John Maynard Keynes publicó un panfleto en 1925 titulado “Las consecuencias económicas de Mr. Churchill” (para los anglosajones el sentido de éste término –panfleto- se refiere a un ensayo largo, no como lo empleamos en la América Latina para referirnos a una hoja con ideas políticas mal estructuradas); en él, Keynes critica las decisiones del gobierno conservador encabezado por Winston Churchill, de manera particular en lo referente a retomar el patrón oro como medida de estabilidad económica.

Cuando finalmente el 28 de abril de 1925 Gran Bretaña vuelve al patrón oro, las consecuencias económicas, previstas por Keynes, se fueron presentando poco a poco. Por ejemplo, los precios después de la guerra no eran la maquinaria flexible que se esperaba; los sindicatos mostraron una abierta actitud beligerante en contra de las medidas del gobierno, con la consecuente situación de que los salarios no tendieron a bajar como esperaban los conservadores, por lo que los elevados salarios impactaron directamente en la competitividad de la economía inglesa en el comercio mundial. Esta situación vino a agravar la frágil economía inglesa, la cual finalmente empeoró con la crisis de 1929.

Este breve examen histórico nos lleva a crear una necesaria reflexión sobre la inédita situación que estamos viviendo en nuestro país. Obviamente, existen muchas diferencias en las circunstancias imperantes entre ambos países, así como grandes diferencias en el aparato productivo; sin embargo, la importancia de esta comparación se centra en un hecho importante: la oportunidad de cambio ante situaciones adversas.

Mientras que los ingleses salían victoriosos de una guerra, nosotros nos encontramos inmersos en una situación de alta violencia en algunos estados de la república; los ingleses empezaban un proceso de transformación productiva al iniciar la conflagración mundial de 1914, mismo que retomaron al concluir la guerra; nosotros no hemos terminado por procesar los cambios derivados de nuestra incorporación a la economía mundial. Los ingleses cuentan con un sistema político bipartidista que dota de cierta estabilidad; en nuestro caso, el sistema político no ha aprendido a construir mecanismos institucionales que faciliten acuerdos y convengan una agenda de cambios necesaria para la economía mexicana.

¿Por qué los ingleses pudieron retomar su proceso de transformación productiva e ir transitando hacia nuevos estadios productivos, derivados de la incorporación de nueva tecnología en sus procesos productivos y nosotros aún no logramos hacer algo parecido?

A riesgo de simplificar en extremo, sólo señalaré una variable cualitativa que ayuda a esbozarnos una respuesta sensata: su marco institucional para la toma de decisiones no se vio alterado. O lo que es lo mismo, su sistema político le permitió ir procesando cambios legales e institucionales que se requerían para afrontar la situación tan adversa por la que atravesaban.

En el  caso de nuestro país desafortunadamente las cosas no han sido así. A partir de la creciente presencia de la pluralidad en nuestra vida política en 1997, cada vez ha resultado más complicado lograr construir acuerdos mínimos que, al margen de los intereses partidistas, nos permitan tomar decisiones necesarias para transformar nuestro aparato productivo.

Para ilustrar lo que pretendo decir, baste una muestra: los recientes cambios el mercado energético mundial. Éstos se dan como consecuencia del creciente activismo político de Rusia (caso Ucrania), la modificación en la correlación de fuerzas en medio oriente por el surgimiento del Estado Islámico y el desacelere de la economía china; por ello, el precio del petróleo ha descendido a niveles semejantes a los de la crisis petrolera de los setentas.

Este escenario obliga a los productores de petróleo, entre ellos México, a reconstruir sus políticas energéticas, tendientes a disminuir costos y garantizar abasto, así como una urgente modificación de la base energética nacional.

Tal situación ha golpeado en la banda de flotación del gobierno, obligándolo a tomar medidas urgentes para intentar paliar los efectos adversos. Un paso acertado ha sido la reciente aprobación de una reforma energética, situación que flexibiliza nuestro mercado energético inyectando mayor competencia entre productores y distribuidores, así como facilitando la libre importación de gasolinas, situación que impacta en la disminución del precio doméstico de la gasolina. Ello incide de manera positiva en nuestra competitividad internacional.

Desafortunadamente, los partidos políticos de oposición, grupos de interés, bandas delincuenciales y caciques locales que se han visto afectados por dicha reforma están actuando para desestabilizar la vida nacional, junto con los agentes económicos afectados por la reforma en telecomunicaciones.

Esta situación evidencia cómo los políticos actúan buscando, única y exclusivamente, la maximización de su beneficio, lo que se puede traducir en el hecho de garantizar su supervivencia política apostándole a que el gobierno cargue con todos los costos de la crisis, aunque en los hechos, el impacto lo carga gran parte de los factores productivos nacionales. Con estas acciones, no se dan cuenta que están generando estímulos perversos para desestimular la inversión, el trabajo y debilitar, aún más, el respeto y credibilidad de las instituciones.

Estos solos hechos, impactan de manera importante en las expectativas, de por si pobres, del resto de los agentes económicos. Se requiere de la participación propositiva de los actores políticos para fortalecer las medidas que el gobierno decida emplear para atender éste problema; o en todo caso, para señalar puntualmente insuficiencias en las propuestas del gobierno. Esto implica compartir costos sociales por la aplicación de dichas medidas.

En alcance a lo anterior, urge por parte de la clase política y los empresarios, de dotar de mayor legitimidad al capitalismo mexicano. Keynes fue un defensor de la economía de mercado y contrario a la propiedad estatal de los medios de producción. Además, consideraba que el sistema económico no podía ajustarse a sí mismo porque no podía generar un nivel de inversión adecuado y que el gobierno debía asumir la responsabilidad de conducir la economía. Sólo conducir, nunca controlar. (Collected writtings of John Maynard Keynes. Edit. Mc Millan St. Martin Press)

Keynes reconoció que el mundo era “no ergódico”; es decir, no se repite a sí mismo. En consecuencia los agentes económicos se enfrentan a una incertidumbre irreductible, que no se puede reducir a probabilidades medibles, es decir, NO se puede pronosticar el futuro. Tal enfoque coloca el balón en la cancha de los políticos. Esto debiera bastar para los políticos asuman su responsabilidad en la correcta conducción de nuestra economía en esta era de cambios geopolíticos.

De no ser así, los costos de oportunidad derivados de la inacción, y por otro lado de la inestabilidad política y social, serán tan elevados que ni en tres generaciones podremos recuperar lo perdido. Ya dejamos pasar en las dos administraciones anteriores un gran auge petrolero y no hicimos ningún cambio de fondo en el aparato productivo ni en las estructuras de mercado. Ahora, hay que sortear la crisis para dotar de legitimidad a nuestro capitalismo; y si no es así, pongamos los ojos en lo que sucede en Venezuela. Al tiempo

2 Responses

  1. Fabián R. Pastrana Rueda

    Ciertamente los políticos no sirven para solucionar los problemas económicos. Preferiría que los recortes se los impusieran a ellos, además de multarlos por no hacer su trabajo.

    Pero no es muy aventurado afirmar que la reforma energética es una solución optima??? Por otro lado coincido en que el capitalismo debe de funcionar para tener legitimidad, pero ¿cómo exigirle funcionalidad a un sistema que solamente sirve para depredar????

    No esta mal el artículo.

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