ven con buenos ojos.

¿Qué tiene que ver esto con una joven de nombre Paola Longoria? ¿Estoy por escribir una columna más sobre la personalidad del mexicano y la leyenda de Hugo Sánchez en el Real Madrid? No, hoy quiero escribir sobre algo verdaderamente bello: Ganar.

Y aclaro que yo no pienso como Vince Lombardi, aquel coach de los Green Bay Packers que dijo que ganar no es lo más importante, sino lo único. Es sabido que el costo del “éxito” a cualquier precio es la propia salud, muchas veces mental, del deportista. Como las clavadistas chinas; niñas que a sus trece años ya perdieron la capacidad de sonreír cuando logran un clavado casi perfecto, porque no fue perfecto.

Entonces ¿dónde queda el ganar? Si el triunfo no debe ser algo que nos cause envidia, ni debe ser una obsesión. ¿Entonces qué es? Mi respuesta es clara. Es una belleza.

En México tenemos un buen ejemplo. Paola Longoria es una joven mexicana, raquetbolista profesional, la mejor del mundo. Actual campeona mundial, rankeada número uno. Ha sido campeona panamericana, campeona centroamericana, campeona nacional ocho años consecutivos, bicampeona mundial, tricampeona mundial en dobles y poseedora del record absoluto de mayores triunfos consecutivos. El domingo pasado ganó su partido 145 al hilo y obtuvo su título número 36.

Ha hecho de ganar más que una bonita costumbre, un estilo de vida.

No es tan famosa como han sido otras deportistas. Su carrera no es la historia de un vertiginoso ascenso, seguido de inmensa fama por un breve periodo, un bajón de nivel y luego el retiro por la puerta de atrás, al estilo de Ana Guevara.

Tampoco es famosa por haber aparecido en la revista Playboy como Mariana “la Barbie” Juárez, aunque probablemente ya haya recibido ofertas de este tipo, dada su natural belleza. Pero sí apareció en la revista Forbes, quien la considera una de las 50 mujeres más poderosas de México, junto a mujeres como Carmen Aristegui y Elena Poniatowska.

Lo que nos aporta la carrera de esta mujer mexicana, es que no hay por qué tener pena de ser un ganador. Se puede tener patrocinadores y seguir concentrado en el deporte, los entrenamientos y los resultados.

Es posible ser mejor deportista que las norteamericanas, como en el caso de Paola, que tiene debajo suyo a la segunda, tercer y cuarta mejores del mundo, todas nacidas en Estados Unidos o en países con mayor apoyo al deporte.

Pero sobre todo, no hay por qué acostumbrarnos a las historias de derrotas gloriosas. No hay por qué conformarnos con que “no era penal”, “ya estamos entre los mejores del mundo”, “esto es un proceso y sólo nos hace falta dar ese paso”, “vine a competir contra mí mismo”, “le robaron el triunfo”, “estuvimos a cinco minutos de hacer historia” y uno que últimamente está muy de moda “desafortunadamente no se dio el resultado, pero no lo considero un fracaso”.

Siempre ha habido mexicanos que sí son exitosos y que no tienen por qué ser simpáticos o guapos para ser los mejores, como Hugo Sánchez o Juan Manuel Márquez. También sabemos que existen mexicanos jóvenes, bonitos y carismáticos que tienen éxito, aunque a veces pasen por malas rachas, como el Chicharito Hernández.

Pero lo que me encanta de la carrera de Paola Longoria, es que además de ser joven, bonita y carismática, hace lo que le gusta, es la mejor y le da orgullo serlo. Tenemos mucho que aprenderle.

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