Mi tatarabuelo, un estereotípico emigrado escocés (ojiverde, pelirrojo y anglófobo), se ponía colorado como un tomate, absolutamente furioso, cuando le llamaban “inglés”. Tanto, que espetaba a su impertinente e ignorante interlocutor (por lo general, un campechano, pues había cambiado las montañas azules de Alba por el azul del Golfo): “¡¿Acaso todos los mexicanos son yucatecos?!”.

Otra anécdota familiar, igualmente apócrifa, sin embargo, matiza el orgullo nacionalista que hacía andar de kilt al oriundo de Lochleeen pleno San Francisco de Campeche decimonónico. Y que explica, quizás, cómo mi propio malinchismo, irónicamente, no me viene de ancestros mexicanos… Suspirando, bajaba los hombros y confesaba: “Escocia es un país tan despreciable y bueno para nada, que se dejó conquistar por ese gran saco de escoria llamado Inglaterra”.

Supongo que, de andar vivo hoy día, se hubiese plantado frente a la embajada británica, en la colonia Juárez, con la bandera de la cruz de San Andrés o pintarrajeado un YES con aerosol azul sobre la banqueta. Yo, que no tengo vela en ese entierro y que de escocés me quedan nomás el apellido, la calvicie y tres pelos rojizos en la barba, no he sabido bien a bien qué pensar. O, de haber podido, qué votar.

Por un lado, están el afán nostálgico del tatarabuelo inmigrante, el tartán familiar o la licorera con Scotch en la biblioteca; la imagen folklórica de los límpidos lagos, los cielos brumosos, las gaitas pastoriles, las Highlands siempre verdes; la curiosa mezcla de sabor céltico norteño y, especialmente, la larga, accidentada y distintiva historia de un pueblo guerrero y tozudo que, como bien presume su himno nacional, resistió los embates de Roma, Dinamarca e Inglaterra.

Sin olvidar a los grandes personajes: desde las testas coronadas, como la malévola y mítica pareja Macbeth o Robert Bruce, María Estuardo y Jacobo I; los fílmicos rebeldes Sir William Wallace y Rob Roy; pasando por los grandes pensadores Adam Smith, David Hume y Thomas Reid; o escritores, como Sir Walter Scott, Lord Byron, Sir Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson; hasta los inventores, Lord Kelvin, Sir Alexander Fleming, Alexander Graham Bell y James Watt…

Lo cual quiere decir que las reivindicaciones independentistas de buena parte de los escoceses (y de su partido dominante) no son un mero resabio del sentimentalismo, aderezado por producción hollywoodense, que vimos en la Braveheart (1995) de Mel Gibson. Se trata de una identidad distinta que nunca fue del todo subsumida por la unión con el reino de Inglaterra en 1707. Al menos no para quien sepa que Inglaterra nunca ha sido sinónimo del Reino Unido de Gran Bretaña.

Mas, probablemente, debido al tremendo éxito económico, militar y político de Gran Bretaña durante casi trescientos años, con la revolución industrial, en las guerras napoleónicas, su imperialismo global, el desarrollo del capitalismo y la democracia liberal, la victoria en dos guerras mundiales, una descolonización no tan turbulenta… las apariencias eran las de un país, otro estado-nación más, y no las de una unión dinástica, económica, política y, hasta cierto punto, cultural de dos países claramente diferenciados.

Sin embargo, tiempo ha que terminó la era de la Pax Britannica y el sol se puso, ineludiblemente, también sobre el Imperio más grande que el mundo jamás ha visto. Así, el aglutinante imperial, el “Rule, Britania! Britania rules the waves!”, lo mismo que la convicción común protestante (incluso a pesar de las diferencias históricas de la High Church y la Low Church) debido a la secularización, han ido erosionando el proyecto estatal británico. No sorprende, por tanto, que, debajo del barniz de la unión, se entrevea ya la pintura original…

Quizá resulte más elocuente mi punto examinando el caso irlandés. Irlanda nunca fue un reino independiente ni su casa real subió al trono inglés y apenas si tuvo un papel secundario en el proyecto imperial británico. Más bien, uno de claro sometimiento. Si a esto sumamos una larga historia de agravios, injusticias y la marcada diferencia religiosa, se explica su pronta y cruenta independencia.

Mas si, a pesar de compartir la misma lengua y cierta cultura, rara vez alguien se refiere a Samuel Beckett, Seamus Heaney, James Joyce, Oscar Wilde, Bram Stoker, George Bernard Shaw o William Butler Yeats como británicos (mucho menos, ingleses), ¿por qué Escocia sería un caso radicalmente distinto?

Existen, entonces, una historia distinta y una identidad cultural propia escocesas. Como también hay diferencias políticas sustanciales entre la liberal Escocia y la más conservadora Inglaterra, como la distribución de los ingresos petroleros o la estrategia de defensa nacional (la oposición generalizada a la posesión de armas nucleares de varios partidos). Se entiende, pues, que llegue a cuestionarse el status quo y se torne válida la pregunta: ¿conviene mantener la unión hoy, cuando el proyecto británico ya no obedece a su propósito original e histórico de los últimos 300 años?

Los escoceses votaron “no” en un referéndum el 18 de septiembre de 2014. Probablemente, por la incertidumbre económica y de política exterior que la disolución de la unión les habría acarreado. Al final del día, pesaron más las consideraciones de orden práctico que las de orden simbólico o cultural. Porque la unión económica es difícil remontar, porque las diferencias políticas no parecen irresolubles dentro de la estructura constitucional vigente, porque hay una historia de relaciones relativamente armoniosas que dura ya tres siglos y porque incluso una independencia insular y dentro del marco de la Commonwealth con idéntica monarca desafía el significado del término mismo.

No sucede nada parecido con Cataluña. Apenas 1.1% de la población habla el gaélico autóctono escocés, con lo que las diferencias culturales son menos marcadas y, sobre todo, de menor beligerancia. Salvo episodios aislados como una breve e infructuosa prohibicón del kilt en el siglo XIX, Escocia no ha tenido ni remotamente relaciones tan tirantes con el centro inglés como los catalanes con el centro castellano. Mientras que, en el siglo XVII, fue una dinastía escocesa la que gobernó Inglaterra, en el XVIII, los catalanes vieron abolidos sus fueros y autonomía por el despotismo borbónico, cosa que no cambiaron ni el centralismo liberal ni la tiranía franquista. Al tiempo que los dos factores aglutinantes de la unión hispana, la religión y la Corona, perdían peso y legitimidad. Por si fuera poco, es mucho más probable el éxito económico de una Cataluña independiente que de una Escocia emancipada.

Ahora bien, por un lado, se augura la extinción de esos entes ficticios llamados Estados-nación (la organización en Estado de un pueblo que comparte territorio, lengua e historia), mediante ciertas tendencias a la descentralización política (las autonomías españolas, el parlamento escocés, el small government de los libertarios, los municipios autóctonos y los “usos y costumbres” en México, etcétera); el creciente cosmopolitismo y multiculturalismo de las sociedades posmodernas; la independencia de facto de las grandes corporaciones transnacionales; la creación de superestructuras de cooperación internacionales (la ONU, el FMI, el Banco Mundial, la UE, los tratados de libre comercio, los tribunales internacionales, etcétera); auge de movimientos comunitarios; el fracaso palpable de falsas “naciones” en África, Oriente Medio y América Latina; o incluso la democratización atomizada de la información (las redes sociales, los sitios de contribución abierta) o la violencia (el crimen organizado y el terrorismo).

Y, paradójicamente, por otro, vemos reforzados a esos mismos Estados mediante vencidas geopolíticas (las grandes corporaciones pueden tener todos los trillones que quieran, pero los Estados tienen armas nucleares), aparatos de control biopolítico cada vez más sofisticados (proliferación de cámaras, espionaje cibernético, leyes migratorias crecientemente restrictivas), el estatismo redivivo mediante rescates y subsidios (que apuntalan a un Mercado al que no le basta su “mano invisible”), la pretensión estatal de aquellas superestructuras diseñadas originalmente como marcos de cooperación que alberguen la diversidad (la unidad ecnómica, militar, penal y de política exterior europea, con su moneda, tribunales y constitución únicas) y, por supuesto, la destrucción de Estados-nación de gran tamaño a través de su fragmentación… en Estados-nación pequeños…

A final de cuentas, este asunto de las independencias es una oportunidad para repensar el estado de las cosas: los fines que perseguimos como comunidades políticas, los medios que utilizamos para resolver problemas compartidos, el peso que tienen las propias raíces puestas en la balanza de los ideales a que aspiramos, la versión que tenemos de nuestra historia… ¿Cuál es la validez actual de un proyecto llamado “España” o “Reino Unido” o “México”? ¿De dónde surgió esa idea, cómo y para qué? ¿Seguimos siendo fieles a esas raíces o éstas son ya caducas, y estorban ahora para los nuevos fines? ¿Debemos siquiera de intentar mantener una continuidad histórica por la idea en sí misma o hay otras razones? ¿Tenemos la coherencia de palabra y obra suficientes para mantenerla viva?

También, hay que preguntar sobre lo pertinente de referenda como éstos, pues acarrean los problemas típicos de la democracia directa. De haber ganado el “sí” en Escocia, por, digamos, 51%, ¿qué clase de independencia sería aquélla con la cual la mitad no está de acuerdo? Al menos, si compramos ese gran supuesto moderno de que la legitimidad pasa necesariamente por la voluntad ciudadana.

Como bien denuncia Giovanni Sartori, la apariencia “mediocre” de la democracia representativa, donde el ciudadano delega el poder con su voto, se da precisamente porque una decisión pasa siempre por la negociación: nadie se sale en todo con la suya, ha de transigir en algo. Se aprueba lo posible, nunca lo ideal. En la democracia directa, en cambio, se trata de un “sí” o un “no” absolutos, sin componendas. Hará falta, ahora, ver cómo lidia el 45% proindependentista con su ciudadanía británica.

En efecto, los nacionalismos pueden ser versiones laicas de liturgias y mitologías religiosas, proclives a las mismas patologías y excesos que la religión, como bien demostró el siglo XX. Mas encuentro reconfortante el que, hoy por hoy, se reivindiquen políticamente símbolos, historias, lenguas, tradiciones y no sólo cuestiones útiles (desempleo, seguro médico, impuestos, inversiones…). Incluso si uno no está de acuerdo con los movimientos autonomistas o independentistas, valdría la pena preguntarse si no han nacido porque hemos permitido reducir la política a lo prosaico, al hoy, a la mera eficiencia y dedicado nuestra atención sólo a las cuestiones materiales, dejando de lado que no sólo de pan vive el Hombre.

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