Mi trayecto entre la Roma y mi casa no podría haber sido más dispar. Después del movimiento telúrico de 7.1, que se sintió como de 20 en la calle de Chihuahua y que impactó todavía más después de ver la nube polvo de la caída de la torre de la escuela en Orizaba. La Roma parecía zona de sitio. Mientras Polanco, especialmente en la calle de Emilio Castelar, parecía que nada había ocurrido, los restaurantes seguían dando servicio, se reía en los restaurantes.

El día 19 de septiembre tiene un tono gris desde 1985, cuando a las 7:19 am se sintió un terremoto de 7.9 que básicamente destruyó muchas partes de la Ciudad de México, pero que reforzó una de nuestras grandes fortalezas: la solidaridad en momentos de crisis. La gran protagonista de esa tragedia fue la fuerza de la sociedad civil, que se organizó para formar grupos de rescate, que se apoyaron los unos a los otros para poder seguir. Así, que el día de ayer no se quedó atrás y los vecinos fueron los primeros en organizarse para levantar los escombros.

Por más que nos educan, que nos repiten las instrucciones, que solamente unas horas antes habíamos tenido un simulacro en conmemoración del terremoto del 85, la verdad, no estamos preparados psicológicamente para actuar debidamente en ese instante. En efecto, yo sentada en el salón de belleza haciéndome luces, eso significa casi envuelta en papel aluminio, salí del local solamente con mi Tirso, un dashound, entre mis brazos. No tome mi bolsa, no pensé en recargarme en la pared, ni ponerme en el marco de la puerta. Lo primero que vino a mi mente fue que en el 85 la Roma había sido una de las colonias más afectadas y que lo más seguro esta vez no sería la excepción. Mientras que en sismos pasados me habían tocado en mi casa, donde casi no se sienten, o en el centro, en edificios tan antiguos que de seguro no sucedería nada; en esta ocasión, no tenía ninguna atenuante mental para no sentir miedo. En efecto, sentí el mayor de los miedos al ver los postes de la luz balanceándose cual palillos por el movimiento; sentí terror de voltear a la calle de Orizaba y ver una gran nube de polvo; me asusté cuando sentía que no paraba, que era eterno.

Al terminar, vi cómo la gente corrió hacia la nube gris y yo me quede en el salón de belleza, como vigilante, sin luz, sin teléfono, sin wifi. Vi cómo pasaron mamás corriendo hacia la escuela de sus niños, como un chavo llego a dejarles su mochila a sus compañeros para ir a ayudar, como una chica al verme sentada con la bata, el papel aluminio y supongo transparente del susto me preguntó si estaba bien. También, vi al déspota con seguridad sentarse en una banca en la sombra en lo que los demás trataban de ayudar. Cuando regresó mi estilista, me dijo que se había caído la torre de la escuela, en donde habían estudiado sus hijas, encima de un Porsche y, que al parecer estaba alguien ahí. Se juntaron los vecinos a remover los escombros con la idea hallarlo. Que hacía mucho tiempo que no había visto a las personas ayudarse.

Me quedé todavía un rato ahí, en lo que terminaban de hacer el tratamiento, ya iba a la mitad y seguíamos sin señal. Justo cuando terminó, llego su hija y estaba más tranquila. Yo me fui con Tirso caminado. Comenzamos 9 km entre la Roma y la casa, un camino conocido, pero que en esta ocasión fue complicado y doloroso. Lo primero, fue la desaparición de unos de los iconos de la colonia. Vi a la gente en el camellón en Álvaro Obregón. Los restaurantes cerrados. En la calle de Colima se cayó la fachada de una tienda junto al edificio del PRD. A las personas fuera de la funeraria. Los carros casi parados en Insurgentes. A un papá con su niña en brazos totalmente dormida y a los pacientes del hospital Durango en medio de la calle. Vi una comida económica que vendía los platillos para llevar. Mucha, mucha, gente caminando.

Al llegar a Reforma, el ambiente comenzó a cambiar. Mientras que en la Roma se sentía de solidaridad, de apoyo, de preocupación. El Museo de Arte Moderno, Tamayo y de Antropologia estaban cerrados, por lo que en esa parte no había casi nada de personas.Pero, por ejemplo, el señor que cuida los carros seguía esperando a que salieran los que todavía estaban ahí.

En la esquina de Campos Elíseos y Hegel, en la tienda donde venden unas tortas buenísimas de milanesa, se veía a la gente preocupada en sus celulares. Hice una parada técnica en un Oxxo para comprar algo de comer para Tirso y algo de beber para mi, y me sorprendí de que tenían luz, pregunté si no se había ido y me contestaron que no. Continúe, por Emilio Castelar,  y de repente todo fue muy diferente. Los restaurantes estaban casi todos llenos y me sorprendí. En efecto, era como si el terremoto hubiera sucedido a otros y que ellos continuaban con sus vidas como si nada sucediera. En las pantallas se veían las imágenes de una ciudad devastada en lo que ellos pedían otro tequila “pal susto”. Sentí tristeza y curiosidad ¿Qué era lo que esperaba? ¿Qué se supone que debían de hacer?

Justo cuando termine ese trayecto el dueño de una tienda de bicicletas estaba poniendo en su pizarrón “Fuerza CD.MX., Fuerza México” y nos sonreímos. Ahí, me di cuenta que algo había cambiado, justo en la mañana al ir a la Roma el chofer de Uber y yo íbamos platicando del caso de Mara y de la agresividad, y un automovilista nos vio feo, muy feo, y luego otro, el conductor y yo nos quedamos con cara de ¿qué onda? Pero justo de después del sismo, solo había visto miradas amables, hasta sonrisas al voltear a ver a Tirso, es como si las personas estuviéramos agradecidas de estar bien, de estar completas.

En efecto, México sigue siendo México, con lo malo, pero sobre todo con lo bueno. Si, escuchamos las noticias de asaltos en Santa Fe, pero también de personas que abren sus puertas para aquellos que no pueden llegar a sus casas en la noche. Si, hay personas prepotentes, pero también hay cadenas de otros que se juntan para sacar a unos niños. En un trayecto de 9 km vi más sonrisas que malas actitudes. Esperemos que esta sensación de estamos bien y vamos a ayudarnos dure por mucho tiempo, porque es lo que necesitamos.

Sobre el autor

Ximena Apisdorf Soto

Ximena Apisdorf Soto

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Maestra en Arte, con especialidad en Art Business por la Universidad de Manchester y egresada de la Licenciatura en Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se enfoca en la creación de mejores relaciones para el intercambio de instituciones nacionales e internacionales. Actualmente, trabaja para el Barroco Museo Internacional, el cual será inaugurado en 2016 en Puebla y como consultora de relaciones internacionales con las asociaciones como la Asociación de Directores de Museos de Arte (AAMD por sus siglas en inglés) y Bizot para el Museo del Palacio de Bellas Artes. En 2014 fue coordinadora operativa de la 2da. Bienal de Arte Veracruz, para la creación y difusión de artistas del estado. Desde el 2011 se ha especializado en arte contemporáneo latinoamericano y su difusión en las plataformas digitales como fundadora y editora del blog Tildee.info. Escribe para las publicaciones especializadas: Flash Art, Revista Código, Artishock, entre otras. Ha trabajado en instituciones públicas y privadas, enfocada en la coordinación estratégica, operativa y de comunicación; tanto en México como en Estados Unidos; entre los que destacan: el Museo Nacional de Arte, el Museo Tamayo, Proyectos Monclova, I-20, Casey Kaplan Gallery, Prospect 2.5. Ha impartido clases para la Suprema Corte de la Nación (2007) y el Instituto Realia (2014). En el 2008 curó y coordinó la primera exposición de arte contemporáneo en el Museo Diego Rivera Anahuacalli: “Elefante Negro: Arte Contemporáneo”, en la cual participaron 21 artistas de 10 nacionalidades diferentes.

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