Ahora me doy cuenta de que fui una niña muy afortunada. Justo afuera de la casa donde crecí había un pequeño parque con resbaladillas, columpios, sube y bajas, y muchos jardines con árboles y arbustos. Sin rejas que nos obstruyeran el paso, todos los objetos cumplían una función en la metodología de los juegos, que iban desde persecuciones tipo viernes 13, cantando la canción, hasta lo más sencillo, imitar la vida adulta: con casas, calles, trabajos.

El juego se hacía dueño de nuestra imaginación y cada día agregábamos detalles que iban complicando las historias en las que aunque todo parecía muy sencillo cada día nos arriesgábamos un poco al dejarnos irnos en las propias tramas. La resbaladilla diseñada simplemente para deslizarnos, se convertía en una máquina del tiempo que nos podía llevar al pasado y al futuro; el tiempo que nos balanceábamos en los columpios tenía que ver con el tiempo de trayecto de un lugar a otro. Los juegos no sólo eran mobiliario urbano para entretenernos, sino objetos mágicos que al servicio de nuestra imaginación nos regalaron miles de aventuras a mi y a mis vecinos. Curiosamente, sigo viviendo enfrente de ese parque, y aunque el tiempo ha pasado y la interacción es diferente, en este momento escucho cómo los niños están activando objetos diferentes pero con los mismos propósitos, dejar que pase el tiempo y envolverse en su propia historia.

Así, que al asistir a la exposición “Parques de Noguchi”, que se presenta actualmente en el Museo Tamayo y estará hasta el 9 de octubre, se activaron en mi una serie de recuerdos, sensaciones e historias: aquel sentimiento de nostalgia, ese anhelo por la niñez, que a la vez puede ser encantador pero también de inasequibilidad y que el cuerpo reclama. También sentí un movimiento de vaivén que parecía no tener fin.

La primera vez que fui al museo ya estaba cerrado, sin embargo, pude experimentar, dejarme ir en el gran columpio rojo con 5 alturas diferentes del proyecto Playscapes (1975-1976), que se encuentra en el Parque Piedmont, en Atlanta, Georgia y que ahora, gracias a la colaboración con The Museum Noguchi de Nueva York, se quedará como parte de la colección del museo y para disfrute de los asistentes del bosque de Chapultepec.

Sentí la expansión de mi cuerpo en el espacio y en el tiempo, me dejé ir en el juego y comprendí esa cercanía con la obra de arte: la experiencia que modifica al que la experimenta, en la cual cambia el punto de vista. El cierre de la presentación del curador en jefe del The Noguchi Museum, Dakin Hart -durante la primera sesión de la serie de ponencias en torno a la exposición- no podría ser más precisa: un niño arriba de tres módulos; es el resumen del espíritu de la creación de una nueva humanidad en la que el niño es capaz de adquirir por sí mismo un nuevo punto de vista y ver hacia el horizonte, de abrir su mente a lo que hay más allá de su propia altura por sus propios medios, así la escultura se vuelve un instrumento para poder llegar a un punto diferente al de inicio. La conferencia de Hart no fue una presentación académica en torno a las ideas o creaciones de Isamu Noguchi (Estados Unidos, 1904-1988), fue un viaje en el tiempo en el que visitamos diferentes culturas por medio de la mirada del artista, vimos desde su mirada viajera, sentimos desde el artista juguetón, vibramos con el artista enamorado de la vida y nos dejamos llevar por la visión del creador de civilizaciones. Por medio de una selección muy cuidada de las dispositivas que tomó el artista a lo largo de su vida y de sus viajes, nos pudimos adentrar en una forma de pensamiento integral.

En el último capítulo de la primera temporada de Mad Men, Don Draper hace una presentación de la innovación tecnológica de Kodak, al principio se presenta como “La Rueda” una especie de artefacto espacial, pero después decide cambiarle el nombre y el significado, es un “Carrusel”, tal como el juego de niños, una máquina del tiempo que permite regresar al hogar. En efecto, todas las imágenes que vimos durante la presentación nos permitieron regresar a un tiempo donde el modelo social era implementado por medio del juego, pero no solamente por los niños, sino también por los adultos. De esta manera Hart compartió una imagen en la que se ve a Noguchi en el montaje de Octetra en 1968 en la Spoleta, Italia, tal y como los niños construyen, así Noguchi también tuvo la oportunidad de crear a partir de sus propios recursos, de aprender a partir de la propia vivencia.

La representación del arte implica que se realice para alguien, de esta manera uno de los textos más poderosos del catálogo, “Playscapes: Los diseños de Isamu Noguchi para el juego” de Shaina D. Larrivee, y lo que más se comentó durante la presentación fue la imposibilidad de Noguchi de realizar Play Mountain (1933) en la ciudad de Nueva York, “una pirámide baja, de lados estriados y bordes curvos, y con área central cóncava, un área de juegos sin equipamiento, que sería construida exclusivamente con tierra modelada”. Este proyecto era un intento de borrar los límites entre las diferentes categorías del arte: era “la semilla que hizo germinar todas mis ideas de unión entre la escultura y la tierra”, en palabras del propio artista y que cinco décadas después le llevaría a titular su exposición en la Bienal de Venecia “¿Qué es la escultura?”. En la entrada del Pabellón de Estados Unidos se podía apreciar Slide Mantra (1986) -una resbaladilla de mármol- y adentro sus esculturas de luz Akari, en el cual se expresaba el contraste entre lo permanente y lo transitorio, entre lo tradicional y lo moderno, entre las “bellas artes” y el “diseño”, que lo coloca como uno de los artistas en casi todos los departamentos del MoMA. Apela tanto a lo nuevo, como a la nostalgia.

La exposición se centra en una serie de maquetas de diferentes proyectos en los que cuestiona la diferencia entre escultura y arquitectura del paisaje, en el que los espacios son objetos y todos los objetos son espacios en la forma en que los construye, desde el modelaje de pequeños juguetes hasta los grandes terrenos.

Se requiere un gran grado de visualización espacial para poder abarcar toda la información que nos ofrecen las maquetas, podría parecer una exposición para especialistas: arquitectos, artistas, diseñadores, quienes son felices de poder apreciar la pequeña materialización de estas grandes ideas, sin embargo al salir al patio, al jardín, el Tamayo se vuelve un pequeño oasis en medio del caos de la ciudad que invita al juego, no sólo de niños sino de adultos también, nos invita a dejarnos ir sin un objetivo, sin una intención, sin ningún esfuerzo más que el disfrutar de nuevos valores de sociabilidad. Asistir a esta exposición invita a la participación. Finalmente, sus consejeros indiscutibles eran los niños que de una forma totalmente natural sabían cómo comportarse en sus espacios.

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Sobre el autor

Ximena Apisdorf Soto

Ximena Apisdorf Soto

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Maestra en Arte, con especialidad en Art Business por la Universidad de Manchester y egresada de la Licenciatura en Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se enfoca en la creación de mejores relaciones para el intercambio de instituciones nacionales e internacionales. Actualmente, trabaja para el Barroco Museo Internacional, el cual será inaugurado en 2016 en Puebla y como consultora de relaciones internacionales con las asociaciones como la Asociación de Directores de Museos de Arte (AAMD por sus siglas en inglés) y Bizot para el Museo del Palacio de Bellas Artes. En 2014 fue coordinadora operativa de la 2da. Bienal de Arte Veracruz, para la creación y difusión de artistas del estado. Desde el 2011 se ha especializado en arte contemporáneo latinoamericano y su difusión en las plataformas digitales como fundadora y editora del blog Tildee.info. Escribe para las publicaciones especializadas: Flash Art, Revista Código, Artishock, entre otras. Ha trabajado en instituciones públicas y privadas, enfocada en la coordinación estratégica, operativa y de comunicación; tanto en México como en Estados Unidos; entre los que destacan: el Museo Nacional de Arte, el Museo Tamayo, Proyectos Monclova, I-20, Casey Kaplan Gallery, Prospect 2.5. Ha impartido clases para la Suprema Corte de la Nación (2007) y el Instituto Realia (2014). En el 2008 curó y coordinó la primera exposición de arte contemporáneo en el Museo Diego Rivera Anahuacalli: “Elefante Negro: Arte Contemporáneo”, en la cual participaron 21 artistas de 10 nacionalidades diferentes.

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