Hace unos días, platicaba con un amigo y me hacia una muy buena pregunta: En el caso de tener un conocido extranjero que viniera a México, ¿qué estado le recomendaría?

El extranjero en cuestión, tendría pocos días, poco dinero y sin embargo, quiere conocer a profundidad –en la medida de lo posible- a México.

Pasamos del D.F. –el chilangocentrísmo por delante-, a Quintana Roo, Baja California Sur, Jalisco, Nuevo León, Veracruz, etcétera.

Cada uno de estos destinos enmarcaba a la perfección una parte del mosaico pluricultural mexicano; sin embargo, siempre surgía un déficit que lo descartaba casi de facto.

Sin embargo, en algún momento hablamos de Oaxaca, -estado en el que pasamos el fin de semana pasado- y definitivamente tal entidad podría ser fiel representante del mosaico que llamamos México.

Acudimos a la tradicional celebración de la Guelaguetza o Lunes del Cerro; donde grupos folklóricos de las 8 regiones del Estado, ataviados con vistosos trajes típicos realizan una fiesta que nadie debe perderse, se las recomendamos.

Además de la celebración, que no será motivo de este texto, en su capital encontramos claras muestras de cultura prehispánica; por ejemplo, Mitla o Monte Albán, en cuyas festividades aún puede sentirse la fusión entre la cultura peninsular e indígena.

Por otra parte, la amabilidad y hospitalidad de la gente oaxaqueña refleja lo mejor que tenemos para quienes nos visitan. La comida es excepcional, y los mercados llenos de colores lo muestran con su variedad de chapulines, gusanos, queso, mole y por supuesto, mezcal.

Otras características de dicho estado que me vienen a la mente son sus blusas floreadas y bordadas a mano, o sus alebrijes –aunque algunos digan que es invento chilango-.

También está la oferta cultural que lo representa, desde Toledo y sus causas sociales a un Andrés Henestrosa con sus letras cargadas de política; Rufino Tamayo y sus murales o Lila Downs, que no necesita presentación.

Su sierra también muestra parte de México, lo inhóspito que puede ser el territorio mexicano, pero que a pesar de todas las adversidades dio fruto a culturas y a una riqueza artística envidiable. Sus playas son sencillamente hermosas y cruzan de la modernidad a lo nativo. Del gran resort a la hamaca con cervezas calientes.

Sin embargo, está la otra representación, la de la historia que nos niega, la de la historia que nos voltea la cara. La que lacera, lastima y duele. La pobreza de nuestros indígenas y la falta de oportunidades para que superen la brecha social, educativa y tecnológica.

La mendicidad inoportuna del restaurante; la injusticia en la distribución de los ingresos; el gobierno corrupto, incompetente y cínico, la educación cooptada y chantajista; la búsqueda del crecimiento sin desarrollo; la bonita cara para el turista, la espalda para el jodido.

De comenzar con una propuesta para un turista y un viaje sin mayor pretensión que bailar, sonreír y beber en La Candela, mutamos al México Bárbaro, ese que no olvida las promesas ni tampoco las exige. Esa sociedad cautiva que simplemente ve pasar la riqueza por sus narices. Mientras tanto, Oaxaca aguarda, México también.

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