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Palabra y democracia

Hoy sabemos que no hay democracias perfectas en el mundo. La transición democrática que la mayoría de los mexicanos decidimos tener después del proceso electoral de julio pasado vendrá llena de imperfecciones que en la marcha tendrán que irse afinando para que su funcionamiento sea el óptimo.

Edgar Morin el filósofo francés hace algunos años decía que “el hombre debe ser enriquecido por sus propias contradicciones”. Esto no se ha tomado en cuenta para valorar los discursos políticos tanto del presidente electo Andrés Manuel López Obrador como los de sus colaboradores cercanos y no tan cercanos. La frivolidad y la resistencia hacia lo que diga el líder político han predominado.

La nueva clase política del país su organización y sus discursos deben ser entendidos no sólo desde lo que se dice, sino de lo que se puede interpretar de lo dicho. Si no se hace un trabajo de reflexión entre el discurso político y la realidad posible, se significa de manera literal las declaraciones y entonces vienen las descalificaciones, los enjuiciamientos y las valoraciones equivocas del discurso político. Hay que comprender el mensaje como es y no solo a como convenga a los intereses de opinadores y analistas.

En los últimos días se hizo mofa del término usado por AMLO al referirse a los reporteros con el término corazoncitos. Los sitios digitales que retomaron el caso fueron muchos desde los que lo tomaron sin mucha importancia hasta los que se sintieron muy “ofendidos”. En campaña el político fue muy atacado porque mencionó la palabra amnistía. Por no interpretar correctamente se tergiversó la idea y el contexto de lo dicho lo que generó polémica.

Nombrar al mundo social desde la política y su problemática no es sencillo. Siempre es importante considerar los contextos en que se hacen las declaraciones. No olvidemos que no hay político inocente y periodista tampoco. Al final cada quién oye lo que quiere oír. AMLO se refirió a una economía en bancarrota y de inmediato salieron los empresarios a cuestionarlo. En verdad no hay conflicto semántico, lo que hay es malicia, propaganda, puntos de vista, política.

Creo que no podemos pasar a un nuevo régimen político si vamos a estar poniendo en tela de juicio lo que se dice o no se dice, o la forma en cómo se dice. Hay cosas en la democracia mucho más importantes que las formas de hablar de los políticos y los analistas que los interpretan. El nuevo proyecto de nación y las formas en que se va a operar es lo importante creo yo.

El filósofo Oscar de la Borbolla lo ilustra muy bien en su libro El arte de dudar: “Me resulta inconcebible que la gente esté ciega o peor aún, que solamente vea lo que quiere ver, que los argumentos no valgan, que las pruebas en contra no prueben nada y que, cuando se les pone delante los hechos, los miren nuevamente desde el ángulo que vuelve a dejarlos encerrados en sus creencias previas”.

Interpretar lo que dicen los políticos y sus críticos es una obligación ciudadana de los nuevos tiempos mexicanos. Es un compromiso que debemos asumir los ciudadanos cada vez que nos enfrentamos a una noticia, a un rumor, a una declaración, a un juicio o a un prejuicio. Lo menos que podemos preguntarnos es: ¿esto es verdad o es mentira? Las respuestas pueden tener varios puntos de vista para afinar perspectiva y esto no puede hacerse al margen del debate político, del debate ciudadano.

En el debate está el ordenamiento de ideas y su certeza. En el no estar de acuerdo con el otro es en dónde la palabra, la comunicación política también vive. En la capacidad de argumentar de disentir, de reflexionar y de inferir lo que puede significar en sus contextos los decires de la clase política y sus analistas.

La confrontación de la palabra no es sólo estar en desacuerdo con otros, es un compromiso de los usuarios del discurso para llegar, desde las diferencias, a mínimos acuerdos. Creo que la nueva democracia que estamos experimentando necesita más de estrategias para hacer que la diferencias coincidan, a que cada quien piense lo que le dé la gana y vivamos en conflicto. Armonizar las diferencias también es un propósito de la comunicación política.

Las declaraciones de los políticos hay que entenderlas así, como declaraciones, como ideas en circunstancias muy concretas. No son palabras sagradas, no son palabras inmutables. Eso es parte de la imperfección de la democracia en todo el mundo. Aprendamos a interpretar, a comprender al hablante que ejerce el poder y dejemos de hacer berrinches o de indignarnos por lo que solo, a fin de cuentas, son palabras.

Fernando Molina López

Fernando Molina López

Periodista y comunicólogo. Aficionado al debate y al análisis. Docente e investigador puma. Gusta del café, la música y las conversaciones constructivas.

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