Ignoro si sea coincidencia o más bien el origen del mal que hoy señalo, pero la historia del México independiente comienza con un grito y en bola. Si los primeros insurgentes, además, hubieran llevado la camiseta de la selección nacional y cantado “Cielito lindo”, sería el cuadro perfecto: la viva imagen de nuestro patrioterismo edulcorado, escandaloso e irresponsable, que pasa por nacionalismo o, peor aún, por identidad nacional.

En efecto, la turbamulta apresuradamente reunida a campanazos por el cura Hidalgo y sus capitanes amateurs gritó y se lanzó “en bola” a “coger gachupines” sin saber bien a bien por qué. En el mejor de los casos, obedeciendo a consignas más o menos generales nacidas de la indignación contra la corrupción (el “mal gobierno”), resentimiento contra la clase política (los “gachupines”) y una larga lista de agravios e injusticias. Casi como las quejas cotidianas en los medios o los lugares comunes de sobremesa de hoy.

Y, como en nuestra época, la inmensa mayoría no podía o no quería comprender el porqué de fondo, por lo que ignoraba así, el cómo solucionarlo. La salida fácil, entonces como ahora (y a todo lo largo del siglo entre la Independencia y la Revolución) era recurrir a la catarsis anárquica del grito, la bola y el caudillo de turno (que sabrá arreglárselas sin nuestra tediosa y cotidiana ayuda). Por fortuna, la motivación religiosa y la manifestación violenta han amainado salvo en el caso del narco, el cual, dependiendo de su éxito a largo plazo, quizá acabemos honrando con estatuas como a su antecesor inmediato, el cuatrero Villa, y colocando a la Santa Muerte a la par que la Lupita.

Mas yo quiero hablar de música, no de la trágica historia del cándido México y su pasado desalmado. Viene al caso esta introducción porque, la semana pasada, me tocó asistir a un concierto en el Teatro Metropolitan a escuchar a los Niños Cantores de Viena, donde abundaron el patrioterismo y los peores vicios de la clase media mexicana. Sólo porque me regalaron el boleto, no acabé del todo sulfurado y furioso.

Mientras que el concierto fue satisfactorio a secas, tomando en cuenta el repertorio facilón y la buena voluntad que despiertan artistas infantes (y dejando de lado fallas menores que alcancé a notar), el ambiente del teatro y la deleznable conducta del público me orillaron a un par de reflexiones:

En primer lugar, advierto que no considero malo de suyo un concierto como éste, donde se desdibuja la línea entre música culta o de concierto y música popular o pop. Aunque yo no lo escucharía ni aunque me pagaren, prefiero que la gente goce con Vivaldi o Puccini de manos de André Rieu o Sarah Brightman, a que pase por este mundo sin haberlos oído jamás.

Los virtuosos infantes, sin caer tan bajo, lo mismo cantaron una “Salve Regina” en latín, canciones tirolesas y valses vieneses en alemán, que “The Sound of Musicy canciones mexicanas. Entiendo que se busque un repertorio conocido y poco exigente que pueda atraer a un público amplio y, por tanto, se traduzca en un concierto taquillero. Ojalá más conciertos fueran tan rentables.

Puedo comprender también que, debido a lo anterior, se busque un espacio sin la solemnidad de Bellas Artes o alguna sala de conciertos y con mayor cupo que el común de los teatros.

Ahora bien, que se utilice de pretexto lo casual de este concierto para fomentar los pésimos hábitos mexicanos de la bola, el griterío y el desmadre me parece una crasa falta de respeto a la música, a los intérpretes y a los demás espectadores.

Más allá de si el Metropolitan es terriblemente kitsch -o no-, e independientemente de su acústica -o falta de-, que se permita a oleadas de gente impuntual seguir incorporándose a sus asientos hasta poco antes del intermedio y, ¡horror!, comer palomitas, refrescos y golosinas dentro de la sala, se me antoja, si no sacrílego, sí del todo fuera de lugar.

Y no porque no se pueda comer y beber durante un concierto, pues así se hace en bares con el jazz y se está reviviendo la costumbre de los salones barrocos, sino porque, en este caso, se redujo el evento a un espectáculo más de entretemiento: una distracción más entre el vasto repertorio de consumo posmoderno, un pasatiempo más entre tantos, una actividad “dominguera” para no quedarse en casa.

Porque, lo siento, no creo que la música sea un mero entretemiento. No era una chic flick al dos por uno en un centro comercial. Hay, en efecto, música específicamente para bailar, para acompañar, para cantar entre copas o incluso para llenar el terrible silencio de nuestras vacías almas urbanas. Lo que no se puede es tratar a toda la música de la misma manera. Como denuncia Nikolaus Harnoncourt, afamado director de orquesta y musicólogo:

“Hoy, la música se ha convertido en un mero ornamento para guarenecer noches vacías con visitas a óperas y conciertos, para realizar actos festivos o públicos o también, a través de la radio, para disipar o avivar el silencio de la soledad del hogar. Así, se da el caso paradójico de que, aunque en la actualidad tenemos cuantitativamente mucha más música que en cualquier época anterior —incluso casi permanentemente—, ésta no significa nada en nuestra vida: ¡un pequeño y agradable adorno!”

En México, creo, el panorama es aún peor. Porque no sólo frivolizamos toda música, sino porque los mexicanos parecen no poder vivir sin ruido. Lo normal es que un vagonero inunde de ruido el ya de por sí engorroso viaje cotidiano en Metro. Sería un mal servicio si supermercados, bancos o el transporte público no tuviesen música de fondo para amenizar el rato. Los publicistas harían perder clientela a los comercios si no colocasen bocinas estridentes en plena calle para atraer al público. Un bar o hasta un café son impensables sin música que haga gritar a quien pretenda tener una charla en paz. Los santos se enojarían se no se tirasen cohetones antes, durante y después de la fiesta patronal. Vaya, de qué clase de coctel, graduación o congreso se trataría sin un cuarteto de cuerdas para ambientar la elegante ocasión. ¿Cómo, pues, permanecer quietos, escuchando con atención, cuando los Wiener Sängerknabencantan “Guadalajara” o “México lindo y querido”, en vez de chiflar y chillar como charro?

No dudo que el director del coro o los niños se hayan conmovido, pues no hay artista que no sea endeble a los aplausos; menos aún cuando son estridentes y exaltados como sólo lo logra el público mexicano -al cabo, en obesidad y turbas ruidosas, nadie nos gana-. Mas tanto aplauso fue por patrioterismo y no por satisfacción musical, pues no podía haber tal.

El público, llegando tarde, creyéndose en un estadio -aunque nomás faltaron porras y matracas-, sin silenciar sus aparatejos, sin dejar de masticar, sorber o hacer comentarios a media voz, sumado a la frivolización posmoderna de que se queja Harnoncourt y a la peculiar ignorancia musical mexicana (que explica por qué no hay coros infantiles en nuestras iglesias, pequeños ensambles en nuestras comunidades ni orquestas de aficionados en nuestros colegios o por qué no podemos pasar, como sugiere Aaron Copland, del mero emotivismo musical a la intelección semántica y formal de la música), ¡no podía haber juzgado la calidad del concierto más allá de la pura emoción del momento, ya que jamás, en esas condiciones, pudo haber puesto la más mínima atención requerida!

Si ni siquiera en un teatro a oscuras, luego de pagar voluntariamente una entrada, puede el clasemediero mexicano sosegarse un rato, concentrarse y dejarse impactar por la música (del tipo que sea), mucho menos podrá dejar de lado su smartphone y lidiar consigo mismo ni darse el tiempo de reflexionar con calma sobre el sentido de la vida y la verdad de las cosas.

¿Cómo esperamos, entonces, que comprenda los complejísimos problemas que aquejan al mundo y al país, que se empeñe en proveer soluciones más eficaces que el grito y la bola o que se comprometa vitalmente en vez de delegar su responsabilidad en un caudillo?

Lo que más me indignó durante el concierto no fue, sin embargo, esta frivolización de la música (ya estoy acostumbrado a los villamelones que van a conciertos sólo cuando tocan la 9ª de Beethoven y a parias que no apagan sus alarmas ni siquiera en Bellas Artes), sino sus chiflidos, aullidos y gritos de “¡Viva México!” al primer son de canción mexicana o porque uno de los pequeños cantores, al ser mexicano, se puso un sombrerito de charro…

El día que no uno, sino miles, de niños mexicanos canten así o hablen los cuatro idiomas que él, cuando el coro infantil del Valle de Chalco vaya de gira a Viena, a la hora en que aprendamos a respetar como se merecen al prójimo, los recintos o la música, que “un componente esencial de la vida… lengua viva de lo inefable… que cambia al Hombre —al oyente, pero también al músico—”, me llaman, entonces sí, para enorgullecerme y celebrar un país que valga la pena.  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *