Una escena de “Fe de etarras”, la película española producida por Netflix Jorge Alvarino

La campaña de publicidad de Netflix para su segunda película española, Fe de etarras, extendió un cheque que —por suerte— el filme no ha tenido que pagar. Aunque las grandes pancartas con “Yo sooooy, españooool, españooool, españooool”, con el adjetivo tachado, provocaron el rechazo de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y de la Unión de Guardias Civiles, tras el estreno el 12 de octubre (más provocación), la película ha hecho que el público inteligente se quite el cráneo. Al fin se rompe el tabú, con arte y con respeto y con muchísimo humor: al fin podemos reírnos de ETA.

Borja Cobeaga y Diego San José firman un guion ejemplar, en que los monólogos hilarantes (“En ETA se comía de la hostia”, dice el personaje de Javier Cámara, defendiendo el nivel culinario de los pisos francos en los viejos tiempos) se van alternando con escenas en que los miembros de un improbable comando terrorista —a la espera de recibir las órdenes para atentar— van acumulando motivos para dejar la lucha armada que, en realidad, nunca han protagonizado.

El fin de ETA se narra desde una intrahistoria tragicómica, de un humor triste, enmarcada en la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010. Los extremistas vascos van viendo cómo el barrio proletario donde se esconden se va llenando de banderas españolas. Va ganando la Roja y va perdiendo ETA: ese es el melancólico compás de la película.

Tanto Netflix como HBO han entendido que era el momento en que la representación del conflicto etarra podía conquistar taquillas virtuales. La novela Patria, el gran fenómeno editorial de los últimos años con más de medio millón de ejemplares vendidos, ha sido escogida por HBO para que se convierta en su primera serie ibérica.

El éxito no es solo de público: tras ganar el premio de la Crítica de España, Fernando Aramburu (1959) se volvió profeta en su tierra al hacerse a finales del mes pasado con el Euskadi de Literatura y acaba de sumar el Nacional de Narrativa. Es tal la repercusión que han dejado de contar tanto las críticas a favor como las reseñas en contra.

Para bien o para mal la historia de las últimas décadas del País Vasco, atravesada por la violencia terrorista, ha quedado fijada literariamente en esta ficción familiar de estilo realista, donde está muy claro quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos. Por eso no es de extrañar que uno de los grandes defensores de Patria haya sido Mariano Rajoy, quien le acaba de adjudicar al independentismo catalán el papel de gran enemigo interno que durante la mayor parte de la democracia perteneció a la izquierda abertzale y a ETA.

En todo ese panorama eminentemente masculino, importa señalar que en paralelo a Aramburu estaban trabajando en sus propios libros en castellano sobre los mismos traumas al menos tres escritoras de la generación posterior.
Gabriela Ybarra (1983) publicó El comensal en 2015 —un año antes que saliera Patria— y ya fue un pequeño éxito de ventas.

En su docuficción, la escritora relata el secuestro y el asesinato de su abuelo en 1977, en contrapunto con el cáncer mortal que padeció su madre tiempo después. Se formulaba una pregunta dolorosa: ¿qué significan la violencia y la muerte cuando las has mamado desde niña?

Lo misma pregunta se hacía Edurne Portela (1974) en los capítulos autobiográficos de un ensayo eminentemente académico, El eco de los disparos (2016), en el que analizaba la representación del conflicto vasco en el cine y la literatura españoles. Si allí se mostraba dura y conclusiva con ciertos discursos —como el del propio Aramburu en sus obras previas a Patria—, en su recién publicada primera novela, Mejor la ausencia, el pasado permanenece —en cambio— abierto.

El ensayo es asertivo; la novela es interrogativa. La narradora, niña y adolescente, no entiende qué pasa en ese mundo periférico, de heroína y kale borroka. Nosotros tampoco. Pero podemos ensayar respuestas en los momentos en que esa máquina de formular preguntas nos permite respirar.

Es también una ficción compleja La línea del frente, nuevo libro de Aixa de la Cruz (1988). Aunque desarrolle dos tramas vinculadas con ETA (el estudio del escritor Mikel Areilza, militante etarra que se suicidó en Argentina; la condena a prisión de un exnovio de la protagonista), el relato va derivando hacia las dificultades de la narradora para percibir y entender la realidad que le ha tocado vivir, progresivamente kafkiana.

Está contada sobre todo en primera persona, combinando la confesión con el misterio, pero es un artefacto que cambia de lenguaje: diario, diálogo teatral, carta. Los cambios de género tienen su correlato en las mutaciones de perspectiva. Nada es blanco ni negro: “La realidad se ha vuelto luminosa y blanda, en escala de humos”.


Fuente: NYTimes / Jorge Carrión

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