Identidad y destino Alfonso, los dos rostros del viajero, dos caras que a veces se complementan en la más bella de las simetrías; identidad y destino, fuerzas ocultas en cada pié del caminante que lo hieren y lo confunden porque son hermanas que no siempre pueden andar cogidas de la mano; entre identidad y destino te debatiste algún tiempo hasta que la Argentina te desveló el misterio de lo que era una contradicción aparente pero cierta por la sencilla razón de que todos somos contradicciones vivas Alfonso, todos tenemos nuestros encuentros y nuestros desencuentros con nosotros mismo y nadie está a salvo de sus fantasmas y de sus batallas interiores; desde aquel día gris en que supiste que Lugones había alzado su mano contra sí mismo su fantasma rondó tu pensamiento como un ejemplo, como una advertencia. ¿Algún día sentiste la tentación de cumplir aquel destino fatal?, ¿Algún día pensaste incurrir en ese supremo acto de libertad y de autoridad o en ese fracaso absoluto? Nunca Alfonso, jamás, porque naciste con vocación de sobreviviente y aunque más de una vez te sentiste morir hoy sabes que aquello nunca fue siquiera cercano a esto que es el morirse de veras, aquello era la angustia, la sed más acre de libertad, de silencio, de bienestar, pero nada relacionado con la muerte que no tiene símil ni nada que se le parezca, pero ¿y Lugones? ¿Porqué él? Dímelo tú Ulises, siempre diestro en soportar el canto de las sirenas; Lugones, aquel del verano parisino de 1913 que tenía en su argentinidad la fuerza para hacer del futuro una pura posibilidad absoluta pero que buscaba raíces, existentes o ficticias, en cualquier cosa que pudiera explicar la dimensión de su espíritu; después de todo Alfonso, nadie, ni aún queriendo, es sólo futuro, puerto abierto y horizonte virginal; todos somos más que nosotros mismos, somos los miles que hemos sido a lo largo de una historia que podemos imaginar pero no recordar completa, somos todos los que fueron antes de nosotros y que podemos sentir pero no poseer por completo; eso fue lo que mató a Lugones, esa fuerza la que lo llevó a cortar la posibilidad de la vida a los sesenta y cuatro años de su edad. Por eso, criollo irredento, nunca dejó de ver a España con el sentimiento del amor altivo y contradictorio de los caudillos de la independencia; su anhelo de futuro no fue suficiente para salvaguardarlo de la obscuridad del suicidio; siempre en movimiento, vivió como si supiera que la pasividad hubiera terminado por licuar sus fluidos vitales petrificándolo para siempre; por eso su poesía siguió evolucionando hasta el día fatal de su momento. El hombre del mañana anhelaba un pasado Alfonso, aquel que vio a su pueblo con el rostro puesto en un futuro tan lejano como fuera posible, se embriagó con las noches de un ayer tan lejano como el Imperio Jesuítico del Paraguay y como los oficios de la antigua Grecia. Los hombres tampoco pudieron salvarlo; cerrado en sí mismo se reía de las tácticas del éxito para seducir a los incautos, se alejaba constante de las multitudes y nunca pudo soportar la convivencia narcótica de los otros hombres; desbordado siempre, era un río caudaloso que sin bastarse a su propio cauce, todo quería inundarlo y anegarlo. Su cuerpo fuerte y firme, hecho para tirar al sable y emprender largas caminatas todos los días era no una prisión, sino un claustro donde su inteligencia laboraba despacio y constante. Pero sucumbió Alfonso; al quemarse aquella encina herida por el rayo, te llenó de estupor y de miedo, de aquel terror atávico, herencia del febrero del año 13, que te hacía creer que ni toda la dulzura humana, ni toda la pasión podían ser suficientes para conjurar los malos astros de la desgracia; si caía de ese modo aquel hombre potente y poderoso que amaba y respetaba las palabras, ¿cómo podías tú asirte a la esperanza cotidiana?, después de todo, ¿no era Lugones aquel que junto a Rubén Darío y a Ricardo Jaimes Freyre, se divertía coleccionando frases sin sentido que, rítmicas y versificadas encarnaban el auténtico sentido de la poesía? Una, dona, trena, catrena… unillo, dosillo, tresillo, cuartana, olor a manzana… sesta, ballesta, Martín de la Cuesta… no Alfonso, aquel embriagado de palabras no pudo salvarse ni siquiera con esas voces mágicas y lo viste caer sin estrépito, en soledad completa, sin testigos ni anuncios premonitorios, en soledad como se nace. Porque, así lo descubriste Alfonso, la salvación está en el mundo, en el encuentro contrastado con la soledad íntima; en la voz, en la mirada y en la carne de los otros, en la búsqueda de los demás cuerpos y de las demás almas que son, en efecto, el único parámetro posible para medir nuestras propias dimensiones.

Huyendo de su propia sombra, de sus temores y de su existencia transida y rota entre un ayer que tal vez nunca había existido y un mañana que quizá nunca iba a llegar, Leopoldo Lugones no supo reconocer su verdadera dimensión y el último agravio que se hizo, el definitivo y el más grave fue suicidarse, así dejó de ver el mundo, como él mismo decía, a través de la íntima persiana, cuando tal vez, aunque sólo tal vez, desplegar completamente los cortinajes, abrir las ventanas, respirar a todo pulmón toda la gama de los aromas, escuchar la proximidad de la vida con todos sus sonidos y mirar, con inocencia y sin recelo, sin el cristal cegador de los juicios, hubiera podido salvarlo.

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