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La vuelta del caudillo

Martin León Barreto

El líder recorre el país. La gente se vuelca a su paso con delirio y devoción. Unos le besan la mano, otros lo abrazan con lágrimas, todos lo vitorean. Hay un éxtasis colectivo. Una genuina comunión. El líder representa la esperanza, la redención. “Nosotros sentíamos que no éramos nadie, que no teníamos valor, que no importábamos. Eso fue lo que nos dio”, dice una mujer humilde en la novela Patria o muerte de Alberto Barrera Tyszka. Ante la multitud, el Comandante declara: “Amor con amor se paga”, hermosa frase que José Martí acuñó para otro contexto, pero que recoge el sentimiento irresistible entre el caudillo y el pueblo. Por eso Hugo Chávez, el fallecido presidente de Venezuela, pudo exclamar al final de su vida: “Ya tú no eres Chávez, tú eres un pueblo”.

La escena no es privativa de Chávez. Con variantes, en América Latina este hechizo mutuo caracterizó el liderazgo carismático de Eva y Juan Domingo Perón, el de Fidel Castro, en un principio el de los sandinistas, en menor medida el de Evo Morales, Correa, los Kirchner. Y es también muy visible en el ascenso de Andrés Manuel López Obrador.

Fidel Castro en un discurso en La Habana en la década de los setenta OFF/AFP/Getty Images

Asistimos al renacimiento del caudillismo bajo una faceta muy distinta a la del siglo XIX. Aquellos personajes novelescos, terribles y atractivos, eran poderosos sobre todo por su carisma personal y su uso de la fuerza. Los caudillos modernos son caudillos populistas. Encabezan vastos movimientos sociales, pero ya no llegan al poder por la vía de las armas (como Castro o los sandinistas). Llegan por vías democráticas, pero no representan un cambio de gobierno, sino de régimen. Buscan instaurar un nuevo orden de justicia, refundar el Estado, abrir una nueva era histórica ligada a su nombre, pero lo hacen con daño severo, a veces definitivo, a las costumbres, instituciones, leyes y libertades propias de la democracia, a la que deben su ascenso.

En un libro de aparición reciente titulado El pueblo soy yo me propuse esclarecer las raíces históricas (digamos que el ADN) del caudillismo populista. Su proliferación parte de agravios de toda índole, reales y dolorosos: la desigualdad, la pobreza, la marginación, la impunidad, la inseguridad y, desde luego, la corrupción de los partidos políticos. A estas explicaciones he querido aunar otra, de índole cultural, que discurrió hace más de medio siglo el historiador estadounidense Richard M. Morse (1922-2001) en su libro El espejo de Próspero.

El derrumbe del edificio imperial español, a principios del siglo XIX, dejó un vacío de legitimidad. Lograda la Independencia, el poder central se disgregó regionalmente y se fortalecieron los caudillos surgidos en las guerras de independencia. Aquel espectáculo —según Morse— era la impronta de Maquiavelo, no leído, sino reencarnado en caudillos como José Antonio Páez en Venezuela, Facundo Quiroga en Argentina o Antonio López de Santa Anna en México. Morse escribe: “Casi en cada página de sus Discursos y aun de El príncipe, Maquiavelo da consejos que parecen extraídos de la trayectoria de los caudillos americanos”; la presencia física, el valor personal, el conocimiento de montañas y llanos, ríos y pantanos.

Para celebrar el aniversario de Simón Bolivar, el entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez, reveló un busto en 3D del libertador el 24 de julio de 2012. Carlos García Rawlins/Reuters

Pero la legitimidad carismática pura no se sostenía. El propio Maquiavelo —aducía Morse— reconoce la necesidad de que el príncipe se rija por “leyes que proporcionen seguridad para todo su pueblo”, lo cual implicó en casi toda la América hispana la adopción, al menos formal, de una nueva legitimidad, inspirada en las constituciones francesa, española y estadounidense. El resultado fue un híbrido. Bajo la delgada superficie de nuestras repúblicas democráticas y federales lo que predominó fue la convergencia de los caudillos con la tradición del Estado que dominó la América hispana por tres siglos. En una palabra, las ideas de Locke sobre el individualismo liberal, los derechos cívicos y la tolerancia eran ajenas a un continente regido por la doctrina política neotomista española, representada sobre todo por el teólogo jesuita Francisco Suárez (1548-1617).

La tradición escolástica —explica Morse— ha sido siempre el sustrato más profundo de la cultura política en América Latina. Se caracteriza por un concepto paternal de la política, y por la idea del Estado cristiano, construido como una arquitectura orgánica, un “cuerpo místico” cuya cabeza es la de un padre que provee el bien común, ejecuta, legisla y juzga. El pueblo —dato crucial— no solo está dispuesto a delegar el poder, sino a enajenar por entero al monarca. En la clásica terminología de Max Weber —que Morse aprovechó años más tarde— este tipo de dominación legítima corresponde puntualmente a la tipología patrimonialista. “Hoy día es casi tan cierto como en tiempos coloniales que en Latinoamérica […] el grueso de la sociedad está compuesta de partes que se relacionan a través de un centro patrimonial y no directamente entre sí. El gobierno nacional no funciona como árbitro de grupos de presión, sino como fuente de energía, coordinación y dirigencia para los gremios, sindicatos, entidades corporativas, instituciones, estratos sociales y regiones geográficas”, escribió Morse en 1987.

Varios casos avalan esta interpretación de la cultura política iberoamericana del siglo XIX: el último Simón Bolívar (el de la presidencia vitalicia), la república aristocrática de Diego Portales en Chile, el propio dictador Juan Manuel de Rosas en Argentina, Porfirio Díaz en México. Entre 1929 y 2000, México fue el ejemplo más acabado (y exitoso) de caudillismo patrimonialista. El país que adoró a los caudillos Villa y Zapata terminó volviendo, en muchos sentidos, a Nueva España, con un monarca en la silla presidencial cada seis años. Por eso Octavio Paz me advirtió una vez, con resignación, sobre la fragilidad de nuestras esperanzas democráticas y republicanas: “Convénzase, usted, México nunca se consolará de no haber sido una monarquía”. Se refería a la herencia viva de la monarquía absoluta, tanto de los Habsburgo como de los Borbones.

El presidente de Venezuela Nicolás Maduro, después de tomar protesta, en un evento del 24 de mayo de 2018 en el que las Fuerzas Armadas celebraron su segundo periodo presidencial Cristian Hernández/EPA, vía Shutterstock

En los años cuarenta, apareció una variante en Argentina: el caudillismo populista. Con la irrupción de la radio, que Perón descubrió como agregado militar de Argentina en la Italia de su admirado Mussolini, el caudillismo patrimonialista adquirió su moderna impronta populista mediante el uso de la comunicación masiva para azuzar a las masas contra el enemigo interno o externo, polarizar a la sociedad, decretar la verdad única, reescribir la historia. Castro llevó a extremos ese paradigma. Acaso su dilatado dominio (que sobrevivió a su muerte y llega hasta nuestros días) deba tanto al legado hispano y caudillista como al Estado totalitario de inspiración soviética. Hugo Chávez fue un peronista cruzado de castrismo. Nicolás Maduro, su heredero, ya no pertenece a esta clasificación porque carece de legitimidad. Es el tirano típico de la historia latinoamericana, con una novedad: induce deliberadamente el hambre, la miseria y el exilio del pueblo.

Con todo, a lo largo de estos dos siglos, nunca pareció imposible la construcción democrática de América Latina. En los intersticios de las legitimidades carismáticas y monárquicas, varias figuras del siglo XIX buscaron cimentar una política moderna y liberal: Rivadavia, Sarmiento y Alberdi en Argentina; Balmaceda y Bello en Chile; la generación de la Reforma en México. Y tampoco faltaron en el siglo XX pensadores y periodistas que intentaron consolidar la democracia liberal. Países como Chile, Uruguay, Argentina (hasta 1931), Costa Rica y aun Colombia construyeron, no sin sobresaltos, una sólida continuidad republicana. La propia Venezuela lo logró por cuarenta años. De hecho, a fin del siglo XX, la mayoría de los países parecía adoptar ese modelo. Hasta México llegó a su cita con la historia: desde el año 2000 es una democracia liberal.

Andrés Manuel López Obrador, candidato a la presidencia de México por Morena, en un evento de campaña en la comunidad de San Marcos en Guerrero, el 17 de mayo de 2018 Francisco Robles/Agence France-Presse — Getty Images

Quizá no por mucho tiempo. Asistimos ahora a un nuevo ciclo, tal vez decisivo, del caudillismo populista. El carisma personal de López Obrador alcanza tonos mesiánicos, no solo en la gente que se le acerca como a un rey taumaturgo que cura y salva, sino en él mismo, que ha dicho: “El corazón de Jesús está conmigo”. Este aliento redentor, aunado a una oferta que recuerda al antiguo patrimonialismo del PRI, instaurará, con toda probabilidad, un régimen que —al margen de sus éxitos o fracasos en el ámbito económico y social— buscará ser la “la fuente de energía” y “el centro patrimonial”. En consecuencia, comenzará por dominar al Congreso para de allí modificar la Constitución, alterar a su favor la naturaleza del Poder Judicial, limitar o anular la autonomía de instituciones clave (financieras, electorales, de transparencia, de competitividad) y acotar la libertad de expresión. No está claro si las instituciones y las voces de la libertad resistirán el embate.

Estados Unidos nunca ha ayudado al desarrollo de las democracias en México y América Latina; más bien las ha obstaculizado al apoyar tiranías oprobiosas. Pero alguna vez fue un faro al que los demócratas y liberales del continente podían voltear. No más. Ahora nuestro vecino del norte ha contraído un mal específicamente nuestro: hay un caudillo populista en la Casa Blanca. Así de poderoso es el paradigma.


Fuente: NYTimes / Enrique Krauze 

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