El día 17 de septiembre de 2017 fue la manifestación por el asesinato de Mara Fernanda Castilla Miranda, quien desapareció el 8 de septiembre en Puebla, después de tomar un auto de Cabify al salir de un bar y no llegó a su casa. El día del grito su cuerpo fue encontrado en una sábana de un hotel a unos minutos de distancia. Así, que surge la pregunta “¿y si la siguiente soy yo?”

Cerca de 3,500 personas marchamos con un nudo en la garganta, con un desasosiego, con una falta de soluciones que me recordó a un momento crucial en la historia contemporánea para la Ciudad de México, cuando el artista Spencer Tunick desnudó a cerca de 18,000 personas en la misma plancha del Zócalo hace 10 años, donde fue el inicio de la marcha ayer. Ese domingo en la madrugada hubo portazo de las personas que quería ser parte de este momento que comenzó como a las 4 de la mañana, yo asistí como voluntaria. Recuerdo que cuando fue el portazo nos metimos en el hotel, esperamos unos momentos y cuando salimos el ambiente no era el mismo, comenzaban a salir los primeros rayos de sol y todos estaban desnudos: ¡Totalmente impactante! Cuando el fotógrafo pidió que se movieran hacia 20 Noviembre, el ambiente era festivo, todos eran iguales -yo no porque estaba vestida y, obviamente, era diferente-, no había morbo, no había miradas lascivas, todo era ordenado, todo eran sonrisas. Hasta el momento en que Tunick decidió hacer una toma de las mujeres con vista en Palacio Nacional, ahí todo cambió. Las mujeres permanecieron desnudas y los hombres se fueron a vestir, y todo lo que era igualdad se perdió. Es como si el ropa diera un estatus diferente, esas sonrisas, esa felicidad se volvió en incomodidad, en agresión… recuerdo tener algo en las manos con las que me dedicaba a tapar las cámaras que veía. Yo estaba en esa línea, entre los hombres vestidos y las mujeres desnudas. Recuerdo las caras. literal parecían figuras de animación, ¿recuerdan esos lobos que chiflaban? La sesión duró menos justamente por eso y nunca he visto esas fotos.

Ayer, la marcha compartió el Zócalo con el V Informe de Gobierno de la Ciudad de México, y en efecto, me vino un flashazo, de esas personas sentadas en las gradas, platicando, sosteniendo unas banderas rosas en la misma actitud de superioridad, como estar fuera del problema. Al salir del metro, frente a Catedral se veían banderas rosas de cerca eran de Mancera. Al caminar con el contingente, la sensación fue de ese domingo 6 de mayo: los hombres en las orillas sacando fotos, viendo, como si fuera un desfile, el caminar a las mujeres, gritar, sentir el dolor de la impotencia frente a ese otro que te minimiza. Con el grito “Ni una más” se buscaba la imagen perfecta.

No existe la imagen perfecta de la marcha. Cada consigna, cada persona es una historia, cada pancarta es una voz que busca su salida. En una se leía “Los cuerpos de las mujeres no son campos de batalla”, estaba pintada en una tela rosa mexicano, ese mismo color que ha tomado Miguel Ángel Mancera como suyo, como de la CDMX, claro, porque no hay nada como el rosa mexicano para sentirse más mexicano, porque es necesario en todos lados: en el metro, en las banderas, en los taxis; pero tal y como dice la mamá de Lesvy Berlín Osorio y lo que nos deja esta marcha “Vamos a seguir trabajando porque aunque don Miguel Ángel Mancera diga que se va dejando una ciudad pintada de rosa, se va con las manos manchadas de sangre”. Camino a la PGR, trataba de recordar cuándo había visto una manifestación que saliera del Zócalo, es un cambio en la denuncia. Mientras en otra pancarta se leía “Si me matan NO quiero ser yo la presunta culpable de un crimen que se ha cometido en mi contra”. Es necesario cambiar nuestra sociedad, nuestra mentalidad, nuestra manera de entender la justicia, de ver al otro, así cuando todos estamos vulnerables somos iguales y todos podemos vivir sin miedo.

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