Una jugadora despeja el balón durante la final de la primera liga femenil en Afganistán en el estadio de la Federación de Fútbol de Afganistán en Kabul. Wakil Kohsar/Agence France-Presse — Getty Images

Como una joven adolescente en Kabul, Afganistán, Hajar Abulfazl en ocasiones tuvo que tomar un camino poco convencional para practicar fútbol.

No fue por una calle o atravesando un barrio que podría haberla llevado a un camino con un lindo paisaje en lugar de un atajo. Fue por una ventana abierta: Abulfazl tuvo que salir a escondidas de casa para jugar fútbol porque su tío había llegado y estaba bloqueando la puerta principal. Solía ir seguido a verla para decirle que dejara de practicar deportes.

“Me decía: ‘Hajar, es contra el islam que una chica haga eso, no puedes hacer eso’”, contó Abulfazl, quien trabaja en Child Advocacy and Women’s Rights International, una organización no lucrativa con sede en Washington. “Me decía: ‘Si sigues jugando, no vas a encontrar marido. Y si encuentras uno, piensa en tus hijos, en lo avergonzados que se sentirán, piensa en los hijos de tus hijos. Piensa en tu familia. Cuando juegas, nos haces daño a todos’”.

Abulfazl, quien ahora tiene 24 años y es médica, jugó en la selección nacional femenil de fútbol de Afganistán durante casi una década.

Hajar Abulfazl perteneció a la selección nacional femenil de Afganistán durante casi una década. Ella solía escabullirse de su casa para jugar, a fin de evadir a su tío que desaprobaba su decisión. Justin T. Gellerson para The New York Times

Hajar Abulfazl perteneció a la selección nacional femenil de Afganistán durante casi una década. Ella solía escabullirse de su casa para jugar, a fin de evadir a su tío que desaprobaba su decisión. Justin T. Gellerson para The New York Times

No entendía la lógica de su tío; en el islam no decía en ningún lado que las chicas no podían practicar deportes. Sin embargo, tampoco podía hacerlo entrar en razón: su punto de vista estaba enraizado en la cultura afgana patriarcal que persistía incluso después de la caída del régimen talibán en 2001. En la mayoría de las familias de Afganistán, se esperaba que las niñas y las mujeres se quedaran en casa para limpiar, cocinar, casarse y tener hijos, mientras que los deportes eran para hombres.

Precisamente por eso fue que Abulfazl se escapaba por aquella ventana para jugar fútbol.

“Quería usar el poder del deporte para mostrar a la gente el poder de las mujeres”, dijo en una entrevista el mes pasado en su oficina en el centro de Washington. “Conozco los beneficios de los deportes y la gente no puede ignorarlos. Una aprende cómo trabajar arduamente y, cuando pierde, una aprende a trabajar todavía más duro para tener éxito la próxima vez. Te hace sentir que puedes hacer cualquier cosa. No podría haber aprendido eso sin el deporte”.

Sin embargo, en tantos lugares de todo el mundo, las niñas y las mujeres no tienen acceso a los deportes o no tiene el mismo acceso que los niños y los hombres. Eso significa que una gran parte de la población se priva de los beneficios del ejercicio. Para aquellas mujeres que quieren practicar deportes, algunas veces es un reto y en ocasiones supone un riesgo.

Por ejemplo, Kiran Khan, de Pakistán, creció entrenando natación. Compitió en las Olimpiadas de Pekín de 2008 tras años de hacerse pasar por un chico para poder nadar en un club local que prohibía el acceso a las chicas que habían llegado a la pubertad. Para hacerse pasar por varón, de los 12 a los 15 años, llevaba el cabello corto y usaba un traje de baño completo.

Khan comentó que era una niña tímida, pero que nadar le daba confianza para sentirse poderosa y que más chicas deberían tener esa oportunidad de practicar ese deporte.

Kiran Khan, a la derecha, nadadora de Pakistán, con su medalla de plata en los Juegos de Asia del Sur en Sri Lanka en 2006. Gurinder Osan/Associated Press

Kiran Khan, a la derecha, nadadora de Pakistán, con su medalla de plata en los Juegos de Asia del Sur en Sri Lanka en 2006. Gurinder Osan/Associated Press

“Creo que los deportes y la religión son dos cosas distintas que deberían practicarse por separado”, mencionó en un correo electrónico, agregando que piensa que es absurdo que las niñas y los niños no tengan acceso igualitario a los deportes en su país.

Beatrice Frey, directora de la asociación para los deportes de ONU Mujeres, una rama de las Naciones Unidas que promueve la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, dice que su organización ofrece programas deportivos para niñas en unos veinte países. Comenta que esos programas no solo proveen un beneficio físico, sino que también se aprovechan para educar a las niñas sobre temas de género, como la violencia doméstica.

En la década pasada, mencionó Frey, los deportes se han usado cada vez más como un vehículo para muchos objetivos de desarrollo.

En Brasil, por ejemplo, ONU Mujeres se asoció con el Comité Olímpico Internacional para patrocinar un programa de balonmano en el que participaron cuatrocientas niñas de los alrededores de Río de Janeiro. El programa les dio a esas chicas un espacio seguro para practicar sus deportes, pero también les enseñó a ser independientes.

“El deporte en sí y por sí mismo realmente puede reducir el aislamiento social y todavía más en el caso de las niñas que se sienten aisladas culturalmente o que se encuentran en la pobreza”, comentó Frey. “Además hay ciertos países, como Afganistán, donde las atletas en verdad tienen que desafiar los estereotipos y ser incluso más fuertes y prepararse para las críticas debido al sesgo generalizado. Son los deportes los que pueden dar todavía más fortaleza y empoderar a las mujeres para destacar”.

Khalida Popal, excapitana de la selección nacional femenil de fútbol, el año pasado, junto a Shabnam Mabarz, una jugadora del equipo que vestía un nuevo uniforme con un velo islámico integrado. Jan M. Olsen/Associated Press

Khalida Popal, excapitana de la selección nacional femenil de fútbol, el año pasado, junto a Shabnam Mabarz, una jugadora del equipo que vestía un nuevo uniforme con un velo islámico integrado. Jan M. Olsen/Associated Press

Cuando Abulfazl tenía 14 años, vio cómo las integrantes de la primera selección nacional femenil de fútbol de Afganistán destacaban. Estaban en las revistas y en la televisión, probando que las mujeres podían hacer cualquier actividad como los hombres; Abulfazl quería ser una de ellas, como Khalida Popal.

En 2007, Popal se convirtió en capitana de ese equipo. Su madre, una maestra de educación física, le había enseñado a jugar y Popal se enamoró del juego, no solo por la actividad física, sino por lo que podía hacer por ella como mujer: al jugar fútbol, podía probarle a los hombres que las mujeres eran sus iguales, dijo.

Sin embargo, su amor por el juego tenía un precio. El país no estaba listo aún para que las mujeres jugaran fútbol en aquella época: Le arrojaban basura, a ella y a las demás jugadoras les llamaban prostitutas. No obstante, el fútbol era demasiado importante para ella y no renunció. Lo consideraba más que un juego.

“Me serví del fútbol para probar y decir que las mujeres y los hombres somos iguales, y que las mujeres podemos tener un poder activo en la sociedad”, comentó. “Quería alentar a otras mujeres a que se nos unieran y a que nos apoyaran”.

Popal solía hablar con tanta fuerza sobre la desigualdad de género en Afganistán que tuvo que huir del país en 2011 porque ella y su familia habían recibido amenazas de muerte. Ahora Popal vive en Dinamarca, donde se le dio asilo, y es la directora del programa y los eventos de la selección nacional femenil de Afganistán.

Integrantes de las selecciones nacionales femeniles de Afganistán durante sus prácticas en Kabul el año pasado Adam Ferguson para The New York Times

Integrantes de las selecciones nacionales femeniles de Afganistán durante sus prácticas en Kabul el año pasado Adam Ferguson para The New York Times

“Arriesgué mi vida y la vida de mi familia para poder construir un puente que otras mujeres después de mí puedan atravesar y así lograr sus metas”, afirmó, agregando que ahora miles de mujeres juegan fútbol en Afganistán.

Abulfazl comentó que se sentía agradecida con las mujeres que la precedieron, y que ahora estaba tratando de alentar a más mujeres a jugar yendo puerta por puerta en comunidades de todo el país para hablar con las familias sobre los beneficios de dejar jugar a sus hijas.

Lleva fotos de la selección nacional y trata de convencer a los padres de las niñas de que sus hijas pueden honrar el islam mientras participan en un deporte que puede hacer que sean mejores mujeres al fomentar su confianza, comenta. Explica que las niñas no tienen que llevar pantalones cortos ni dejar de usar los pañuelos que les cubren la cabeza al jugar.

“He visto tantas niñas que han abandonado el fútbol o incluso la escuela debido a que sus familias no las dejaban seguir”, manifestó. “Así que tengo que lograr que sus familias me tengan confianza”.

Es importante para ella que las niñas entiendan lo fuertes que pueden ser, dice. Cuando era más joven, solía escuchar lo opuesto y le molestaba.

Cuando Abulfazl era pequeña, agregó, escuchó a la gente susurrar que su padre, quien trabajaba en el gobierno, habría podido ser más poderoso si hubiese tenido más hijos en lugar de tantas hijas. Decían: “Qué mal por él” y Abulfazl con frecuencia se preguntaba por qué eso tenía que ser cierto. ¿Por qué las hijas no podían ser poderosas también?

“Sencillamente, no podía aceptar que las niñas fueran débiles”, concluyó.


Fuente: NYTimes / Juliet Macur

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