Recibir educación es uno de los hechos que dominan la vida de todo hombre –o mujer, para que no me tachen de misógino- y le ocupa, si tiene una vida larga, un cuarto de su existencia entera.

Es decir, si usted tiene suerte y llega a los 80 años –Chabelo, Chespirito y el reparto de “Los Indestructibles” son lagartos de Alfa Centauri así que no aplican- habrá pasado cuando menos 20 años ocupado en eso que en mis tiempos se llamaba simple y llanamente “la Escuela”.

Podría ser cínico y escribir que la escuela no importa y que incluso la Universidad es una pérdida de tiempo; podría añadir que es el mejor lugar para causar traumas permanentes, dolores que nunca se quitarán y fobias al género humano que sólo se desvanecerán con consumo de alcohol, terapia psicoanalítica o el uso consuetudinario de alguna otra droga.

Sin embargo, podría ser honesto y escribir que será también el lugar clave para separar a la humanidad en sus dos categorías principales: gente adorable (los cuates) y aquellos a quienes con gusto se les retorcería el pescuezo; para descubrir el valor de la solidaridad y el regalo de la amistad; para los primeros amores y las primeras ocasiones en que le rompen a uno el corazón. Es decir, para todo aquello contra lo que nuestros padres no nos pueden, ni nos deben defender.

En México la escuela es eso y mucho más: un negocio pedestre en manos de vivales -¿han visto lo que cuesta el Tecnológico de Monterrey?-, un santuario para la tortura, un lugar donde los padres dejan en manos inadecuadas la educación de su(s) hijo(s), o el lugar donde los fracasados suelen dar clases.

Aclaro: tuve extraordinarios maestros –particularmente de Historia y Literatura, una maestra bellísima de música y una muy cachonda de Biología, un pelmazo en matemáticas y todo un sandío en física- así que no generalizo; pero los maestros que veo ahora están años luz de los que me tocaron a mí.

Si dejamos de lado el aspecto emotivo de la escuela, caemos a lo más deprimente del tema: el dinero, ¿cuánto cuesta tener a un niño en la escuela?, pues mire usted, en números duros pagar sólo el inicio de clases en una escuela pública -digamos la “Mártires de la Reforma Educativa”- cuesta alrededor de 900 pesos, es decir, el equivalente a 15 días de salario mínimo; en el caso de las escuelas privadas –digamos el “Liceo de Relaciones Franco-México-Afganas”- el gasto se eleva a los 3,000 y 3200 pesos, sin contar los libros ya que con estos, los gastos se incrementan a 4,500 y 5,000 pesos; dejando a un lado el pago de la inscripción, seguro, uniforme, colegiatura, transporte, uniforme de deportes y lo que se les ocurra ese día. Un negocio redondito.

Estamos hablando sólo de primarias y la escuela en su nivel básico -para el jueves le entraremos al tema de la educación superior- donde los principales problemas son el bullying y la deserción escolar.

Yo les diría a los padres que no se apuren: la niñez es un problema que se soluciona con el tiempo; que la escuela no va a subsanar ninguno de los errores de educación que sus chamacos traigan desde la cuna de ocote; que recibirán instrucción vital y habilidades sociales indispensables para esta vida, y que lo menos que tienen que hacer es apoyarlos.

Nada le rompe más el corazón a un padre que ver llorar a su chamaco cuando lo deja a las puertas de la escuela, pero también les recuerdo que no es más que una treta, los méndigos saben bien lo que hacen y están aprendiendo las leyes del chantaje. Así que cerciórese que entra al salón y échese a correr: los chantajes buenos vendrán después, como entrar al Tec, la Ibero o comprarles una moto.

 

Dato fascinante dedicado al Jefe de Gobierno del D.F. Miguel Ángel Mancera: en 1958, el salario mínimo era de 12 pesos en la capital y 10.50 en el campo. Alcanzaba para una comida completa, una boleada y hasta cigarritos.

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Sobre el autor

José Luis Guzmán Monroy

José Luis Guzmán Monroy "Miyagi"

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Nació en algún momento del “baby boom” sesentero (para que no les oculte la edad lo hizo en 1964) y nunca negó su cuna de ocote. Producto de la cultura del esfuerzo, su vida estudiantil transcurrió en escuelas públicas hasta titularse en la FCPyS de la UNAM con la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y luego una Maestría en Ciencia Política. Como su madre lo echó de su casa al grito de “yo no mantengo vagos!!”, cuando el apenas contaba con 5 años de edad, José Luis ha desempeñado los más variados y diversos empleos que van de “cerillo” en un Aurrerá a Productor del Presidente Vicente Fox en ese monumento al humorismo involuntario llamado “Fox en Vivo, Fox, Contigo” que se transmitió durante el sexenio 2000 – 2006 a cargo de la Oficina de Imagen y Opinión Pública de la Presidencia de la República. Fue también Reportero del Instituto Mexicano de la Radio (IMER) desde 1992 y hasta el año 2000 cubriendo todas las fuentes informativas destacando el Senado de la Republica y la Secretaria de Gobernación. Cubrió también el levantamiento zapatista en Chiapas en enero de 1994 y las Platicas de Paz de San Andres Larrainzar, Chis, en 1996. Ha colaborado en medios electrónicos como Grupo Imagen y W Radio, como productor de Carmen Aristegui y Javier Solórzano del 2000 al 2005. Como productor en “Radioactivo” durante 5 años y creador de “juguetes” radioactivos así como de programas unitarios. Actualmente produce y conduce “Charros Vs. Gangsters” en el 102.5 Noticias MVS; luego de realizar otros esfuerzos como “El Atorón” y “Las Del Estribo”. En televisión ha colaborado en “Circulo Rojo” de Televisa y “El Almohadazo” de Canal 52 en el sistema Dish; contando también como guionista en Canal 11 del IPN. En medios impresos ha colaborado en los periódicos Reforma, Milenio y como miembro fundador del diario “La Crónica de hoy”. Además de escribir para publicaciones mensuales como “Rolling Stone”, “Esquire” y “Playboy”. Actualmente produce “Ultra Noticias” con Javier Solorzano. Tiene un hijo, 4 divorcios, 3 pensiones, una infección venérea, una novia a la que adora y le gusta la ropa de GAP.

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