A finales de 2016, Venezuela se sumergía en una crisis cada vez más profunda. Como corresponsal de The New York Times, fui reportero —y testigo— de ella.2
La caída de los precios del petróleo y una mala administración económica hicieron que el país con las mayores reservas de crudo quedara en la ruina.3

De pronto ya no había dinero para importar productos, ni infraestructura para elaborarlos. Los anaqueles comenzaron a vaciarse… y se desató el caos.4

De la noche a la mañana, a un 87% de los venezolanos no le alcanzaba el dinero para comprar alimentos suficientes.5

La crisis económica no solo dejó vacíos los supermercados; los hospitales sufrieron el mismo problema. Todo lo necesario para atender a los pacientes empezó a escasear.6

Ni siquiera la electricidad de la que depende el equipo médico vital estaba asegurada. Siete recién nacidos murieron en un hospital a causa de un apagón.7

Ante esta realidad, muchos decidieron huir: más de 150.000 personas salieron del país en 2016, el mayor éxodo venezolano en décadas.8

Durante ocho meses cubrí —y publiqué— historias como estas. Al gobierno nunca le gustó mi trabajo.9

Los ataques contra mi persona y mi trabajo periodístico eran frecuentes, pero nunca creí que expulsarían a The New York Times.10

Hasta que un día de octubre del 2016, después de regresar de vacaciones, los agentes migratorios me negaron la entrada a Venezuela.11

Extraoficialmente, estaba vetado.12

Seguí con mi trabajo a distancia, pero esos ocho meses fueron suficientes para darme cuenta de que el país era un gran barril de petróleo a punto de explotar.13

Y un día estalló. Después de que el chavismo intentara disolver la Asamblea Nacional en manos de la oposición, la gente se volcó a las calles.14

Desde entonces, las manifestaciones se han vuelto cada vez más violentas. De abril hasta hoy, más de 90 personas han muerto a causa de la represión.15

Un país que estaba al borde de el abismo, ahora está colapsando.


Fuente: NYTimes / Nicholas Casey / Ilustraciones de PICTOLINE / Producido por Andrew Rossback y Eduardo Salles

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