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#NoEsperes

La espera puede ser un sentimiento de múltiples facetas, puede representar un anhelo, una ilusión, una decisión; puede representar la esperanza misma e incluso una oportunidad. Todos sin menoscabo alguno hemos esperado algo o a alguien en nuestra vida, y la espera no debería ser en ningún caso la eterna compañera de la desilusión, y peor aún, del descrédito.

Mucho se ha dicho sobre la espera, incluso a nivel teológico se ha abordado este concepto desde la visión de San Pablo que en la carta a Tito (TIT 2,13) la llama “Bienaventurada” definiéndola a ésta como la esperanza cristiana.

Ante el escenario que plantea la espera resulta interesante lo que dice el teólogo Bernard Häring: el mundo pertenece a los que son capaces de ofrecer la esperanza más grande. Nosotros podemos ofrecer al mundo el mensaje de nuestra esperanza e invitar a todos a colaborar con ella, sólo si prestamos escucha también a las esperanzas del mundo.

El Concilio Vaticano II hace también alusión a ello: las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres, son las alegrías y esperanzas, las tristezas y las angustias de los seguidores de Jesús.

En mi caminar, en mi vida he visto la espera acompañado de muchos sentimientos. En Ixtepec las horas se vuelven eternas cuando la espera te ata a seguir el camino; cuando el joven migrante aguardaba la bestia que lo acercaría aún más a sus parientes que ya lo esperan en Nueva York. Cuando su espera se une a la de miles que cruzan los mares, los océanos, el Suchiate, el Río Bravo… es el mismo rostro en Lampeduza que en Tierra Blanca, lo mismo en Lechería que en Saltillo o Tijuana.

He visto también la espera acompañada de la desesperación, cuando el hijo no llega en el tiempo acordado o cuando el joven es tentado a desviar su migrar para ser obligado a trabajar para los malos y dejar de lado sus sueños, sus anhelos, su esperanza.

Pero la espera es usada también como el arma de los que mal usan el poder. Te hacen esperar para cualquier trámite, te hacen esperar tus medicinas, tu salario, tus respuestas. La espera significa para ellos control, la utilizan y pervierten para que la gente se desencante, se acostumbre y al final, lo acepte como un destino manifiesto. ¿Es eso justo? Esperar, esperar y esperar, yen esa espera se nos va la vida, se nos va la fuerza, se nos va el tiempo, se nos van las opciones y las respuestas. Incluso pareciera que se nos han ido las ganas.

El etnógrafo Javier Auyero, investigador argentino de la Universidad de Texas, publicó hace poco tiempo las conclusiones de su trabajo sobre “la espera”, un mecanismo que afirma: afianza las relaciones de poder, monopoliza el acceso a privilegios y sirve para que una clase domine a la inmediata inferior, es un estudio adecuado para la reflexión y el análisis sobre la condición humana.

El estudio lleva por nombre, “Los pacientes del Estado”, y en donde contundentemente escribe: “hacer esperar a los pobres es una herramienta de control para el poder” y a partir de ahí ejemplifica con acciones cotidianas, como día a día, el sistema de la espera, condiciona el acceso a beneficios y capitaliza ésta, a favor de la clase dominante.

La espera, las filas e incluso la burocracia de cualquier proceso gubernamental, es un mecanismo de dominación del poder contra la marginalidad, contra los que menos tienen y requieren más.

La espera, además debe ir acompañada de condiciones de precariedad que generen una dinámica de sumisión de las personas menos favorecidas, hacia las élites económicas y políticas.

En esta tesitura, también se aclara que las clases medias y todos en mayor o menor medida, deben esperar. Sin embargo, no es lo mismo la espera en una sala de urgencias, que en un centro de espectáculos; no es lo mismo esperar por un asiento en el transporte público, que un auto de lujo o en un aeropuerto. Y así como las élites se perpetúan en el poder, hacen esperar y esperar para que la gente alimente en su interior las falacias de las recompensas limitadas, de manera perversa liberan de vez en vez algo de presión la cual promueven y publicitan como un éxito y logro colectivo alimentando en la sociedad más vulnerable el aliento de que “van mejorando las cosas”.

Así pues, vemos filas interminables de hombres, mujeres y niños en espera de recibir programas y apoyos miserables que sólo mantienen el status quo, envían de vez en cuando una caravana médica para que la gente espere horas a ser revisado superficialmente y espere otros meses más a que lo vuelvan a “recompensar” con ese apoyo que debería ser un derecho universal y una garantía del estado.

El sistema se mantiene de estas esperas, controla y matricula a las personas y selecciona a las cabezas y a los liderazgos para poder manipularlos dándoles un poquito más de beneficios o de “menos espera” a fin de que no osen “salirse del redil”.  La mayoría de las recompensas vienen envueltas como progresos y avances, visibiliza sobre todo en épocas electorales a los más desprotegidos y se les otorgan despensas, material para construcción y, particularmente en nuestro país, tarjetas monetarias con dádivas económicas y más promesas de espera.

“Hacer esperar a la gente, pero sin desesperarla al máximo, es parte constitutiva del proceso de la dominación (…)”  menciona Auyero.

¿Tenemos que seguir esperando? Esa es la disyuntiva que se nos plantea en este momento, ¿Queremos seguir esperando? Es el reto que asumir en esta nueva oportunidad que, aunque sesgada, nos da la posibilidad de que los generadores de la espera y de la crisis, y de la inseguridad, la violencia y la catástrofe del estado mexicano se vayan por fin de los espacios de poder que desean preservar a toda costa para seguir lesionando a la sociedad y dejarnos en el stand by de la espera eterna.

El problema es que no tenemos más tiempo, ya no aguanta más la sociedad. Cuánto hemos tenido que esperar los mexicanos para tener un gobierno honesto y competente a la altura de los retos que tiene México en materia de desigualdad y desarrollo social, de garantías a los pueblos originarios y responsabilidad social, de seguridad y libertad de expresión.

¿Tenemos que seguir esperando? ¿Esperaremos a que no les quede de otra que mandarnos a todos a migrar o bien a desaparecernos? Suena a futurismo apocalíptico, pero si no hubiera visto la desesperanza en millones de miradas de mexicanos en todo el mundo no lo creería.

Debemos romper esta vorágine de espera que tiende a convertirse en pasividad y conformismo.

Es esta una invitación, no esperes a que te sigan hundiendo, no esperes a que sigan burlándose de nosotros desde el congreso y desde sus instituciones configuradas a modo para que la gente siga gastándose la vida y las ganas en filas interminables, no esperes a que nos secuestren, nos roben, nos maten…….

#NoEsperes

 

Alejando Solalinde

Alejando Solalinde

Padre y líder moral. Activista defensor de los Derechos Humanos y de la agenda migrante. Fundador y promotor de las casas migrantes para los inmigrantes que cruzan México en su paso a EE.UU.

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