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Lourdes Ruiz “La Reina del albur”: icono de la cultura popular de la Ciudad de México y del mundo

El barrio bravo de Tepito es una de las zonas de la Ciudad de México más conflictivas que existen, ahí convergen la delincuencia, la venta clandestina de drogas, y de una infinidad de artículos piratas. Foco central de la nota roja de los diarios nacionales, donde por un ajuste de cuentas, mataron a cierta persona, narcomenudista o vendedor ambulante.

Lugar del nacimiento de celebridades como los boxeadores, Raúl “Ratón” Macías y Carlos Zárate Serna, el exfutbolista Cuauhtémoc Blanco, hoy gobernador de Morelos, el periodista Ricardo Rocha, el actor cómico Adalberto Martínez “Resortes,” y donde se rinde culto a la Santa Muerte, incluso a San Judas Tadeo.

Ese barrio, ese mismo barrio bravo de calles como laberintos, de viejas vecindades donde se oculta lo más obscuro de esa zona, pero también, lugar de trabajo de familias que por tradición se han mantenido de vender sus mercancías a un mejor costo que en una tienda comercial, pero de dudosa calidad, escenario de películas emblemáticas del cine nacional como: ¡Qué viva Tepito! (1981), Los fayuqueros de Tepito (1982), El cartel de Tepito (2000), Don de Dios (2001), por mencionar algunas, vio nacer en 1971 a Lourdes Ruiz, la mujer que hizo del albur, el lenguaje universal y ocurrente de los defeños.

El albur, como Lourdes lo describía, es un juego de palabras que hace referencia a lo sexual, pero sin el ánimo de ofender a quien le toca la “suerte” de recibirlo, un juego donde el doble sentido es válido y se dirige por igual a hombres y mujeres, es, en pocas palabras, una pelea verbal, sin llegar a la agresión, cuyo objetivo es divertir.

Lourdes Ruiz, mejor conocida como La Reina del albur o La Verdolaga Enmascarada, nació en aquel emblemático barrio, tercera hija de ocho hermanos. Vivió en La Fortaleza, una de las enormes vecindades tepiteñas con 180 departamentos y cuatro salidas, ideal para que aquellos que se dedican a delinquir, puedan escapar de la policía.

Lourdes desde niña se dedicó al comercio informal, en las calles de Aztecas y Fray Bartolomé, dentro del mismo barrio, ahí trabajó la venta de ropa interior, cada cliente que frecuentaba su local sabía que no se iría de ahí sin antes haber sido albureado, ellos, por el contrario, se iban con una sonrisa de oreja a oreja producida por la picardía del doble sentido.

Inclusive, aunque no fueran clientes, el singular juego de palabras salía disparado y le tocaba a cuanta gente pasaba por el lugar. Los comerciantes aledaños a su puesto lo recibían con la costumbre de la convivencia diaria con Lourdes Ruiz.

La vida de La Cabrona de Tepito, como también era conocida por ser miembro de una organización que agrupa a un total de siete mujeres matriarcas del barrio bravo, mujeres fuertes, valientes, luchonas, sostén principal de las familias que alberga el gran centro comercial informal capitalino, no fue fácil, tenía 13 años cuando en un juego de niños, Lourdes cayó de un pasamanos y debido a ello se golpeó una ingle, la lesión provocó la proliferación de un tumor que se convirtió en un cáncer, el pronóstico de vida era limitado y, según los médicos no pasaría de los 15 años.

Más tarde recibió quizás, el más grande golpe de su vida, su madre autorizó que, a sus 15 años a La Cabrona, le quitaran la matriz. Por mucho tiempo Lourdes le guardó rencor a su madre, quien como “regalo”, la llevó de viaje a Europa.

Su primer contacto con el mundo del albur, Lourdes lo tuvo casi en la adolescencia con algunos vendedores de nieve de la zona donde ella ya tenía su puesto instalado, sin embargo, por su edad, los hombres albureros de aquella época le instaron a que no se metiera en esas cosas “de grandes”, además de ser mujer, pero el interés por el coloquial juego de palabras de carácter sexual ya se había despertado en ella, pero no sabía alburear, vaya, en su casa estaba prohibido decir malas palabras, lo cual es irónico viviendo en el icónico barrio bravo de Tepito.

Pronto comenzó su inmersión en el vasto mundo del lenguaje con doble sentido, aquél que hasta entonces era dominado por los hombres machistas de la zona, por lo que comenzó a investigar la estructura del albur, las palabras, la lingüística en general y sus tantas combinaciones posibles.

Y precisamente, se convirtió en La Reina del albur, mote obtenido en un torneo que se realizó en el Museo de la Ciudad de México en 1997, “Trompos y Pirinolas”, un concurso de hombres contra mujeres, estudiosos, por así decirlo, del arte de alburear. Un enfrentamiento verbal cuya dinámica era lanzar al por mayor albures, no obstante, había ciertas reglas que se debían acatar, básicamente estaba prohibido quedarse callado y no responder el juego, no se permitía el uso de palabras o señas obscenas y el autoalbur.

Sobra decir que Lourdes ganó, y en La Reina, se convirtió.

Aquella mujer vestida siempre con un mandil, vendedora de ropa íntima, orgullosa tepiteña, cabrona, de manos desgastadas y acartonadas por el trabajo, de cabello recogido o cola de caballo, con una mirada, a veces endurecida, tal vez, por los golpes de la vida o aún más por la manera de enfrentarla en una de las zonas más conflictivas de la ciudad, llevó el arte del albur a otro nivel, fue la primera mujer y hasta ahora la única en crear, junto con el cronista Alfonso Hernández, director del Centro de Estudios Tepiteños, un diplomado sobre albures finos, que pronto fue avalado por el extinto Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y la Secretaría de Educación Pública (SEP).

Tan exitoso resultó el diplomado, ese que te enseñaba las formas más divertidas para construir un albur, lo más impresionante en que La Reina del albur, logró convocar a gente de diferentes estratos sociales y económicos, estudiantes y extranjeros, de hecho, el tema fue objeto de estudio en una investigación profesional de una universitaria de la República Checa. Con ello el albur y Lourdes viajaron por todo el mundo.

Un diplomado que reconocía el talento de los alumnos que se volvieron hábiles en el arte alburear, en ese arte fino de jugar con las palabras y formar frases provenientes del imaginario colectivo, capaces de despertar la picardía que nos identifica como mexicanos y nos hace ser parte de la cultura popular.

La Reina del albur, se convirtió en un icono de la cultura de la Ciudad de México pero también del mundo, se convirtió en una personalidad más del barrio de Tepito, tan grande fue su importancia en el quehacer cultural y social, tan grande fue su trabajo por reconocer al “peligroso” barrio, que, como mencioné al inicio, es y ha sido el escenario perfecto de la nota roja y al mismo tiempo de películas y series, tal fue el valor que Lourdes Ruiz Baltazar le dio a su lugar de nacimiento, que fue invitada a participar en la serie de Netflix, Ingobernable, protagonizada por Kate del Castillo y donde se dio vida a ella misma y donde el escenario de algunos capítulos fue el barrio.

Y una vez más La Reina, Cabrona o Verdolaga Enmascarada, volvió a llevar el albur a otro nivel, apenas el año pasado presentó en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), Cada vez que te veo, palpito (Grijalbo, 2018), un libro sobre el fascinante mundo del albur, una casi retrospectiva del origen histórico de este juego de palabras, algunos albures creados durante su vida, investigaciones, artículos referentes al tema y que ha generado ventas exitosas.

El ingenio de Lourdes Ruiz “La Reina del albur”, dotó al barrio bravo de Tepito de una imagen muy diferente a la que a diario se ve en los periódicos o noticias, el barrio, con ella, permitió visibilizar el lugar de trabajo de muchas familias mexicanas nativas de esa zona del centro de la ciudad, un lugar donde sí, impera la delincuencia en cualquiera de sus modalidades, pero que se ha convertido en un sitio emblemático de la cultura pop y ¿por qué no?, religioso, donde se congregan a adorar a la Santa Muerte o Niña Blanca.

Lourdes, a pesar de la dureza de sus facciones, siempre regalaba una sonrisa y su ingenio fue motivo de entrevistas en diferentes medios, en su puesto, siempre regalaba, además del clásico albur, una sonrisa, se enorgullecía cuando alguien le solicitaba información sobre su diplomado, cuando le pedían que les contara su experiencia en el tema, ese que la llevó a España a dar conferencias.

La madrugada del sábado 13 de abril el corazón de La Reina del albur se detuvo para siempre, la misión de transmitir el fino arte del albur, sin ofender, al menos en la tierra, terminó, porque quizás al lugar donde ahora se encuentre, ella, sin duda, seguirá albureando y provocando risas y es que, para alburear, como ella decía, se necesita estar entre amigos, en confianza y ella se ganó la amistad de muchos y la confianza de otros.

Descanse en paz.

Francisco Javier Colín Tapia

Francisco Javier Colín Tapia

Comunicólogo y periodista, soy egresado de la Universidad Latina, escribo y hago radio conduzco un espacio informativo semanal a través de UnilaFm, el canal oficial de mi casa de estudios, además de ser moderador en debates universitarios. He colaborado en Milenio Diario y en Televisión Educativa. Apasionado de la lectura, el arte, la música y la gastronomía, cinéfilo de corazón, mi misión, ejercer el periodismo con profesionalismo, la noticia se da en todo momento, para ello hay que informar con oportunidad, veracidad e imparcialidad, analizó temas políticos y me interesan aquellos que van relacionados con la defensa de la libertad de expresión, quiero hacer de mi país un mejor lugar para ejercer nuestra profesión.

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