En México es mejor visto que las mujeres se desnuden sólo cuando los hombres quieren.

Hace poco vi una publicación en la que se mostraban imágenes de Miley Cyrus totalmente desnuda (ya sé, no es novedad). Jugaba con su cínica presencia descubierta, lamía sus axilas, mostraba la longitud de su lengua y se metía una macana en la boca para sugerir la idea de un blow job kilométrico.

Las imágenes eran consideradas insolentes, “de mal gusto”, poco eróticas, “baratas”, “sin moral” y un largo etcétera, manifestado en la serie de comentarios oscurantistas de la gente que había escrito en las faldas de la publicación.

Pero ¿por qué las fotografías eran tan problemáticas a la vista? Tengo algunas sugerencias…

3Para empezar, Miley interpretaba 2 mitos identitarios teóricamente irreconciliables en un mismo cuerpo: el primero, el de la masculinidad dominante –dueña del espacio, de la situación y de su cuerpo invulnerable–: su postura corporal era insolente, abierta y por lo tanto resultaba imposible pensar que se trataba de una mujer que estaba desnuda pero sin saber por qué y que además no entendía quién le había quitado la ropa; en este caso se podía comprender que se la había quitado ella por su propia cuenta y nadie más.

El segundo mito interpretado era el de la feminidad sometida, representado en las fotografías que hacían referencia al porno tradicional –como en la que tenía la macana en la boca–, muy similar a las escenas en donde la mujer debe zambullirse una polla gigantesca en un vaivén violento y descortés. El problema en este caso es que nadie la sometía, ella se había metido el palo por su propia cuenta. Su mirada decía ¿así lo quieres?, pues así lo tienes.

Parecía entonces que Miley evidenciaba la narrativa de la mujer ultra-sexualizada y controlada, a través del paradójico cinismo de una desnudez empoderada. Sin vergüenza, performaba en cada fotografía la fantasía de la dama subyugada, pero sin el velo hipócrita de esa narrativa de la sensualidad que obliga al personaje femenino a la pasividad: a ser dirigido y nunca a dirigirse por su propia cuenta.

Dirán que sobreestimo a Miley, que su statement no debe ser tan elaborado como lo que planteo. No lo sé; no hablo desde su pensamiento porque lo desconozco, hablo del discurso que pueden generar las imágenes.

Para explicarme mejor, voy al pasado.

Cuando yo era muy joven me comenzaron a interesar las pláticas guarras. Me intrigaba mucho cómo mis conocidos hombres tenían todas las licencias para hablar sobre sexo y cuerpo como si el tema fuera suyo, mientras que a las mujeres de mi edad nos lo tenían intrínsecamente prohibido, al grado de que decir “tetas” a los 13 años ya era una revolución que nos ruborizaba toda la cara.

Para no aburrirme (y quizás también para poblar otros territorios), asistía a las conversaciones de los chicos e intentaba abordar su libertad temática. Me llamaba la atención cómo ellos podían pronunciar todas las palabras sin romper ninguna regla, pero al momento en el que yo lo hacía, transgredía una parte muy importante de la moral tradicional. Mis palabras –que no eran diferentes a las suyas– interrumpían de manera violenta la tertulia: “Chale, Miriam, eres una lencha”; “No jodas, ya no hay respeto”, me decían riendo sorprendidos, evidentemente avergonzados y un tanto molestos por mi presencia en la conversación. El punto es que desde entonces me di cuenta que el derecho a las palabras sobre el sexo lo tienen culturalmente ellos y si de pronto se nos ocurre tomar las riendas del texto, estamos cometiendo una terrible osadía. Además, parecía que mis palabras también revelaban la violencia en la narrativa popular del deseo; mi voz hacía evidente esa parte desagradable del discurso de la sexualidad que con la voz de ellos, permanecía oculta.

Con sus performances, Miley Cyrus toma las riendas de ese discurso que debería de ser narrado sólo por ellos, en donde se le inscriben enunciados al cuerpo de las mujeres sin que las palabras de ellas interrumpan la ficción. Pronunciarnos a nosotras mismas dentro de esta historia –aunque sea para hacer evidente esa misma fantasía de la mujer que ama ponerse de perrito, por ejemplo–, romperá ese juego erótico en donde ellos tienen permiso de hablar y nosotras debemos permanecer calladas y pasivas, aunque las piernas, nalgas, tetas, vulva, etc; de las que se hablen, sean las nuestras.

Es probable que Miley no nos libere de ningún yugo por ahora, pero sería muy conformista quedarnos con la idea de que no nos gusta sólo porque es vulgar, porque  entonces ¿qué tendría de malo serlo?

Los comentarios negativos hacia sus fotografías ponen en evidencia cuánto molesta su presencia desnuda, como si al momento de quitarse la ropa también desnudara la verdad incómoda de esta historia de la sexualización de las mujeres, que pretende violentar a unas y empoderar a otros.

Para repensar esta situación sugiero al filósofo coreano Byung-Chul Han, quien dice que revelar el secreto es una forma de matar al erotismo; y sí, probablemente lo que hace Miley es un vulgar asesinato, al momento de evidenciar la historia y contarla tal como es, con sus propias palabras enunciadas en su cuerpo cínico y verdaderamente sin pudor. Lo que no es mentira, es que lamentablemente el erotismo no siempre juega a nuestro favor; habrá que seguir diciendo eso que se mantiene oculto, hasta conseguir hablar de nuestro deseo, evidenciar cómo recibimos el deseo del otro y quizás al final, logremos que la violencia termine.

Miley 1

Fotografías Terry Richardson para Candy Magazine

3 Responses

  1. Víctor Cabrera

    Me parece muy interesante tu lectura de estas imágenes de Cyrus, sin embargo, olvidas u obvias un punto importante: la autoría de los retratos recae en Terry Richardson, uno de los fotógrafos más polémicos, provocadores y cuestionados-ables de la actualidad (quien incluso ha sido puesto en entredicho por algunas modelos que lo han tachado de “depredador sexual”). Este es un punto a tomar en cuenta a la hora de hacer una interpretación de las imágenes. Si bien conocemos los desplantes y las actitudes, entre lúdicas y desafiantes, de Miley, creo que es válido preguntar, en el caso específico de estas fotos, qué tanto de ellas corresponde a la personalidad de la cantante y qué tanto es resultado de la dirección de Richardson, en la actualidad, el más célebre fotógrafo de moda, conocido por la objetivación irónica de sus modelos, particularmente de las mujeres (v. el retrato de Lady Gaga ataviada con un bikini de bisteces frescos). Yo me pregunto: ¿De quién fue la idea de llevar una macana a la sesión? ¿Fue Miley la que decidió metérsela en la boca o, por el contrario, fue Richardson quien se lo sugirió?
    Aun con esos mismos desplantes y actitudes de la ex Hanna Montana, el resultado de la sesión (y tal vez con ello tu lectura) habría sido muy distinto si detrás de la lente hubieran estado Annie Leibovitz, Alice Springs o Mario Testino.
    De cualquier manera, te repito, tu texto me parece muy interesante. Tanto, que me puso a pensar, una vez más, en la noción de autor.
    Saludos

    vc

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  2. Mariana

    Hola, Miriam. Coincido contigo en la idea de que Cyrus está subvirtiendo el discurso patriarcal del cuerpo femenino, por ser ella quien lo enuncia a supuesta voluntad, pero creo que la forma en que lo hace es aún más violenta porque lo está haciendo propio. No creo que esté expresando su sexualidad, creo que está haciendo visibles en ella los deseos de los otros para generar identificaciones que se transforman en venta. Como experimento social de marketing es interesante, pero a mi parecer sigue siendo degradante.

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