Conocí San Cristóbal hace unos 47 años; en esa ocasión no hubo tiempo sino para un vistazo porque el propósito era ir a ver a una alfarera a Teopisca y luego seguir al San Juan Chamula en donde ocurría un cambio de autoridades. Apenas unas cuantas escenas en mi memoria, como la de los indios bajando de la acera para darles paso a blancos y ladinos.

Volví en otras ocasiones. Una vez, en un cumpleaños en compañía de familiares y amigos, en una escala rumbo a los lagos de Montebello.  En otra de esas ocasiones, asistiendo a un foro de no sé qué onda, recuerdo haber hecho una caminata por algunas calles y esa vez me encontré a mi querida Ema Cosío sentada en una banca de una calle peatonal con su compañero, el ilustrísimo Jan de Vos. Platicamos el tiempo suficiente para que Ema me comentara en su florido léxico que la invasión de la explanada frente al templo de Santo Domingo, además de hacer prácticamente imposible ver la fachada, era otra fachada para la venta de multitud de artículos, los más importantes  de los cuales formaban parte del narcomenudeo.

Otra pasada en unión con un grupo de ilustres senadores y sólo como escala para comer, de regreso de Comitán y rumbo a Tuxtla. En esa ocasión pude apreciar que la parte antigua de la ciudad había sido rodeada de nuevas calles y avenidas, y recordé que un ministro alemán de transporte había dicho, a pregunta de un funcionario mexicano que le mostraba orondo un proyecto de vialidades, “quien siembra calles, cosecha coches”. Y eso era algo que ya había ocurrido en San Cristóbal. Tomamos una  ruta que nos hizo pasar por el mercado y empleamos la mitad del tiempo de nuestra estancia en el lugar para salir de un terrible congestionamiento vehicular. Acabamos comiendo en un sitio en los alrededores.

Una vez más vine a esta ciudad, en compañía de mi amigo Arnaldo León, para establecer contacto con una institución académica para abrir el diálogo acerca del intrincado tema de la migración y apenas tuve tiempo para cruzar el Parque Central y la explanada de la Catedral, para ir en busca de un cajero automático. La fugacidad de esa estancia se vio compensada por el encuentro y grata charla con el gran antropólogo Andrés Fábregas, quien nos guio y acompañó a la sede de la susodicha institución.

Ahora he regresado. Tengo un buen rato para dedicarle a San Cristóbal y llevo como cicerone a mi amigo R. quien me va mostrando las calles y sus casonas, muchas de ellas convertidas en hostales de muy diversas categorías. Entrecerrando los ojos (luego diré por qué) camino con él en medio de multitudes de turistas y de indios que ya no se bajan de las aceras para ceder el paso, pero es claro que siguen siendo objeto de discriminación y utilizados, sobre todo las mujeres, para ofrecer a los transeúntes desde telas bordadas y todo tipo de artefactos elaborados con esos textiles verdaderamente deslumbrantes, hasta macizos de flores o unos frondosos brócolis que seguramente harían las “delicias” de George W. Bush. Resulta imposible dejar de ver detrás de este comercio el control de unos cuántos y la extenuante tarea de cargar con mercancía e hijos, a más de ser objeto de curiosidad fotográfica de todo tipo de gringos (estadounidenses, franceses, alemanes, canadienses, etc.).

Con R. nos asomamos a cuantos patios podemos, y son muchos los que visitamos asombrados por su belleza, también me hace reparar en sensacionales ejemplos de arquitectura colonial, como la Casa de las Sirenas y otras más en cuyas esquinas hay hornacinas vacías, pintadas con fuertes colores contrastantes con el blanco de los muros. Por cierto, no todos los muros son blancos y hay una conjunción de tonos pastel, con carácter propio y sin ánimo de competir con las lujuriosas tonalidades de las casas de Tlacotalpan, en donde estuve hace más de medio siglo con Ema Cosío y otros amigos de la época en un 2 de La Candelaria.

Si entrecierro los ojos puedo apreciar, por encima de los coches, la armonía de una ciudad y el punto de fuga de calles, algunas de las cuales terminan en pronunciadas escalinatas que ascienden a santuarios, como el Guadalupano. Pero debo hacer eso en virtud de que todos a los que ha tocado tener injerencia en el manejo de San Cristóbal no han tenido la atingencia de idear una red radicular o reticular de estacionamientos para dejar la parte más céntrica únicamente para uso peatonal (como en ciudades europeas que no tienen ni la octava parte del valor arquitectónico y urbano de este “El Más Mágico de los Pueblos Mágicos deMéxico., según la ramplona calificación de las autoridades de Turismo[]).

Hay un camioncito que hace un recorrido “turístico”, cuya propaganda dice que se realiza en una hora, la mitad de la cual debe ser ir atrás de una larga hilera de vehículos motorizados de toda laya.

Llegamos al Arco del Carmen, una construcción colonial que fue la entrada a la población, primero de carruajes y después de coches, y que ahora está clausurada por orden de las autoridades del INAH (porque “se estaba deteriorando”) y ha sido dejada al abandono y al disfrute de las palomas que allí anidan, cuyos ácidos excrementos sí que son deteriorantes.

La caminata tiene el sano efecto de producir un apetito voraz, mismo que es saciado en el Fogón de Jovel, anteriormente llamado el Fogón Coleto. Lo de Jovel es porque así denominaron los españoles al valle en el que se asentó el primer poblamiento; lo de coleto es el patronímico que se aplica a los habitantes blancos y mestizos de San Cristóbal.

El tal Fogón resulta una maravilla gastronómica en la que, para comenzar, compartimos blanquísimas tortillas, quesos y guacamole, todo de producción y elaboración local, para seguir con mole con pollo y cochito, carne de cerdo (maciza dirían los consumidores de carnitas) en una preparación en la que deben haberse inspirado para armar el goulash guisado con paprika. La bebida un tascalate frío que deja sentir la mezcla del pinole y el achiote. En fin, todo como para día de fiesta grande.

R. tiene que regresar a Tuxtla y yo dedico la tarde a revisar las notas del foro que me trae a San Cristóbal y a leer los periódicos que compré en el aeropuerto de la CDMX.

En la nochecita, abrigado por un grueso suéter que merqué años ha en Sausalito, California, en unas vacaciones con una señora que ya no está (JP dixit), salgo a dar la vuelta. Al final de los Portales veo que hay una pequeña aglomeración y, novelero como soy, me acerca a ver de qué se trata.

Es, ni más ni menos, que un grupo de chavos músicos callejeros: trompeta, flauta traversa, banjo y guitarra eléctricos, bajo más bien chico, porque ella, la ejecutante es chaparrita, y cajón acústico. Son buenísimos, cada uno por sí (hacen solos y duetos de gente grande, jazzísticamente hablando), interpretan un rock bluseado o blues arocanrolado: somebody wants my baby, y música que oscila entre andina y medio oriental, con un ritmazo que pone a bailar a una pareja de jóvenes  gringos, él alto y desgarbado (como debe) y la acompañante más bien bajita, con algún injerto de europea meridional, y cachondérrima. Los chavos reparten su música  por lo que las voluntades van poniendo en una caja negra que el grupo coloca al frente. La tocada se interrumpe porque comienza a lloviznar. ¡Lástima!

El fin de fiesta, para mí, es la música de una marimba orquesta que toca en el quiosco del Parque Central. Me guarezco bajo el dintel de la puerta de mi hospedaje, que está justo enfrente y me meto a mi habitación cuando termina la interpretación de Frenesí, de Alberto “Chamaco” Domínguez, que debe ser algo así como el himno local, porque la compuso el mentado Chamaco, hijo de este lugar, quien de seguro la tocaba con la famosa marimba orquesta  Hermanos Domínguez.

— o –

Caminata matutina reconciliadora, hecha antes de que salgan a la calle los espantosos turistas que odio todavía (parafraseando un verso del Tango del viudo, de Pablo Neruda) y que esto se pueble de coches, claxonazos y camiones que anuncian con altavoces la venta de agua purificada. Llego a la conclusión de que esta ciudad debe recorrerse a las 6 de la mañana.

Un par de boleritos indios, me ofrecen sus servicios y les pido que me den un “trapazo” para poder dialogar con ellos. Me dicen que son de San Cristóbal, pero que sus padres llegaron de San Juan Chamula. Al paso de un chiclero (vendechicles, les dicen en Tabasco)  uno de ellos le ofrece un intercambio, o sea una boleada por unos dulces, me explica. El otro resulta políglota y me dice orgulloso que habla tzetal, tzotzil, tojolabal y nahua.

En esta caminata siego viendo casas llenas de detalles y patios prodigiosos, algunos en dos plantas con columnatas y viguería de madera oscura, sobriamente labrada.

Mi amigo R, regresa por mí para llevarme a Tuxtla, otro banquete en el Fogón y después pasamos por Na Bolom, museo-hotel-comedor, en lo que fue la casa de Gertrude Duby (suiza) y Frans Blom (danés). Allí se guardan pruebas de su relación con los lacandones. Tengo que volver algún día con calma para apreciar todo los objetos y testimonios allí reunidos y volverme a asombrar con las dimensiones de una canoa lacandona de una pieza, labrada en el tronco de un gigantesco árbol de alrededor de un metro de diámetro.

A la salida, en búsqueda infructuosa de una antigua fábrica de textiles, convertida (of course) en hotel, mi amigo R, se pierde y ascendemos por callejuelas cada vez más intrincadas, que son parte de la expansión desordenada de la mayoría de nuestras ciudades, como resultado de la mezcla de imprevisión, clientelismo y corrupción, que permite trepar cerros, fincar en humedales y todas las demás historias que ustedes conocen.œ

Cuando finalmente salimos de San Cristóbal, sólo digo como el viejo Douglas: ¡volveremos!

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